Querido hijo,

Estoy aquí en medio de la calma de la noche. Tú te has hundido en el más dulce de los sueños después de un agotador día de limpieza para Pesaj, y yo estoy aquí sentado con una pila de hagadot, preparándome para la noche del Seder. Por alguna razón las palabras nunca salen de la forma que quiero que salgan, y la noche del Seder siempre es impredecible. Pero hay tantos pensamientos y sentimientos que brotan de mi mente, que quiero compartirlos contigo. Estas son las palabras que quiero decir en el Seder.

Cuando me veas en el Seder vestido con un kitel, la misma vestimenta blanca que se usa en Iom Kipur, tu primera pregunta será, "¿Por qué estás vestido así?".

Porque hoy es un día similar a Iom Kipur, es un día de juicio. Verás, cada uno de nosotros tiene un doble rol. Primero y ante todo somos seres humanos, criaturas que fueron creadas a imagen de Dios, y en Iom Kipur nos examinan si efectivamente somos merecedores de ese título. Pero también somos componentes de Klal Israel, ‘el pueblo judío’, eslabones en una cadena que empezó hace más de 3.000 años y que llegará hasta el final de los tiempos. Es una carrera de relevos en donde la antorcha es traspasada a través de todas las épocas, y es nuestra obligación tomarla del anterior y pasarla al que sigue. Esta noche estamos siendo juzgados sobre cuán bien hemos recibido nuestra tradición y sobre cuán bien la estamos transmitiendo.

Han pasado 3.300 años desde que fuimos liberados de Egipto. Si asumimos que la edad promedio para tener un hijo es aproximadamente 25 años de edad, entonces quiere decir que en cada siglo hay cuatro generaciones. Eso significa que hay un total de 132 eslabones desde nuestros patriarcas en Egipto hasta nosotros hoy en día. 132 generaciones tuvieron que transmitir esta herencia de forma perfecta, con devoción y firmeza. ¿Quiénes fueron estos 132 padres míos?

Uno estuvo en los campos de concentración nazis; uno fue azotado por los Cosacos hasta quedar inconsciente. Uno tuvo hijos que fueron robados por el Zar, y uno era el hazmerreír de sus "iluminados" hermanos. Uno vivió en un sótano en Varsovia, y muchos días pasaron sin que llegara comida a su boca; el otro manejaba una formidable mansión en Francia. Uno fue quemado por rehusarse a creer en la divinidad de una persona de carne y hueso, y uno fue congelado hasta la muerte en Siberia por creer en la divinidad del Dios eterno.

Uno fue perseguido por una multitud por vivir en Europa en vez de Palestina, y uno fue explotado por palestinos por no vivir en Europa. Uno fue un genio que no podía entrar a la escuela de medicina por no ser cristiano, y uno fue lanzado a los leones por los Romanos…

132 padres, cada uno con su propia historia. Cada uno con su propia prueba de fe. Y cada uno con un predominante y ardiente deseo: que este legado sea transmitido de forma íntegra hasta mí. Y sólo me piden una cosa: que yo te lo transmita a ti, mi dulce hijo.

¿Qué es este tesoro por el cual han dado su vida? ¿Qué es este preciado paquete por el cual 132 generaciones se han sacrificado?

Es un gran secreto que te revelo a continuación: el hombre es capaz de ser mucho más que un primate inteligente. La verdad de un Dios Todopoderoso no depende de la aprobación pública, y no importa cuántas personas se burlen de ti, la verdad nunca cambiará. La calidad de vida no se mide por los bienes, sino por lo bueno. Uno puede estar sumamente hambriento, pero sin embargo uno puede abstenerse de comer si la comida no es casher. Un centavo que no es mío no es mío, sin importar la tentación o la racionalización. El lazo familiar es mucho más que fiestas de cumpleaños; es un compromiso de lealtad que no se rompe en un momento de antojo. Y mucho más...

Este es nuestro preciado secreto, y es nuestra obligación vivirlo y convertirnos en un ejemplo de "esto es lo que significa vivir con Dios".

132 personas se han sentado año tras año en la noche de Seder y se han asegurado con cada fibra de su corazón y alma que este tesoro se convierta en mío y tuyo. Algunos incrédulos se han dedicado a revisar las arenas del Sinaí para ver si encuentran algunos huesos secos de mi tatarabuelo. Pero ellos están buscando en el lugar equivocado. Los restos están en el alma de cada uno de estos 132 bisabuelos cuya vida completa estaba dedicada a la preservación de esta memoria y tesoro. Es impensable que un mensaje transmitido con tanto fervor e intensidad, contra todo tipo de desafíos y posibilidades, sea el resultado de una vaga leyenda de fantasía de una mente ociosa.

Yo soy la persona número 133 de esta santa cadena. A veces dudo si estoy transmitiéndola suficientemente bien. Lo intento, pero es difícil no estremecerse cuando estás sosteniendo sobre tus hombros a 132 personas, quienes te ruegan que no los decepciones.

Mi querido hijo, que Dios nos conceda muchos largos y felices años juntos. Pero un día, en un futuro lejano, vestiré nuevamente un kitel, cuando me preparen para mi entierro. Trata de recordar que éste es el tesoro que te he transmitido. Y entonces será tu turno. Tú serás el número 134, y tendrás el sagrado deber de transmitir nuestro legado al numero 135.