Una persona está obligada a embriagarse en Purim hasta no poder distinguir entre “maldito es Hamán” y “bendito es Mordejai” (Talmud Meguilá 7b).

Beber en Purim es una excepción muy peculiar; parece ir en contra de todo lo que enseña el judaísmo durante el resto del año. ¿Acaso la embriaguez no causa que la persona tenga un comportamiento imprudente y desinhibido, lo cual es básicamente la antítesis del estilo de vida ético descrito por la Torá? Casi parecería como si los sabios hubiesen decidido darnos un día libre. ¿Acaso después de un año de comportamiento recatado y moderado podemos desatarnos y ser salvajes para después recuperarnos y volver a nuestra conducta normal?

Bueno, para comenzar, los sabios nunca nos recomendaron beber hasta perder la cordura. Además del daño que se genera al hígado, cerebro, páncreas, etc., destruirnos no es una experiencia religiosa (leer la historia de Lot y sus hijas es prueba más que suficiente). Por el contrario, la ley judía recomienda que uno beba más de lo que acostumbra beber (Ver Ramá, Óraj Jaim 695:2), es decir, adormecemos un poco nuestra capacidad intelectual hasta que en nuestro alegre estupor ya no podemos distinguir entre “maldito es Hamán” y “bendito es Mordejai”.

Pero incluso esta práctica, que es mucho más moderada, debe ser entendida. ¿Por qué celebramos Purim adormeciendo nuestros sentidos? ¿Acaso la observancia judía no se trata por lo general de actos pensados y considerados? ¿No es la esencia del judaísmo entender lo que hacemos, en lugar de hacer actos sin sentido sólo porque Dios lo dijo? ¿Qué tiene Purim de especial para que celebremos sofocando nuestra capacidad intelectual, relacionándonos con Dios en un nivel más alegre pero menos juicioso?

La historia de Purim ocurre en el vasto reino persa. Persia era una potencia mundial, pero su decadencia era asombrosa. El Libro de Ester nos presenta un rey que está casi constantemente bebiendo, de fiesta y ostentando su riqueza. La historia comienza con un festival de embriaguez de 180 días brindado por el Rey Ajashverosh, con su imperio funcionando por inercia durante toda su duración.

Más adelante en la historia, Ajashverosh realiza un inmenso concurso de belleza para reemplazar a la destronada Reina Vashtí. Cada candidata fue sometida a 12 meses de embellecimiento hasta estar preparada para su concubinato con el rey (2:12). ¿Doce meses? ¿Cuánto tiempo puede pasar un ser humano poniéndose cosméticos y aceites hasta verse en su mejor forma? Sin embargo, así de grande era la obsesión persa por la belleza y todo lo exterior. Hasta el Talmud admite que podemos aprender de los persas cómo disfrutar la vida (Brajot 8b, 46b). Eran expertos en disfrutar el mundo físico, vivían para el placer y sabían cómo hacerlo. Por eso se ganaron el poco honroso sobrenombre de “osos” que les adjudica el Talmud (Kidushín 72a).

El imperio Persa era un lugar de casi absoluta frivolidad. Les importaba el mundo físico, casi hasta la exclusión de todo lo que fuera más profundo. Interesantemente, además de Hamán, no encontramos que Ajashverosh y sus consejeros sean particularmente malvados. El rey parece esforzarse para satisfacer las necesidades de todos sus subyugados (ver 1:5; 1:22). Pero eran extremadamente superficiales. Lo único que veían era lo material, lo sensual, el aquí y ahora.

Les preocupaba más lo que los gentiles pensaban sobre ellos que la opinión de Dios Mismo.

Esa fue principalmente la falla de los judíos de la época. Puede que hayan sido muy observantes hacia afuera, pero parecían estar preocupados sólo por lo externo y superficial, por lo que los goim pensaran de ellos. El Talmud ofrece dos explicaciones sobre la razón por la que los judíos merecían potencialmente la destrucción: porque se reverenciaron ante el ídolo de Nabucodonosor o porque disfrutaron las fiestas prohibidas de Ajashverosh (Meguilá 12a). Como explica el Talmud, ambos pecados fueron “para aparentar”. No creían en el ídolo y tampoco querían participar de las fiestas, pero tampoco querían ser distintos y arriesgarse a perder la aprobación del gobierno y de sus vecinos. El pecado no fue de rebeldía sino de etiqueta: les importó más lo que los gentiles pensaran de ellos que la opinión de Dios Mismo.

