“Es una mitzvá beber en Purim hasta que uno no pueda distinguir entre “Hamán es maldecido” y “Mordejai es bendecido” (Talmud Meguilá 7b).

Hay algo raro en esta mitzvá de Purim. Es la única vez en la que se nos pide que bebamos hasta el punto de perder la claridad y la coherencia. Ésta, seguramente no es una actividad espiritual y consciente, algo que abunda en las festividades judías.

También hay algo singularmente importante sobre Purim; dado que el calendario judío comienza en el mes de nisán, Purim es la última festividad del año (y Pesaj es la primera). Desde una perspectiva cabalística, cada festividad es un hito en la creación de la nación y en la relación entre el pueblo judío y Dios. Pesaj representa el nacimiento de la nación; Shavuot, cuando aceptamos la Torá, es nuestro “Bar Mitzvá”; Rosh Hashaná y Iom Kipur son el período de “compromiso” entre el pueblo judío y Dios; Sucot, con su dosel, representa el casamiento; Simjá Torá es el momento del “ijud” – un tiempo de cercanía y exclusividad que solamente comparte la pareja casada.

Luego vienen los tiempos difíciles, oscuros, con obstáculos en nuestra vida de pareja que necesitan superarse, representados por la festividad invernal de Janucá, cuando la luz es traída nuevamente a la relación y nos aclimatamos a la tensión y a las dificultades. Y luego, finalmente, la última parada: Purim.

Purim debería ser una culminación, un objetivo final, al menos un paso crucial en la dinámica "Dios/pueblo judío" alcanzado antes de nuestro destino final – la era Mesiánica.

Y entonces, ¿cómo es?, ¿cómo se manifiesta esto a través de los eventos que llevaron a la creación de esta festividad?

“18,500 personas fueron a la fiesta y comieron y bebieron y se degeneraron. Se paró el Satán y dijo: “Dios, ¡¿Por cuánto tiempo permanecerás al lado de esta nación que aleja su lealtad y sus corazones de Ti?!”. Y Dios le dijo a Satán: “Tráeme un rollo y Yo escribiré y firmaré destrucción sobre ella” (Ester Rabá 7:13).

En la época de la historia de Purim, el pueblo judío estaba exiliado en Persia. Al comienzo de la historia, una gran porción del pueblo judío participa y disfruta de una fiesta decadente brindada por el Rey Ajashverosh, en la cual se utilizan vasijas sagradas del destruido Templo judío de Jerusalem. Este acto de revelarse por el placer de comer y beber con el gobernante victorioso (que había derrotado al pueblo judío), representó una deslealtad y un rompimiento de la conexión entre Dios y su pueblo, por lo que Dios mismo “firmó la destrucción” del pueblo judío. Es como si los papeles de divorcio hubieran llegado al correo y Dios sólo hubiese tenido que firmarlos y enviarlos de regreso.

La inmensa gravedad del peligro era producto de que Dios mismo decidió dejar de ser partidario de este pacto.

El peligro en el que la nación judía se encontró a medida que se desarrollaron los eventos (el pedido de HHamán y la aceptación de Ajashverosh de matar a todos los hombres, mujeres y niños judíos el 13 de Adar) fue resultado directo de que Dios firmó. A diferencia de cualquier otro período en la historia judía en el que “Las naciones se levantaron en nuestra contra para destruirnos” (Hagadá), pero “Dios quien está en el cielo y ríe” (Salmos), evitó que sus malvadas intenciones fueran fructíferas, aquí la inmensa gravedad del peligro era producto de que Dios mismo decidió dejar de ser partidario de este pacto.

La sociedad estaba terminada.

Tan pronto como esto ocurrió, el status quo se desmoronó. Ya no podía haber un régimen “natural” de reglas de causa y efecto, en donde el pueblo judío pecaba y se distanciaba de Dios, era enfrentado con desafíos y dificultades; luego se arrepentía y Dios los redimía, restableciendo la relación. Ahora, por el contrario, el peligro era inminente. Fuimos catapultados a una situación de proporciones tan desastrosas que nuestra supervivencia misma como nación estaba en riesgo.

Nunca antes la posibilidad de nuestra destrucción fue tan real e inminente. Y de estas horrendas circunstancias surgió una salvación correspondientemente incomprensible y admirable. Un “giro” completo en todo sentido de la palabra, en donde la misericordia, compasión y amor de Dios abatieron a las fuerzas malvadas de desesperación, desesperanza y destrucción. Como actúa un padre cuando su hija está en peligro real, el dinero no es una objeción y todas las consideraciones palidecen en comparación a la importancia de mantenerla con vida.

Despertando la misericordia de Dios

En la historia de Purim, Mordejai, después de escuchar el decreto de Hamán de destrucción (y de acuerdo al Midrash, después de entender del profeta Elija que era un decreto inamovible escrito y firmado por Dios mismo), le pidió a Ester que fuera inmediatamente donde al rey a pedir misericordia para con su nación. Ester quería esperar el momento indicado en el que Ajashveirosh la llamara, y luego pensar en un plan para solucionar las cosas. Mordejai le dice que si desperdicia la oportunidad, “la salvación de los judíos vendrá de otro lugar y tú y tu familia estarán perdidas” (Libro de Ester 4:14).

