En medio de la euforia de Purim, merodea la extraña —y quizás incongruente— mitzvá de erradicar la memoria de Amalek. Históricamente, los judíos no se han caracterizado por ser muy efusivos incluso en las circunstancias más propicias. Sin embargo, el feliz y chistoso judío que se disfraza en Purim y que se desata y hace ruido con su matraca cuando se menciona el nombre de Hamán, es lo más militante que el espíritu de Purim puede producir.

Los detalles de lo que hizo Amalek son escasos y, a primera vista, no parecieran justificar tan dramática reacción. La Torá nos dice que Amalek embistió a la incipiente nación judía por detrás, atacando al débil y al cansado, y que “no le temió a Dios”. ¿Por eso debemos erradicar todo vestigio de su memoria?

La reacción violenta hacia Amalek es muy desproporcionada porque, después de 210 años de esclavitud en Egipto, se nos dice que “no debemos maldecir a Egipto” porque, después de todo, ¡nos hospedaron en su país durante cientos de años! Entonces, ¿por qué Amalek, quien atacó al pueblo judío sólo una vez, se convirtió en nuestro eterno archienemigo? ¿Qué tiene Amalek que merece un trato tan inclemente? Obviamente, es más profundo de lo que se puede apreciar a simple vista.

Amalek atacó inmediatamente después de que una nación esclava —oprimida, golpeada y sin fuerzas— recibiera una pequeña “visión a futuro” de lo que llegarían a ser. En la profundidad de las arenas movedizas del trabajo constante e implacable, desde donde el pueblo judío sólo podía ver el eterno y doloroso caminar hacia el sinsentido y la nada, hubo un resplandor de luz. Dios, Quien descendió y sacó al pueblo judío de la ciénaga de Egipto, habló con cariño y amor. Y ese amor y cariño vino con un mensaje implícito: hay una meta y un objetivo.

Imbuida con un espíritu renovado, estimulada por el mensaje de que “podemos transformar este mundo oscuro y aterrador”, la nación comenzó su travesía tentativa hacia Sinaí y hacia su misión.

Las naciones del mundo callaron por el asombro. La destrucción de la superpotencia mundial, a manos del único Súper Poder, sacudió las bases de su creencia en un mundo sin sentido. Ellas, también, fueron conmovidas por el drama de la redención del pueblo judío de Egipto, consternadas por los milagros y el amor demostrado por su Creador.

Pero, a pesar de todo eso, una nación subió al escenario. El pueblo judío estaba muy lejos del terreno de Amalek. Amalek viajó una larga distancia para atacarlos. Esta era una guerra personal, una batalla a muerte. La brutalidad con la que pelearon superó ampliamente su pánico y desesperación. “Si hay una nación que revela lo sobrenatural, si hay un pueblo que se aferra a un ideal superior de sentido y moral, de responsabilidad y propósito, eso significa que jamás podré relajarme por completo en mi sofá”, pensó Amalek.

Años después, Hamán, el descendiente de Amalek (y quizás el ancestro de Hitler) expresó esos mismos sentimientos. “Estos individuos tienen que desaparecer”.

Entonces, Amalek atacó al pueblo judío, disipando el asombro y el temor reverente, devolviendo al mundo a su orden anterior. Ahora todos podrían volver a no preocuparse por las pequeñeces. Y, para Amalek, todas las cosas son pequeñeces.

Amalek ataca la idea del sentido.

Amalek fue el burlón al fondo del cuarto. Así como el alma se agita y comienza a sopesar la posibilidad de que todos esos anhelos incipientes tengan sustancia, alguien hace una broma cínica. Y, sigilosamente, la ventana se cierra. “Relájate. Después de todo, no hay nada allí”.

Pero es demasiado fácil hablar de Amalek como un demonio externo. Amalek, con toda su feroz realidad, lo único que hace es sostener un espejo para que nos veamos a nosotros mismos. En nuestro interior está ese mismo pequeño Amalek, diciendo lo mismo: “¿Crees que este mundo puede ser mejor? ¿Crees que puedes hacer una diferencia? ¿Crees que fuiste elegido para una misión? ¡No seas tan inocente y vergonzosamente simple!”.

Amalek ataca cuando estamos ‘cansados y debilitados’, cuando nuestra autoestima y conexión con Dios es inestable. Despoja a nuestras vidas de la alegría del sentido y huye, riendo.

La esencia de Amalek, por donde se lo mire, se rebela contra la idea de ‘esforzarse por algo’. Amalek ataca la idea misma del sentido.

Si bien el mal debe ser erradicado desde su raíz, nuestra celebración de Purim se ha enfocado históricamente en la destrucción del tirano que mora en nuestro corazón, y se odia a sí mismo, a ese ídolo del cinismo que amenaza con engullirnos, que ondea su hacha con maldad, implorando que vivamos una vida de mediocridad y superficialidad.

Purim es un día de amor y alegría, no de violencia ni ira, en el que la salvación por la Mano Oculta de Dios nos hace descansar sobre la delicada e increíblemente frágil burbuja de esperanza y sentido.