Soy una persona amable, generosa y altruista. A menos que esté cansada.

El problema es que, a menudo estoy cansada.

Por ejemplo, el último Shabat mi hija había estado descompuesta durante la noche y yo no había podido dormir bien. Ella se recuperó rápido y a las siete de la mañana ya estaba dispuesta a jugar; yo apenas podía mantener los ojos abiertos.

Nos sentamos en el sillón y con mis últimas fuerzas comencé a leerle el cuento de la oruga glotona: cuando llegamos a la parte en la que la oruga tiene dolor de barriga por culpa de haber comido muchos dulces, mi hija inocentemente dijo que lo mismo le había pasado a ella.

Ya lo confesé en el primer párrafo: el agotamiento me confunde y saca lo peor de mí, así que desde ese lugar negativo le contesté que se merecía haber tenido dolor de barriga y que como castigo no iba a comer nunca más ninguna golosina.

Ya ven, así soy cuando estoy cansada.

Mi única esperanza para recuperar el equilibrio y el sentido del bien era descansar. Me mantuve en pie durante las horas siguientes gracias a la imagen de la siesta que dormiría apenas mi marido regresase de la sinagoga y se hiciese cargo de mi hija.

Finalmente, cuando volvió para la comida del mediodía comencé a vislumbrar luz al final del túnel.

Fue entonces que mi marido me recordó que ese Shabat era el denominado "Zajor" (recuerda) y que es mitzvá ir a escuchar esa porción que se lee especialmente el Shabat anterior a Purim en donde se nos insiste recordar lo que el pueblo de Amalek le hizo al pueblo de Israel en el desierto.

Si no hubiese estado tan cansada hasta me hubiese resultado graciosa la paradoja de haber olvidado la mitzvá de recordar, pero por culpa de mi mal humor solo atiné a quejarme:

—No es justo, no voy, quiero dormir, necesito dormir, tengo derecho a una siesta.

—Pero son cinco minutos, y la sinagoga está a unos metros de casa —intentó persuadirme mi marido.

—No doy más. