Criar a los hijos no es fácil. Es un trabajo de jornada completa, sin sueldo. Las recompensas son infinitas. Las alegrías, indescriptibles. Nos enorgullecemos de los logros de nuestra progenie. Sus logros son más significativos que los nuestros. Ellos son la fuente de nuestra mayor alegría.

¿Pero qué pasa cuando tienes que enfrentar la realidad de que uno de tus hijos no es el “hijo sabio” de la Hagadá, ese por el que tanto rezamos? Más bien parece que estamos atascados con el “hijo malvado”. Seguimos todas las reglas para ser buenos padres, pero al parecer no tuvimos éxito. Nuestro hijo no comparte nuestros valores. Él rechaza nuestras tradiciones. Pregunta: “¿Qué es todo este ritual para ustedes?”, burlándose de nuestro compromiso con el judaísmo y la observancia de las mitzvot, indicando su falta de interés en ser parte de nuestro pueblo.

¿Qué consuelo ofrece la Hagadá a estos padres cuando con tanta desesperación desean sentirse felices y sólo logran sentir que se quiebran emocionalmente ante la realidad de su desgracia personal?

Quizás podemos encontrar una respuesta en el orden peculiar en que se enumeran los cuatro hijos. La Hagadá nos dice que “La Torá habla de cuatro clases de hijos”. A continuación los enumera: uno es sabio, uno es malvado, uno es simple y uno ni siquiera sabe qué preguntar. La lógica hubiera indicado una secuencia diferente. Los dos opuestos, el sabio y el malvado, deberían haber estado en los extremos y los otros dos en el medio. ¿Cuál es la razón del orden en que se los presenta?

Quizás la razón sea que seguimos la regla simple de la edad. El mayor se menciona primero, el más pequeño al último. De esta forma, la secuencia se entiende perfectamente. De abajo hacia arriba, el último, el más joven, es el que ni siquiera sabe qué preguntar. Ese es el niño que apenas tiene edad como para hablar. Le sigue el hijo simple, cuya inteligencia limitada sólo le permite preguntar “¿qué es esto?”.

Un poco mayor es el tercer hijo, el adolescente rebelde que atraviesa una etapa en la que su lucha por adquirir independencia le dificulta aceptar los valores y la guía de sus padres. Afortunadamente la secuencia no culmina allí. Una de las bendiciones universales es que a medida que los hijos adquieren más madurez encuentran la sabiduría para reconocer que sus padres no son tan tontos como creían cuando eran adolescentes. En las palabras profundas de Mark Twain: “Cuando yo tenía 14 años, mi padre era tan ignorante que apenas podía soportar estar cerca de él. Pero cuando cumplí 21 me sorprendió cuánto el hombre había aprendido en siete años”.

Los cuatro hijos describen cuatro etapas en la vida de un niño, desde la primera infancia a la niñez, pasando por la rebeldía adolescente hasta llegar finalmente a madurar y adquirir verdadera sabiduría.

Por lo tanto, es posible que los cuatro hijos no se refieran a cuatro hijos diferentes sino a cuatro etapas en la vida de cada uno de ellos, etapas que los llevan desde la primera infancia a la niñez, pasando por la rebeldía adolescente hasta llegar finalmente a madurar y adquirir la verdadera sabiduría.

Puede ser que por eso la Hagadá, aunque aparentemente habla de cuatro hijos diferentes, repite la palabra ejad, uno. Se trata de una misma persona en cuatro etapas diferentes en su camino por la vida, y por eso nunca debemos perder las esperanzas cuando nos encontramos con un hijo que atraviesa la etapa de la rebeldía.

Hay una historia famosa sobre un judío de un shtetl que llega por primera vez a una de las grandes ciudades de Polonia. Él regresó a su pueblo con una historia increíble y les contó a sus amigos que apenas podía creer lo que había visto en la ciudad. “Visité Vilna y vi una persona que se esfuerza muchísimo para estudiar Torá todo el día. Y vi una persona que se pasa todo el día pensando cómo ganar dinero. Y vi una persona cuya inclinación se despierta con furia cada vez que ve una mujer en la calle. Y vi una persona que siempre cierra los ojos para no mirar cosas prohibidas. Y vi una persona que siempre está chismeando. Y vi una persona que se esfuerza para mantener su boca cerrada”.

Le dijeron: “¿Qué es lo que te sorprende tanto? ¡Vilna es una ciudad enorme donde hay muchísimos judíos!”

“Sí, ¡pero lo increíble es que se trataba de una sola persona!”.

Es un error pensar que las personas son unidimensionales. Los más sabios a veces son malvados, los sabios temporariamente pueden ser simples o incapaces de formular una pregunta. La vida es un libro con muchos capítulos, con el final abierto y con la posibilidad constante de transformación y cambios dramáticos.

Quizás una de las cosas más remarcables que vimos es el increíble movimiento de cientos de miles de judíos que retornan a la Torá, a la observancia judía y a sentirse orgullosos de su identidad judía. Los “hijos malvados” del pasado casi milagrosamente se convirtieron en los “hijos sabios” en el Séder.

Pésaj es una festividad que exige optimismo. Su mensaje es de redención, no sólo redención nacional del exilio y de la esclavitud, sino redención personal del alejamiento de Dios y de nuestro pueblo. Necesitamos tener fe. No sólo fe en Dios, sino fe en nuestros hijos. Fe en aquellos que temporariamente pueden haberse perdido en el camino. Fe en que el “hijo malvado” sólo atraviesa una etapa en su trayectoria para llegar a convertirse en el “hijo sabio”.