Fue uno de los incidentes más atemorizantes que he enfrentado como padre hasta ahora. Estaba estudiando para mi MBA. Era un martes típico, pude ir a casa para almorzar con mi familia porque mis clases del día terminaban a media mañana. Lo atípico fue la forma en que fui recibido en la puerta, con mi hijo gritando como jamás lo había oído y mi esposa bastante conmovida.

Después de recobrar el aliento, mi esposa me informó que acababa de tropezar en la escalera sosteniendo a nuestro hijo de nueve meses, y que había tenido un duro aterrizaje en el piso. Oyó su cabeza golpear las baldosas, pero no sabía qué tanto se había lastimado. ¿Estaba lastimado o sólo muy asustado?

Después de asegurarme que mi esposa estaba bien, sostuve a mi hijo, logrando finalmente calmarlo. Pero parecía más tranquilo de lo normal, y se veía adolorido.

El doctor nos aconsejó que, si no volvía a su regularidad en un par de horas, lo lleváramos a su consultorio. Unas horas después, el doctor estaba revisando su cabeza buscando heridas, pero no encontró nada. Comenzó a chequear otras partes de su cuerpo, para ver dónde podía haberse lastimado. Cuando puso a mi hijo de pie, sosteniendo sus manos, mi hijo levantó su pie derecho demostrando incapacidad para aplicar presión sobre él.

Nos enviaron a hacer radiografías, y durante las horas que pasamos en la sala de espera, vimos una mejoría gradual en nuestro hijo. Casi decidimos llevarlo a casa porque, creíamos, que quizás todo estaba bien, y además, estábamos exhaustos.

Mi esposa y yo sentimos gratitud. Podría haber sido mucho peor, si se hubiera caído desde más arriba en la escalera.

Pero la radiografía indicó otra cosa. El fémur de nuestro hijo tenía una fractura justo arriba de su rodilla, e iban a enyesar toda su pierna, desde la cintura hasta sus dedos, durante al menos un mes. Nuestro precioso hijo se comportó muy bien mientras enyesaban su pierna, después de eso nos enviaron finalmente a casa y nos derivaron a un especialista la mañana siguiente, en otro hospital, para reforzar el yeso con una capa de fibra de vidrio.

A lo largo de este dramático episodio, mi esposa y yo expresamos lo agradecidos que estábamos. No, un fémur roto en nuestro hijo, que estaba a punto de gatear, no iba a ser fácil, ni que hablar todo el tiempo adicional y los recursos que serían necesarios durante el mes de mis exámenes finales. De todos modos, mi esposa y yo sentimos gratitud. Reconocimos que si se rompió el fémur con una caída relativamente leve (sólo desde un par de escalones desde el piso), podría haber sido mucho peor si se hubiera caído desde más alto.

Pero recuerdo que me preguntaron, con un poco de incredulidad: ¿Agradecido? ¡Se cayó de la escalera, se rompió el fémur y empezará a caminar varios meses después de lo normal! ¿Estaba contento de que Dios haya hecho caer a mi esposa y a mi bebé?

Y luego, se me ocurrió una interesante analogía. Pésaj estaba sólo a unos cuantos días. Millones de judíos de todo el mundo celebrarían que Dios salvó milagrosamente a los judíos después 210 años de una dura esclavitud y los condujo a la Tierra de Israel.

Pero, ¿por qué agradecerle a Dios por habernos sacado de Egipto? ¿No fue Él quien nos puso allí en primer lugar?

Pensé en esta pregunta durante un par de días, hasta que vi un incidente casi horrendo que clarificó todo.

En Pésaj, mientras mi esposa y yo disfrutábamos de una caminata, vimos, a media cuadra de nosotros, a una madre llevando el cochecito de su bebé mientras su esposo caminaba a su lado con su pequeña hija. De repente, la niña giró y se dirigió hacia la calle, corriendo a toda velocidad. Justo en ese instante, como ocurre en las películas, apareció un auto, viajando a demasiada velocidad para una calle residencial. Todo parecía moverse en cámara lenta: la expresión de sorpresa del padre, como si hubiera estado pensando N-O-O-O-O mientras corría detrás de su hija, mientras la madre observaba indefensa, horrorizada, desde un costado.