Este no es un momento para pensar en estrategias y deliberar. Es demasiado tarde para eso. Solamente podemos tener esperanza en despertar la misericordia de Dios para que dé un giro a esta situación tan desesperanzadora. Si arriesgas tu vida yendo al rey ahora, sin ser anunciada, hay una posibilidad de que podamos aprovecharnos de la compasión divina.

Ester parece entender la idea cuando agrega:

“Ve, reúne a los judíos y no coman ni beban por tres días, día y noche, y mis doncellas y yo también ayunaremos y con eso iré al rey ilegalmente, y si estoy perdida, estoy perdida” (Ibíd.: 4:6).

Despertar misericordia, el amor de un padre hacia su hijo enfermo, el amor de un marido por una mujer agonizante. Ninguna otra cosa funcionará.

Ella no habla de arrepentimiento, ni de plegaria, ni siquiera de hacer alguna buena acción (de hecho, de acuerdo al Midrash, una de las noches fue la noche de Pesaj, y el “Seder y todas sus obligaciones pertinentes fueron dejadas de lado a favor del ayuno”). Todo lo que ella tenía en mente era: Despertar misericordia, así como el amor de un padre hacia su hijo enfermo, el amor de un marido por su esposa agonizante. Ése era el único camino para tomar. Ninguna otra cosa funcionaría. Es por esto que debemos ayunar durante tres días, resolvió ella, Dios debe ver que estamos muriendo, que nuestra supervivencia está en riesgo, y sólo entonces nos salvará.

 

Así mismo, Todos los Años

 Cada año cada festividad viene con una energía especial inherente al tiempo, que avanza cíclicamente. En Pesaj, por ejemplo, viene una sensación de liberación de la esclavitud, una habilidad para ser liberados de limitaciones y encarcelamientos. En Rosh Hashaná, una renovación, ya que el mundo es recreado nuevamente cada año en ese momento.

En Purim, nos convertimos una vez más en los receptores de una efusión irracional de amor y protección inmerecida, salvación de una situación al principio considerada completamente desesperada e irremediable. Somos niños que se han descarriado tanto hacia un peligro tan grave que nuestra única esperanza es clamarle a un padre que nos recoja en el instante indicado y nos lleve a casa a salvo.

Es por eso que nos embriagamos en Purim. Todo el año operamos bajo una ilusión de control, de “causa y efecto”. Crecemos, cambiamos y nos mejoramos e imaginamos que, como resultado, Dios responde con amabilidad y nos da bendición material y espiritual. En este día, Dios nos muestra el epítome de nuestra dependencia de Él. Es como si Él dijera: Sólo córranse, ni siquiera tomen una decisión consciente de retornar hacia Mí. Yo estoy haciendo todo el trabajo, más allá de sus acciones. Por Mí, pueden embriagarse tontamente. De hecho, hagan eso, para que sea obvio que no están en control; no son sus acciones las que causan que Yo los ame. Mi amor por ustedes es completamente incondicional. Son mi nación y Yo los estoy cuidando sin importar nada, simplemente porque son Míos.

Purim Nunca Será Abolido

 “Y su memoria nunca cesará en sus descendientes” (Ibíd. 9:28).

“La festividad de Purim nunca será abolida. Hasta en el final de los días, cuando todas las conmemoraciones de nuestras travesías ya no tengan efecto, el Libro de Ester será como los cinco libros de Moisés y durará por toda la eternidad” (Rambam, Leyes de Meguilá, 2:8).

La cualidad de eternidad de Purim resulta de este hecho inamovible: el amor de Dios por nosotros es infinito, eterno. Y como tal, no puede ser ligado a las leyes naturales que gobiernan las relaciones finitas. Esta, entonces, puede ser nuestra última parada en nuestro desarrollo como una nación en nuestra maravillosa unión con Dios: el reconocimiento de que cuando todo está dicho y hecho, debemos confiar en Dios y ceder el control. Él orquesta y genera los resultados. Crea una realidad que nosotros, por nuestra dimensión finita, no podemos comprender. Espera que tratemos y hagamos lo mejor que podamos para salir adelante, pero aún mientras luchamos e imaginamos que estamos logrando algo, al final es Dios, quien es completamente independiente, quien está satisfaciendo nuestras necesidades y cuidándonos, más allá, y a veces a pesar, de nuestras acciones e intenciones.

Aférrate a la Oportunidad

 En Purim, cuando toda esta compasión abrumadora brilla sobre nosotros hoy en día como lo hizo en aquel momento, nos conviene agarrar la oportunidad y aprovechar este poder maravilloso. Especialmente en estos días en los que el pueblo judío está rodeado por enemigos y nuestra supervivencia está siendo cuestionada.

Se nos pide que nos comportemos con los demás con el mismo amor y compasión. Las mitzvot de “Mishloaj Manot”, enviar comida a nuestros amigos, y los “regalos a los pobres” tienen el objetivo de aumentar el amor y la misericordia entre nosotros y de recordarnos emular la generosidad incondicional de Dios.

En este día no importa lo que pidamos, se nos garantiza que no nos iremos con las manos vacías.

Al igual que se nos instruye “dar sin pensar a quienquiera que extienda su mano” en Purim (Ibíd. 2:16), también Dios está dando “regalos” a todo el que pide, sin ningún pensamiento o deliberación. El poder de nuestras plegarias en este día es inmenso. No importa lo que pidamos, se nos garantiza que no nos iremos con las manos vacías.