Hay más judíos que observan el Séder de Pesaj que cualquier otro ritual judío.

Esta es una poderosa afirmación sobre nuestra familia colectiva en un momento histórico que permitió el nacimiento de nuestro pueblo. Con ayuda divina, pasamos de la esclavitud a la libertad. El Séder nos permite recordar y agradecer. Es nuestra oportunidad para reflexionar sobre los milagros de nuestro pasado. Es nuestro tributo a la historia.

Pero el primer Séder que tuvo nuestro pueblo deja en claro que ese no es su mensaje principal.

Por más increíble que parezca, los judíos de Egipto fueron comandados a celebrar el Séder la noche previa a que salieran en libertad. Aún no eran libres. Pero de todas formas comieron matzá y hierbas amargas y cumplieron con los rituales requeridos. Claramente no estaban celebrando un evento histórico, sino que estaban demostrando su fe en la inevitabilidad de una promesa divina que esperaban con ansias.

El Séder de Pesaj comenzó con un énfasis en el destino, no en la historia.

El primer Séder no ocurrió después del Éxodo, sino antes de él. No fue un Séder de gratitud por el pasado, sino de esperanza por la redención que vendría. El Séder de Pesaj comenzó con un énfasis en el destino, no en la historia; en el futuro, no en el pasado.

Y eso es lo que hace a Pesaj tan relevante de generación en generación. Incluso a medida que volvemos a contar la antigua historia a nuestros hijos, dejamos en claro que su objetivo es que resuene en nosotros como una señal de esperanza. “En toda generación se levantan en nuestra contra para destruirnos, pero el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos”, tal como hizo Dios entonces con nuestros opresores egipcios.

Es la única certeza de la historia. Dios siempre viene a ayudarnos. Podemos confiar en Él, a diferencia de otras coaliciones o lealtades políticas temporales. La historia tiene un plan predefinido... un orden, o como se expresa en hebreo, un seder. El seder de la historia tiene una conclusión predefinida. La historia de nuestra redención de Egipto no es sino una precuela de la redención mesiánica final. Tan seguros estamos de esto para el futuro, que les pedimos a nuestros hijos —quienes de seguro serán los beneficiarios de esta promesa divina— que abran la puerta a Eliahu en cada Séder para dar la bienvenida al profeta cuya misión asignada es anunciar la llegada del Mesías.

Y mediante el comer matzá en el Séder, hacemos una sorprendente declaración sobre cómo creemos que esto ocurrirá. Es contraintuitivo. Va en contra de la noción proverbial de que “la historia no cambia de la noche a la mañana”. Pero es el método de cambios históricos que utiliza Dios, el cual se encuentra incorporado de forma simbólica en la festividad de Pesaj. No tuvieron siquiera tiempo para dejar que leudara su pan. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, los esclavos egipcios eran libres.

A nuestros ancestros les fue dicho en el primer Séder de la historia, antes de que dejaran Egipto, que se sentaran “con sus cinturones ceñidos, con zapatos en sus pies, con sus varas de viaje en sus manos”, listos para comenzar con la travesía. Sólo la fe en que Dios cumpliría su promesa hizo posible que no sólo creyeran—después de 210 años de amarga opresión— que su salvación estaba cerca, sino que creyeran que estaba a tan sólo un instante de ocurrir.

La matzá demuestra la velocidad de la intervención divina.

El progreso humano puede tomar siglos. La matzá demuestra la velocidad de la intervención divina.

Y de hecho, hace mucho tiempo que Nuestros Sabios nos dijeron que estemos particularmente sintonizados con los dramáticos cambios históricos que han ocurrido a una velocidad sin precedentes y de forma aparentemente incomprensible. La rapidez con la que ocurren los eventos es una de las formas elegidas por Dios para mostrar su involucramiento personal y directo.

¿Quién sabe a qué corresponde el nueve?

Por eso es que hay una tradición en el judaísmo de que el Mesías va a nacer en Tishá BeAv. La redención al final de los días es vista como un giro inesperado de los eventos, una total y veloz transformación desde la tragedia al júbilo, desde el lamento al maravillarse. Es precisamente cuando nos vemos rodeados por la oscuridad que necesitamos saber de la cercanía del amanecer.

Es al final del Séder que encontramos una desconcertante línea en el famoso pasaje que alude al significado teológico de los números. Preguntamos: “¿Quién sabe Uno?”, y todos respondemos: Uno es nuestro Dios. Y asimismo obtenemos el significado de dos en las dos tablas de la ley, tres son los patriarcas, cuatro las matriarcas, cinco son los libros de la Torá, seis es el número de secciones de la Mishná, siete son los días, ocho son los días de la circuncisión... y entonces viene el mensaje que pareciera estar totalmente fuera de lugar. “¿Quién sabe nueve?”, y la respuesta es: nueve son los meses del embarazo. Muchos se han preguntado sobre la pertinencia de esta conexión. Nueve meses de embarazo no es más que un hecho biológico. ¿Por qué está en la lista que ofrece significados religiosos de los números en la noche en que reflexionamos sobre la redención?

Me gustaría sugerir que los nueve meses de embarazo tienen en realidad una relación muy especial con el tema de la noche del Séder. Los profetas hace mucho tiempo nos enseñaron que la redención final será precedida por lo que llamaron “los dolores del parto”. Tal como el preludio al glorioso momento del nacimiento es el dolor de la madre durante el trabajo de parto, asimismo la época mesiánica, la secuela de la historia de Pesaj, estará precedida por un doloroso y difícil período para el pueblo judío. Luego de un aparente Tishá BeAv, la redención final va a irrumpir, rápidamente y en un abrir y cerrar de ojos, tal como ocurrió para los judíos en Egipto como vemos en la historia bíblica.

Un año difícil

Mientras nos preparamos para Pesaj, no podemos dejar de notar que el pueblo judío, tanto en Israel como en otras partes del mundo, tuvo un año sumamente difícil. Un creciente antisemitismo, la guerra de Gaza, el continuo miedo de la potencial capacidad nuclear de Irán que amenaza con aniquilarnos y ahora la erosionada relación entre el presidente de Estados Unidos e Israel nos han dejado sumamente preocupados.

Pero quizás el significado de estos dolorosos momentos deba ser entendido en el contexto de las advertencias proféticas de terribles dificultades justo antes de la era mesiánica. Y quizás, a medida que nos preparamos para celebrar el Séder en el año judío que se deletrea como TISHÁ, la palabra hebrea para nueve, podemos expresar nuestra esperanza de que este sea el tiempo que es aludido con los nueve meses de embarazo.

Quiera Dios que nuestro dolor sea la antesala a la dicha eterna y que nuestra historia se transforme finalmente en la bendición de nuestro destino prometido.