Mi esposa y yo nos quedamos allí, petrificados, sin saber cómo evitar lo aparentemente inevitable. La niña corría hacia la calle y el veloz auto no parecía haberla visto.

Luego, ocurrió un pequeño milagro. La pequeña tropezó y cayó con dureza sobre el piso. Aún pasmados, sus padres la levantaron y abrazaron, sintiendo una renovada valoración por tenerla en sus vidas.

Después de dar un suspiro de alivio, mi esposa y yo vimos cómo se desarrolló un interesante escenario. La pequeña estaba llorando adolorida, mientras que sus padres estaban tan felices y agradecidos. La niña los miró, confundida, y probablemente pensó: “¿No me aman? ¿No les importo? ¿Por qué están tan felices cuando yo siento tanto dolor?”.

Lo que esta pequeña percibía como una terrible desgracia, los padres percibían como el mayor de los regalos. Sus plegarias para que se salvara a cualquier costo fueron respondidas, pero esta pequeña desconocía el daño mayor que le hubiera podido ocurrir. Lo único que sabía era el dolor de su pierna raspada.

Esto me enseñó un fuerte mensaje. Muy a menudo, somos como esa pequeña niña. El alcance de nuestro entendimiento es limitado, y hay una Fuente Superior cuya visión supera la nuestra. Él ve lo que vino antes y lo que vendrá, sabe lo que realmente es mejor para nosotros, incluso si creemos saber más. Y, sobre todo, nos ama y se preocupa por nosotros mucho más de lo que podemos imaginar.

Al igual que esa pequeña, podemos llorar y enojarnos por habernos lastimado. Pero, si reconocemos que lo que acaba de ocurrir fue hecho con la máxima atención, amor y cuidado, nos elevamos por sobre ese arrogante espíritu de nuestro interior, que siente que lo sabe todo.

Mi esposa y mi hijo se cayeron en la escalera. Gracias, Dios. Gracias. Entiendo que, cualquiera haya sido la razón por la que tuvo que haber una caída, estoy tan agradecido de que haya sido sólo desde el segundo escalón, y no desde el duodécimo. Estoy tan agradecido de que sólo se haya fracturado el fémur, y que mi esposa y mi hijo estén bien. Y estoy tan agradecido de que me hayas dado el entendimiento para ver este incidente de esta forma.

Naturalmente, nos gusta sentir que estamos a cargo, que lo sabemos todo. Pero, relajarnos y tomar conciencia de nuestras limitaciones es quizás uno de los más grandes regalos que nos podemos dar. Apoyarnos en la Fuente mucho más sabia que nosotros, nos da una mayor sensación de confort, serenidad y felicidad. Todo ocurre por una razón, una razón que es para nuestro beneficio. Si internalizamos el principio fundamental de que Dios nos ama mucho más que lo que podemos comprender, podemos comenzar a entender cómo las distintas variables de nuestra vida están hechas a medida para nosotros, permitiéndonos lograr nuestra misión individual en el mundo.

Lo que tú puedes lograr, yo no puedo, mientras que lo que yo puedo lograr, tú no puedes. Entonces, cada uno recibe diferentes circunstancias con las que vivir. Nuestra familia, nuestros talentos únicos, nuestra ubicación geográfica, todo está diseñado para nosotros, y nos sirve como un indicador de dirección.

Con esto en mente, generación tras generación, hemos celebrado Pésaj, agradeciéndole a Dios por habernos sacado de la esclavitud, porque entendemos que, más allá de nuestra obvia necesidad de estar allí (los comentaristas brindan numerosas razones para esto), estamos eternamente agradecidos por haber sido sacados de una manera tan milagrosa.

La pequeña que tropezó me enseñó una lección invaluable. Por más que sus padres hubieran tratado de explicarle que, si no hubiera tropezado, hubiera sido arrollada por un auto, ella era simplemente demasiado joven como para comprenderlo.

Lo mismo ocurre con nosotros, si reconocemos nuestra pequeñez, podemos realmente alcanzar un nivel increíble de grandeza.