La historia del mundo, desde la prehistoria hasta el presente, está llena de historias de agrias revoluciones. Un oprimido pueblo se levanta en contra de su tiránico gobierno, motivado por la noble meta de garantizar libertad e igualdad de derechos para todos. Pero no mucho después de alcanzar el poder, estos mismos revolucionarios se vuelven en sí mismos la élite dominante, generalmente volviéndose corruptos y represivos tal como lo eran sus antecesores a quienes valientemente destituyeron.

El esclavo liberado se vuelve generalmente el tirano más opresivo.

Lo anterior no sólo ilustra la corrompedora influencia del poder, sino que además representa una reacción sicológica muy común ante el trauma. La gente que ha sufrido en su pasado tiene una tendencia a repetir —como venganza— las mismas aflicciones que ellos sufrieron. Compensan su propio estado indefenso del pasado por medio de dar el mismo tratamiento a sus inferiores para de esta forma vengar el mundo de miseria al que fueron sometidos. El esclavo liberado se vuelve generalmente el tirano más opresivo. Y asimismo, lamentablemente, el niño que sufrió de abuso tiene más probabilidades que el resto de convertirse él mismo en abusador.

Hay una segunda forma en la que la gente tiende a relacionarse con las experiencias del pasado. Simplemente las sacan de su mente. Suprimen su traumático pasado —en ocasiones eso es necesario para preservar su sanidad— y comienzan la vida de cero. Pretenden que su horrible y abusiva niñez nunca existió y comienzan sus vidas de cero a los 19 años. Pretenden que los últimos 10 años de su vida no los pasaron tras las rejas. Simplemente sácalo de tu mente y comienza a vivir hoy.

El Séder de Pesaj, además de ser una inspiradora conmemoración de nuestra milagrosa historia, nos enseña una forma más sana para relacionarnos con nuestro pasado. Y la persona que mejor ejemplifica este mensaje es nuestro patriarca Abraham.

El Talmud (Nedarim 32a) declara que Abraham comenzó a reconocer a Dios a la edad de 3 años. Apenas comenzó a tomar conciencia de las cosas y a tener facultades de percepción, Abraham comenzó a mirar a su alrededor y a hacerse preguntas. Vio un hermoso y magnifico mundo y se dio cuenta que sólo un Creador infinito podía haberlo creado. Abraham vio más allá de los ídolos paganos de su época y comenzó a desarrollar una relación con Dios.

El Talmud infiere que Abraham descubrió a Dios a una edad tan temprana del versículo de Génesis 26:5. Dios le promete grandes bendiciones a Itzjak “debido a que Abraham obedeció Mi voz y observó Mis encargos…”. La palabra ‘debido’ (eikev en hebreo) tiene un valor numérico (guematria) de 172. La implicación oculta de esto es que Abraham sirvió a Dios por 172 años. Ahora bien, dado que Abraham vivió hasta la avanzada edad de 175 años (Génesis 25:7) y sirvió a Dios durante 172 de ellos, entonces debe haber comenzado a los 3 años.

Maimónides sin embargo sigue otras declaraciones midrashicas que dicen que Abraham descubrió a Dios a la edad mucho más verosímil de 40 años (Leyes de Idolatría 1:3). Como explica Maimónides, Abraham creció entre idólatras y practicó la idolatría él mismo. Pero siempre se dio cuenta de la insatisfactoria superficialidad de ello; Abraham sabía que tenía que haber un poder superior detrás de la fisicalidad del mundo finito. Comenzó a buscar y explorar y finalmente llegó a un claro reconocimiento de Dios a la edad de 40 años.

Ahora bien, si la descripción que hace Maimónides sobre la vida temprana de Abraham es correcta, ¿eso significa que discute con el Talmud, el cual afirma que Abraham sirvió a Dios desde la edad de 3 años? De hecho, Maimónides escribe explícitamente que Abraham servía a ídolos antes de darse cuenta de la verdad. ¿Estas dos opiniones se contradicen entre sí?

Mi maestro, Rav Iojanan Zweig, explica esta contradicción como sigue: Es verdad que el entendimiento de Abraham sobre Dios no se cristalizó sino hasta que tenía 40 años. Por muy precoz que haya sido Abraham, 3 años es de todas formas una edad sumamente temprana. La mayoría de los seres humanos con suerte dejaron de usar pañales a esa edad. Pero si uno analiza con cuidado el versículo de Génesis 26, la Torá nunca dijo que Abraham descubrió a Dios a los 3 años, sino que dice que sirvió a Dios por 172 años. Ahora bien, ¿cómo se puede decir que Abraham servía a Dios si aún estaba sumido en la idolatría?

