Es la noche más grande del año en Hollywood.

La entrega de los Premios de la Academia. Millones de personas alrededor del mundo están pegadas a sus televisores para saber quiénes serán elegidos como ganadores de los codiciados premios Oscar. Originalmente, los Oscar solamente eran entregados al mejor actor y actriz. Fue sólo una década más tarde que la industria del cine decidió agregar otro premio: Mejor actor secundario.

Esto resuena con un mensaje que tiene implicancias poderosas para todos nosotros.

La madurez, ha sido bien dicho, es el momento en que aprendemos a reconciliar nuestros sueños grandiosos con nuestras limitaciones realistas. Cuando estaba creciendo, tuve que dejar ir algunas de las imágenes que habían sido creadas por mi imaginación. A pesar de mi obsesión infantil por las estrellas de béisbol y los ganadores de la medalla olímpica, tuve que eventualmente reconocer que nunca sería un Babe Ruth o un Jesse Owens. E incluso a medida que mis héroes cambiaron del mundo físico de los deportes al ámbito espiritual de figuras rabínicas como Rav Soleveitchik y el Rebe de Lubavitch, tuve que enfrentar la sobrecogedora verdad de que yo simplemente no estaba a la par con su nivel.

Quizás puedo recibir un “Oscar Divino” utilizando mis talentos en un papel secundario que a su propia manera es igual de importante.

Sí, podía aspirar a ser como ellos. Pero con el paso de los años me di cuenta que no había forma de que yo llegara alguna vez a aquel pináculo de perfección. Hay quienes simplemente son mejores que yo. Sin embargo, junto con esta humilde percepción, se me ocurrió que al intentar cumplir la misión para la que Dios me envió a la tierra no tengo que representar necesariamente el papel principal. Quizás puedo ganar un “Oscar Divino” utilizando mis talentos en un papel secundario que a su propia manera es igual de importante.

El papel secundario de Mordejai

La historia judía está llena de historias que enfatizan no solamente a los héroes que fueron los protagonistas sino también a los actores secundarios cuyos esfuerzos ayudaron a hacer posible que se cumplieran los planes de Dios. El libro bíblico que relata el milagro de la historia de Purim lleva el nombre de la reina Ester. Ella es la que le pidió al rey que perdonara a su pueblo. Ella es la que se atrevió a acudir sin invitación ante el monarca persa cuando su acción podría muy posiblemente haber resultado en su muerte. Ella es la directa responsable del ahorcamiento de Hamán y del derecho que fue concedido a los judíos de defenderse ante la inminente amenaza de genocidio.

Pero nada de eso habría ocurrido si no fuese por el consejo tras bambalinas, el coraje y la sabiduría de su tío Mordejai.

Ester recibió su nombre en la marquesina de la Meguilá. En la superficie, Mordejai parece no tener nada más que un papel secundario. Pero sin él, está claro que no hubiese habido Purim.

En la tradición judía, no hay nadie tan grandioso como Moshé. De hecho, es uno de los 13 principios de nuestra fe, así como fueron codificados por Maimónides, que "no se ha levantado nadie como Moshé". Moshé tuvo el papel principal como libertador de los judíos de la esclavitud de Egipto, como legislador en Sinaí, y como cabeza de su pueblo durante los 40 años que deambularon por el desierto hasta que llegaron a la Tierra Prometida.

Pero incluso él no fue suficiente como líder. Los judíos necesitaron a Aarón también. Aarón amaba y perseguía la paz. Aarón era la "persona sociable" que se necesitaba con desesperación para servir como Cohen Gadol. Y cuando Aarón falleció, el pueblo estuvo de duelo durante 30 días. Así como su hermano, Aarón también mereció un “Oscar Divino” por su actuación en un papel secundario.

Hay innumerables ejemplos de actores secundarios en la Torá. La contribución de cada uno fue significativa. Pero hay uno que debe ser mencionado antes que todos. Y es alguien que continúa haciendo su papel hasta el día de hoy.

Tu papel protagónico

En un osado comentario sobre la historia de la creación, el Talmud Ierushalmi nos dice que "Dios creó al hombre para que se convirtiera en su socio en el acto de la creación". Dios dejó el mundo inconcluso para que la humanidad pudiese jugar un papel en su perfección.

Cada uno de nosotros tiene un papel secundario crucial en el guión celestial.

La historia de la vida misma tiene a Dios como estrella principal, pero hay un papel para cada uno de nosotros como actores secundarios. Todos tenemos la tarea divina de acercar el mundo a la perfección. Ninguno de nosotros hubiera sido seleccionado para la existencia humana en el guión celestial si no tuviésemos un propósito específico.

Nuestra misión en la tierra es descubrir nuestro papel, sin importar cuán pequeño sea el papel que debemos representar. Como padre, como amigo, como profesional o como trabajador dedicado, como alguien que puede traer una medida de alegría a otros o como alguien que puede servir como fuente de bendición para su comunidad, cada uno de nosotros necesita descubrir la razón por la cual Dios sintió que era necesario crearnos.

Y cuando representamos nuestro papel secundario de la mejor manera posible, debemos sentir satisfacción por saber que esto también será merecedor de un “Oscar Divino”.