“¡Estoy siendo despedida por tu culpa!”, dijo ella, con sus ojos encendidos en llamas por la ira.

¡¿Qué?! Mi computadora interna inició un veloz escaneo de emergencia para las palabras: “hice que Sara perdiera su trabajo”. La búsqueda no encontró resultados.

Me senté delante de mi supervisor laboral preguntándome: “¿De qué rayos está hablando?”.

 “Yo sé que le hablaste en mí contra a nuestro jefe, el señor Black. Le aconsejaste que me despidiera. Fabricaste toda una teoría por la que debería despedirme. ¿Realmente creíste que no iba a darme cuenta de que habías sido tú?

¡¿Qué?! Utilicé el buscador nuevamente. Palabras clave: “Encuentro con el Señor Black, discusión sobre Sara”. De nuevo, no se encontraron resultados.

Traté de asegurarle a Sara que realmente la considero una excelente supervisora, que nunca le dije otra cosa al Señor Black, y que no sabía que ella iba a perder su trabajo. Ella estaba alterada. Terminando la conversación con unos pocos comentarios retóricos rudos, se fue enojada, dejándome más que confundida.

El señor Black me aseguró que su decisión de despedir a Sara no tenía nada que ver conmigo ni con nada que yo hubiera dicho. Me aconsejó ignorar todo el incidente. Sin embargo, es más fácil decirlo que hacerlo.

Pasó casi un año. Sufrí mucho por la dolorosa confrontación con Sara. Sus ojos enojados se fijaron en mi mente y se me aparecían cada tanto, entrometiéndose en mi tranquila mente. Había un ser humano muy adolorido allí, y aunque no entendí como, yo era la fuente de su dolor. El misterio me carcomía, y quería aliviar su dolor. Necesitaba un cierre, y estaba segura de que Sara también.

Mientras estaba aprendiendo sobre la cercana festividad de Purim, descubrí un plan de acción.

Estaba muy preocupada porque nuestra disputa estaba contribuyendo a interrumpir la cadena de unidad judía.

Nuestra redención de la amenaza de genocidio a manos del líder persa fue en mérito de que nos unimos como pueblo. La Reina Ester le dijo a Mordejai que “reuniera a todo el pueblo judío… que ayunaran y rezaran por tres días… y luego me presentaré ante Ajashverosh”. Desde este punto en adelante la historia dio un vuelco para bien y los planes de Amán fracasaron. Cuando todo el pueblo judío está unido y es una sola nación indivisible, no hay individuos. Como un todo cohesionado, cada uno de nosotros cubre las debilidades del otro. Esta unidad le da a la nación judía la fortaleza espiritual que nos protege en contra de nuestros enemigos.

Por esta razón, los rabinos establecieron la mitzvá de Purim de enviar Mishloaj Manot, canastas de comida, como demostración de amor, de hermandad, de aceptación. El regalo es un mensaje que dice: “Te estoy enviando algo que sé que te gustará. Acéptalo como demostración de que me importas, como individuo y como parte de un todo”. En cada generación, Purim es el tiempo para fortalecer nuestros lazos de hermandad, para mostrar a todos y a Dios que entendemos que nuestra habilidad para prosperar depende solamente de la fortaleza de estos lazos.

Recordé jugar en la calle cuando pequeña. Nos parábamos, decenas de niños en fila, sosteniéndonos las manos tan fuerte como fuera posible. Un oponente del otro equipo buscaba romper la cadena de manos a partir del enlace más débil, y corriendo rápidamente, se lanzaba con toda su fuerza entre esos dos cuerpos. Si tenía éxito en desunir las manos agarradas, perdíamos.

El incidente entre Sara y yo me molestaba no solamente porque yo estaba siendo acusada erróneamente, sino porque estaba profundamente preocupada porque este altercado estaba contribuyendo a romper la cadena de unidad judía.

No recuerdo decir nada negativo sobre Sara a nadie. ¿Pero acaso importaba? Lo que importaba era que ella pensaba que lo había hecho. El lazo entre nosotras estaba roto.

Salí y compré una linda caja de chocolates rellenos con crema de menta y una botella de vino blanco dulce espumante. Me senté y le escribí una carta, explicándole lo mal que me sentía por cualquier cosa que pude haber hecho, reiterando lo que ya le había dicho durante nuestro último encuentro. Le imploré que me perdonara, y terminé con las palabras: “Odiaría que tú y yo seamos el enlace débil en la cadena del pueblo judío”.

Los sabios recomiendan que los regalos sean enviados a través de un mensajero, porque un mediador ayuda a evitar la confrontación entre las dos partes. Una conocida mía que vive en el vecindario de Sara le entregó la canasta. Aunque no había escuchado ninguna respuesta de ella, sentí una inmediata sensación de alivio.

Tres meses después me crucé a Sara en la calle. Me saludó con una sonrisa genuina y hasta un guiño de ojos. Tímidamente, dijo: “Recibí tu carta y tu Mishloaj Manot, gracias…” Hablamos un poquito y nos separamos, cada una continuó su camino – dos amigas judías que son parte de un todo indestructible.