Me casé sin saberlo. Puede que me haya visto como una sofisticada veinteañera para los invitados de mi boda, pero si eres una niña que fue abusada sexualmente, hay una parte de ti que aún es un bebé que llora, una niña incómoda, una adolescente rebelde, que grita y protesta en cada paso del camino.

Nunca me di cuenta mientras crecía. Incluso dudo si realmente crecí. Todo ocurrió en la borrosidad que nubló mi infancia, con su indescriptible y silencioso abuso. Entonces, un día, varios años después de mi boda, desperté. Estaba lista para despertar. Me encontré casada con un hombre maravilloso, era madre de niños pequeños y mi memoria repentinamente regresó. Quizás eso no es totalmente cierto. Más bien, se filtró lentamente, empapando mi personalidad con una nueva identidad: sobreviviente de incesto.

Era el mes de Nisán, antes de Pesaj, y pensé: "Dios, es el mes de la redención". Quizás pensé que la recuperación y la redención tomarían sólo un mes, y que al mes siguiente ya estaría en otras cosas.

Eso fue hace siete años. Mi redención ha sido lenta, pero no obstante milagrosa. Cada año en la época de Pesaj aprendo nuevas perspectivas sobre la redención de Egipto, y cada año la redención del pueblo judío que se narra en el Seder, me da una nueva perspectiva sobre mi propia experiencia.

El año pasado mi hijo de 4 años mencionó en nuestro Seder cómo "ellos lanzaban a los bebés judíos al río…". Cuando yo escuché esto me dio asco la pura crueldad y dominación —abuso— en Egipto. La sentí internamente, ya que era sumamente cercana a mi propia experiencia. Y entonces me di cuenta: esa es la razón de por qué tenía que ser Dios mismo el que los salvara, como cuenta la Hagadá: "Con mano fuerte y brazo extendido, Yo te saqué de Egipto; Yo y no un ángel, Yo y no un serafín, Yo y no un mensajero… Yo soy Él y no otro".

La experiencia judía fue peor que lo que yo sufrí, ya que lo mío podía ser tratado posteriormente.

La experiencia judía fue peor que lo que yo sufrí, ya que lo mío podía ser tratado posteriormente. La subyugación fue total, física y mental, ningún esclavo había escapado nunca de Egipto. No había servicio de rescate —ni las fuerzas de las Naciones Unidas ni un ejército de ángeles—, sólo Dios mismo podía redimirnos. Fue la curación máxima y primaria.

Y es por eso que para mí esta es la parte más dramática de la historia del Éxodo.

Una lenta recuperación

A veces me siento frustrada por cuán lejos estoy de la fuente cuando se trata de sanar. No me refiero al máximo rescate de ser redimida de la esclavitud, con el drama agregado de que si Dios hubiese esperado medio segundo más no hubiese quedado nada para redimir. Sino que nunca experimenté ningún tipo de intervención en el intolerable ciclo de abuso y negligencia; ningún rescate, ninguna rehabilitación. Simplemente pasó el tiempo. Esperé a que pasaran las segundas y terceras olas de trauma, esperé a tener seguridad y estabilidad para construir; esperé hasta que los recuerdos pudiesen reaparecer y yo pudiera conscientemente empezar a sanar.

En este tiempo, he crecido. Me doy cuenta, para mi gran tristeza, que no puedo sanar con la inmediatez e intensidad de una niña. Me siento frustrada por cuán lento y tortuoso ha sido mi paso de la enfermedad a la salud, de la esclavitud a la libertad. Pero no podría hacerlo de ninguna otra forma. Mi sistema ha sostenido tantas conmociones que no podría soportar otra más. Me recuperaría, pero luego caería.

Y si bien estoy de duelo porque la niña que hay en mí fue herida y nunca tuvo la oportunidad de curarse como niña, y a pesar de que la niña que hay en mí aún puede estar gritando y pidiendo que se revele una redención milagrosa y supernatural, yo de todas formas puedo celebrar que mi curación tiene un sabor más maduro. Mi curación está ocurriendo dentro de la naturaleza, y no por sobre ella, pero no por eso es menos acto de Dios.

Yo nací en la esclavitud, por lo que ésta presenta para mí la seguridad de la familiaridad.

Hay incluso una ventaja en una redención alargada: la misma lentitud de mi curación hace que se involucre mi voluntad en cada paso del camino, y en ese sentido es una forma más consciente de sanar. Por otro lado, no todo el mundo podría soportarla. Tal como entre los judíos redimidos de la esclavitud egipcia por Dios hubo un segmento de la población que quiso regresar a Egipto, hay una parte de mí que quiere regresar. Al igual que ellos, yo también nací en la esclavitud, por lo que ésta presenta para mí la seguridad de la familiaridad.

Pero al igual que ellos, yo también tengo un destino.

No sé cómo sobreviví. Ni siquiera creo que haya estado consciente. Simplemente fue un indomable instinto de supervivencia que debe ser una parte esencial de mi carácter, una parte más profunda de lo que imaginé. Me mantuvo a flote hasta que logré llegar a un lugar seguro en donde pude empezar a sanar.

No es muy glorioso; mis hijos no se lo contarán a sus hijos por generaciones. Pero tiene sus satisfacciones. Ahora me deleito con modestia. Pese a que en alguna época esto podría haber sido una farsa, considerando lo que ocurría tras puertas cerradas, ahora tengo hijos y preciosos recuerdos; una vez no tenía memoria, no tenía bebés, no tenía nada. Pero ahora puedo, con la ayuda de Dios, cuidar de mí misma; hace no mucho tiempo eso no era ni siquiera una posibilidad.

Estoy orgullosa de haberme cambiado a mí misma, de haber cambiado el patrón disfuncional que ha estado en mi familia por generaciones. Estoy agradecida de que Dios me sacó. Sé que tal como Dios nos sacó de Egipto para servirlo a Él con todo nuestro corazón, Él también me redimió a mí por la misma razón.