Purim es un día de alegría desenfrenada en el que celebramos la caída de nuestro enemigo acérrimo. Purim también es un día que está enfocado, extrañamente, en el hecho de recordar.

“Esos días de Purim”, dice el Libro de Ester, “deberán ser recordados y celebrados”. En el Shabat previo a Purim leemos las instrucciones de la Torá de nunca olvidar los cobardes ataques de Amalek, el archienemigo del pueblo judío: “Recuerda”, dice la Torá, “lo que te hizo Amalek…”. Ese Shabat es llamado Shabat zajor, el ‘Shabat del recuerdo’.

Incluso el vino, la bebida que aparece en todo evento importante de la historia de Purim, está asociado en el Tanaj con la memoria: “Su memoria fue como el vino” (Hoshea 14:8). Claramente la fiesta de Purim tiene una relación especial con el recuerdo. ¿Qué tiene que ver la nostalgia con esta alegre celebración?

Los recuerdos desencadenan una reacción emocional agridulce. Nos permiten remontarnos hacia atrás, hacia tiempos de alegría y triunfo, hacia rostros familiares y escenarios reconfortantes. Más allá de cómo nos hayamos sentido en aquel momento en particular, los viejos tiempos inspiran memorias de momentos felices en días soleados acompañados por sonrisas.

Sin embargo, nuestros recuerdos son agridulces porque los viejos tiempos ya no están aquí. Son parte del pasado que nunca volverá; nos llenan de nostalgia, deseamos que hubiesen durado más. Nos inspiran remordimientos; no nos generan muchos deseos de celebrar, ni hablar de tener un día de éxtasis nacional como Purim.

El propósito de la memoria no es ponernos nostálgicos por los triunfos pasados, sino fortalecer nuestro presente.

La Torá tiene una opinión diferente sobre el objetivo de la memoria; El propósito de la memoria no es ponernos nostálgicos por los triunfos pasados, sino fortalecer nuestro presente. Para entender cómo lograr esto, utilicemos la festividad de Purim como telón de fondo.

La historia básica de Purim es bastante simple. El malvado Hamán tenía un plan para destruir al pueblo judío. A través de una serie de coincidencias, Dios truncó sus planes y los judíos, en lugar de ser destruidos, destruyeron a sus enemigos. Los judíos no sólo estaban siendo amenazados por Hamán, tenían todos los motivos para pensar que Dios también los había abandonado.

Cuando Hamán asumió el poder, los judíos estaban sólo a 60 años del peor desastre de su historia. El Primer Templo de Jerusalem había sido destruido y la tierra de Israel había quedado desolada. Fue la primera vez desde los días de Egipto (casi mil años antes) en que experimentaron una tragedia nacional de esta magnitud; además, continuaban exiliados en Persia, preguntándose lo que les depararía la historia. De hecho, se preguntaban si Dios los seguía queriendo.

El sentimiento común, en las palabras de los Sabios, era: “¿Tienen un esposo y su mujer alguna relación después de divorciarse?”. Dios, como vimos, se había divorciado de ellos, los había expulsado del Templo en donde Lo visitaban y en el cual se conectaban con Él. Lo pasado era pasado. Toda la gloria había quedado atrás.

Podemos imaginar cómo el ascenso de Hamán debe haber confirmado esta teoría en sus mentes. He aquí una prueba del rechazo: Dios permitió que fueran condenados, convirtiéndose en presa de un enemigo que estaba obsesionado con su aniquilación. Deben haber estado listos para levantar la bandera blanca y rendirse. Sin embargo, justo en ese momento de absoluta oscuridad, Dios hizo que todo se diera vuelta.

Fue en ese momento que Dios les mostró que había estado con ellos en todo momento, orquestando los eventos para traer la salvación. Les mostró que los días del pasado no habían quedado atrás, que Su amor por Su pueblo no estaba restringido a los tiempos mejores y que tampoco era una preciada reliquia del pasado. Les mostró que habían olvidado cómo recordar.

Si una vez dejamos Egipto en contra de todas las probabilidades, eso significa que siempre seremos capaces de lograr la redención, más allá de lo desalentadoras que sean nuestras circunstancias. Si una vez estuvimos al pie del Monte Sinaí recibiendo la Torá, significa que siempre seremos un pueblo que tiene un destino y un propósito, un pueblo cuya contribución al mundo es demasiado importante para que Dios permita que Hamán nos elimine. Si Dios moró una vez con nosotros en el Templo, significa que desea hacerlo de nuevo, significa que siempre seremos capaces de tener una relación.

Puede que Dios se esté escondiendo, pero siempre está allí.

Se habían olvidado que los recuerdos judíos no quedan en el pasado, sino que definen nuestra identidad. Son el contexto de todo lo que hacemos en el presente y nos enseñan a construir un futuro mejor. Nuestros recuerdos están presentes para toda la eternidad, nuestros recuerdos son precisamente lo que celebramos en Purim.

Así como Dios estuvo presente en esos increíbles días de Purim, lo está ahora haciendo milagros ocultos.

Nuestro dolor y las imperfecciones de nuestro mundo reprimen nuestra alegría. La brecha entre esos recuerdos perfectos y la realidad del presente atenúa nuestra capacidad de valorar las bendiciones. Purim es ese día en que aprendimos a ir más allá; es cuando nos dimos cuenta que la grandeza del pasado jamás había quedado atrás, incluso en los momentos más oscuros. Dios nos ama hoy tanto como nos amó en nuestros más alegres recuerdos. En Purim no hay barreras para sentir el amor de Dios; tampoco hay barreras para nuestra alegría.

Hay ocasiones en que nos sentimos como lo hicieron los judíos bajo la nube gris de Hamán, en que sentimos que Dios oculta Su rostro. Puede que sintamos que la vida nos está llevando por callejones que jamás esperamos, que somos incapaces de entender el plan de Dios. Ese es el momento en que más debemos recurrir a los recuerdos. El mismo Dios que nos amó en los buenos momentos, que nos agració con bendiciones y felicidad, sigue estando allí, sigue esperando que alcancemos la grandeza. No vivimos en una burbuja en el tiempo; nuestro pasado llena de significado nuestro presente.

Este Purim, recordemos principalmente el amor con que Dios nos ama. Al igual que los judíos en la época de Ester, no podemos leer la mente de Dios; tampoco conocemos los planes que tiene para nosotros. Sin embargo, podemos recordar nuestros momentos de cercanía; sabemos que así como estuvo presente en esos increíbles días de Purim, está presente ahora realizando milagros ocultos. Sabemos que está con nosotros ahora, ayudándonos a enfrentar a los nuevos enemigos y a las nuevas amenazas al igual que lo hizo durante todos estos años.