Para ameritar salvación los judíos tuvieron que arrepentirse, pero no de la maldad, sino de la superficialidad. Tuvieron que reconocer que la vida es más que la apariencia, que lo que realmente importa es cómo se ven ante los ojos de Dios. Cuando Hamán los amenazó, el pueblo se dio cuenta de que su salvación no yacía en la negociación con las autoridades ni en la defensa propia, sino en el ayuno y el arrepentimiento. Asimismo, Ester intercedió con el rey en el que superficialmente era el peor momento posible: en una aparición sin ser convocada, castigable con la pena capital. Pero en realidad, ese era el mejor momento posible, porque el arrepentimiento de la nación estaba en su máximo nivel.

La salvación de Purim revela este mismo mensaje: nos arrepentimos y Dios nos salvó. Pero algo era diferente. La salvación fue muy sutil. No hubo milagros abiertos. El mar no se partió, el sol no se quedó quieto, el aceite no ardió durante ocho días. Lo que ocurrió fue que Dios orquestó tranquilamente los eventos a nuestro favor. Ester fue elegida reina en contra de todos los pronósticos, ya que no hizo nada para aumentar su belleza ni sus posibilidades. Mordejai oyó casualmente a dos guardias complotando asesinar al rey y se lo contó a Ester. Ajashverosh no podía dormir justo en la noche en que Hamán fue a pedir la ejecución de Mordejai, y el rey fue puesto a dormir con el sonido de la historia del patriotismo de Mordejai. Finalmente, justo cuando Hamán comenzó a ser desaprobado, un guardia le informó a Ajashverosh sobre las horcas que Hamán había preparado para su leal Mordejai, que ahora estaban listas para ser usadas con Hamán en vez.

Todo podría ser visto como una serie de coincidencias afortunadas. Pero los judíos de la época, con su recientemente descubierta percepción, entendieron lo que ocurría realmente. Reconocieron que Dios los había estado cuidando todo el tiempo, ya sea que lo hayan visto o no. Lo importante no era lo externo. Hamán no era quien los amenazaba, sino sus propios pecados. Y si su arrepentimiento era total, las amenazas desaparecerían convirtiéndose en el mismo vapor que eran en un principio.

Entonces, de la historia de Purim emerge un hermoso mensaje: no seas superficial. No te dejes engañar por lo externo, por lo que nos dicen nuestros sentidos, por lo que dicta la lógica simple. Porque hay otra historia, otro nivel de realidad, mucho más allá. Dios es quien está detrás de todo. Su realidad y Su voluntad son lo único que realmente importa. Puede que no siempre lo comprendamos con nuestros sentidos, pero no tenemos que hacerlo. En momentos como la historia de Purim, el velo se levantó un poquito: pudimos ver la mano de Dios en todo el proceso. Pero no depende de eso. Dios está, todo el tiempo, durante nuestros tiempos fáciles y durante nuestros tiempos más difíciles, guiándonos individual y nacionalmente en cada paso del camino.

Y en este día podemos relajarnos, porque sabemos que Dios nos está cuidando.

Y aquí es donde aparece el vino. ¿Por qué adormecer nuestros sentidos? Porque hay un hermoso y profundo mensaje en ello: Dios nos está cuidando. Está ocurriendo en un nivel que generalmente no comprendemos y, de hecho, el aplicar nuestra miope lógica humana podría perfectamente llevarnos por un mal camino. No necesitamos mantener nuestros sentidos en máxima alerta. No necesitamos intelectualizar y racionalizar todo lo que nos ocurre. Por un breve período de tiempo podemos simplemente relajarnos. No necesitamos preocuparnos por las amenazas, por los problemas intratables que nos enfrentan en la vida. El "maldito Hamán" y el "bendito Mordejai" son lo mismo, son manifestaciones del mismo Dios amoroso. Y en este día vemos más allá de ellos. Porque Dios nos está cuidando. Podemos simplemente dirigirnos a Él, depositar en Él nuestras preocupaciones… y ser felices.

Por favor bebe responsablemente en Purim.