David Cohen acababa de salir de su Mercedes blindado cuando sintió el cañón de una pistola apoyado contra su sien: “¡Dame las llaves de tu auto y no trates de hacer nada raro!”.

David había repasado este escenario con sus agentes aseguradores docenas de veces; sabía que no debía intentar conversar. Posiblemente su atacante estaba drogado y hablar sólo agravaría la situación. El delincuente tomó las llaves, se subió al auto y huyó, dejando a David asustado al lado del camino.

Entonces él corrió hasta la tienda más cercana pidiendo ayuda a gritos. Como es habitual en México DF, todo el mundo lo ignoró. En México nunca sabes quién está detrás de un crimen y lo mejor que puedes hacer es no involucrarte. David tomó su celular y, con la mano temblando, llamó a su compañía aseguradora.

Unos pocos minutos después llegaron agentes armados hasta los dientes y comenzaron a procesar el ataque con un gran profesionalismo. Le decían a David la suerte que tuvo de que el atacante sólo se hubiese llevado el auto; también podría haberlo secuestrado a él. Aún aturdido, David brindó toda la información, hizo el papeleo y respondió todas las preguntas. Pero no fue sino hasta que llegó a casa que comprendió realmente lo que había pasado. Sus rodillas cedieron y cayó al piso llorando, temblando descontroladamente.

Fue entonces que David decidió mudar a su familia fuera de México; esta vez para siempre. Ya se habían mudado a San Diego, pero volvieron a México dos años después. La vida en Estados Unidos no podía compararse a la de México; en México vivían como reyes: nadie lavaba un plato, sacaba la basura, lavaba la ropa, lustraba un zapato ni limpiaba una mesa. Tenían un equipo de sirvientas, choferes y asistentes.

Ahora David sabía que habían tenido suficiente de México DF. Llamó a su padre, el patriarca de la familia, para contarle la decisión. Su padre era quien había construido el imperio industrial de la familia, y era un hombre de familia hasta la médula; toda decisión tenía que ser discutida con él primero.

David comenzó la discusión mencionando los monos de la Selva Lacandona.

Cuando David era pequeño, su padre viajó por las selvas del estado mexicano de Chiapas y vio algo sorprendente. Los indios de la selva consideraban que la carne de mono era una delicia, pero les resultaba sumamente difícil atrapar a los astutos animales que se desplazaban a toda velocidad por la jungla. Por lo tanto, los indios habían ideado una ingeniosa trampa para atraparlos. Dejaban un dulce en un lugar particular de la selva. Los cautos monos sólo se acercaban al dulce cuando no había nadie alrededor. Cada vez que los nativos dejaban un dulce afuera, a la mañana siguiente ya había desaparecido.

Luego comenzaron a dejar el dulce dentro de cáscaras de cocos que estaban encadenadas a los árboles circundantes. Finalmente, los nativos comenzaron a hacer más pequeños los agujeros en los cocos, suficientemente grandes como para que los monos pudieran meter sus manos vacías, pero no para que pudieran sacarlas sosteniendo un gran dulce. Los monos picaban el anzuelo y no lograban sacar su mano con el dulce. Por lo tanto tenían dos opciones: soltar el dulce o quedarse atascados con la mano dentro de un coco que estaba encadenado a un árbol.

“Papá, es hora de que soltemos el dulce. Es hora de que nos vayamos de México”.

Los monos siempre se quedaban con el dulce. Los cazadores nativos los encontraban chillando salvajemente, temerosos de los cazadores pero sin estar dispuestos a abandonar el dulce y liberarse.

“Papá, es hora de que soltemos el dulce. Es hora de que nos vayamos de México”. Sí, tendrían que renunciar a muchos lujos, pero ya no tendrían que viajar en autos blindados con guardaespaldas armados. Ya no tendrían que aprender nuevas palabras clave para describir la forma en que sus captores los estaban tratando. Era hora que la familia experimentara la libertad verdadera.

Ya no vivirían con el confort de la realeza, pero podrían vivir con la alegría y la euforia de la liberación.

Pesaj: afuera de la selva

Ahora estamos limpiando para Pesaj, quitando todo el jametz, el pan leudado, haciendo que nuestras casas estén libres de jametz. ¿Qué es tan malo del jametz que tenemos que eliminar hasta el pedacito más pequeño?

Encontramos un rezo sumamente interesante en el Talmud:

Después de la Amidá (Shmoná Esré), Rabí Alexandri decía: “Señor del Universo, es sabido ante Ti que nuestra voluntad es hacer Tu voluntad, ¿qué nos detiene? La levadura en la masa y nuestra subyugación a regímenes extranjeros. Que sea Tu voluntad que nos salves de sus manos, para que volvamos a servirte de todo corazón” (Brajot 17a).

Rabí Alexandri relaciona la inclinación al mal, nuestros deseos negativos, con la levadura de la masa, el jametz. Ver la masa leudar nos ayuda a entender el porqué: ésta no crece con rapidez, sino que lo hace tan lentamente que el crecimiento es casi imperceptible. Puede que esta sea la fuente de la famosa frase: “Una masa controlada nunca leuda”. Sin embargo, si la dejas, si la ignoras y vuelves unas horas después, encontrarás que la pequeña masa triplicó su tamaño.

Este es el modus operandi de nuestro iétzer hará, nuestra inclinación negativa. No trata de lograr que de repente hagamos algo terrible, sino que comienza con pequeños pensamientos insidiosos que, si los dejamos desatendidos, crecen hasta que el problema se convierte en un monstruo incontrolable.

Nuestra inclinación negativa nos convence primero de que dejemos que nuestro/a esposo/a ponga a los niños a dormir; después de todo, hemos trabajado mucho y necesitamos un poco de tiempo para nosotros mismos. Luego nos convence para que no lavemos los platos; alguien más lo hará. Pronto nos dice que necesitamos quedarnos trabajando hasta tarde en la oficina; es mucho más fácil hacerlo así. No mucho después comenzamos a perdernos actividades de los niños; nos encantaría estar allí, pero hay otras cosas que simplemente son más importantes. Y antes de darnos cuenta, el iétzer hará puede terminar convirtiéndonos en el padre ausente que siempre prometimos no ser.

Todo lo relativo a la matzá debe ser hecho con presteza, atención y cuidado constante.

Así es como los nativos cazan a los monos. Comienzan con un dulce pequeño, luego con un coco pequeño, luego con una cadena pequeña que ata el coco a los árboles y, antes de que se den cuenta, el coco se cierra ante ellos y quedan atrapados.

El camino de la matzá es exactamente lo opuesto. Debemos ser diligentes con ella y cuidarla mucho para mantener su estatus de ‘no fermentada’. Como dice la Torá: “Cuidarán las matzot” (Éxodo 12:17). Todo lo relativo a la matzá debe ser hecho con presteza, atención y cuidado constante. Debemos asegurarnos que no entre ni una gota de levadura porque, cuando lo hace, ésta comienza lentamente a fermentar, cambiando por completo el carácter de la masa.

Para poder reinventarnos en Pesaj y liberarnos de lo que sea que nos encadena, necesitamos seguir el camino de la matzá de diligencia y atención al más mínimo detalle y no permitir nunca que nada de jametz se infiltre hacia donde lentamente podría fermentar. Debemos soltar el dulce y aferrarnos a la libertad verdadera; sólo así podremos vivir como verdaderos reyes.