La respuesta es que una vez que Abraham llegó a la edad de 40 años y reconoció a Dios, utilizó sus 37 años anteriores para servir a Dios. ¿Cómo hizo esto? Utilizando sus experiencias pasadas para entregar sabiduría a los demás. Una vez que Abraham entendió sobre Dios, él enseñó —junto a Sara— este conocimiento a las masas. Maimónides declara que Abraham propagó el monoteísmo a decenas de miles de personas. ¿Cómo logró ser tan exitoso? Lo logró pues él podía relacionarse con los paganos; después de todo, él también había sido idolatra. Él sabía de dónde venían y los desafíos que enfrentaban.

Por lo tanto, a pesar de que Abraham mismo no fue un verdadero creyente sino hasta la edad de 40 años, él utilizó todos sus años pasados de descubrimiento —los años en que examinó, reflexionó y probó a ídolo tras ídolo— como un medio para relacionarse con quienes no habían sido tan afortunados como él y para poder ejercer una influencia positiva sobre ellos. Por lo tanto, en retrospectiva, Abraham sirvió a Dios durante 172 años: él utilizó su pasado para el beneficio de la humanidad.

El Talmud nos dice que en el Séder de Pesaj "comenzamos con lo malo y terminamos con lo bueno" (Pesajim 116a). No ignoramos el pasado y pretendemos que nunca ocurrió. No actuamos como si nuestra historia hubiera comenzado 200 años después con el Éxodo. Conmemoramos específicamente el pasado, tanto lo bueno como lo malo. Relatamos la historia como si la estuviéramos viviendo hoy. Utilizamos la matzá —el "pan de la aflicción" que comíamos cuando éramos esclavos— para celebrar nuestra salvación. Y saboreamos el maror, las hierbas amargas, para conmemorar año tras año cuán amarga era la esclavitud. Porque nuestra meta en el Séder no es olvidar el pasado o celebrar que ha terminado, sino recordarlo y darnos cuenta cuánto más grandes somos hoy en día como resultado de ello.

Recordamos la mala experiencia de la esclavitud y la utilizamos.

El Talmud ofrece dos explicaciones sobre cómo "comenzamos con lo malo y terminamos con lo bueno". Una de las explicaciones es que recitamos en la Hagadá que "fuimos esclavos de Paró en Egipto...". Recordamos la mala experiencia de la esclavitud y la utilizamos. Cuando fuimos esclavos, aprendimos la habilidad de trabajar duro, de obedecer sin cuestionar los mandamientos de un amo. Nos volvimos disciplinados y aprendimos a esforzarnos; aprendimos a dejar de lado nuestra comodidad personal para alcanzar grandes logros. Estas son lecciones que conmemoramos en el Séder de Pesaj al utilizar estas mismas habilidades para dedicarnos a Dios en lugar de al caprichoso Faraón.

Al mismo tiempo, la esclavitud nos hizo ser personas más preocupadas por el resto y más empáticas con el oprimido. El Midrash nos enseña que cuando comenzó la esclavitud en Egipto, los judíos hicieron un trato entre ellos para ayudarse mutuamente en sus momentos de necesidad. Asimismo la Torá muchas veces nos dice que actuemos bondadosamente con el extranjero, "pues ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto" (Éxodo 22:20). Recordamos nuestra miseria pasada no para oprimir finalmente a los demás, sino que lo hacemos para sentir el dolor y para hacer lo que podamos para ayudar.

El Talmud ofrece una segunda explicación de cómo comenzamos con lo malo: recitando que "en un comienzo, nuestros antepasados eran idólatras...". Relatamos la historia del Éxodo no sólo desde la esclavitud, sino que desde los inicios de nuestra historia: el nacimiento de Abraham entre los idólatras de Ur Kasdim. Porque esto también es lo que queremos recordar. Abraham comenzó desde el más humilde de los orígenes, y como resultado de ello fue capaz de enseñarles sobre Dios a decenas de miles de personas. Nosotros también tenemos una misión con la humanidad: ser una luz para las naciones (Isaías 42:6). Y podemos hacerlo, porque nosotros mismos hemos estado allí. Sabemos lo que es el sufrimiento y sabemos lo que significa revolcarse en una idolatría vacía. Y como resultado de esto, podemos difundir el monoteísmo y la compasión a toda la humanidad.

Basado en una clase de Rav Iojanan Zweig.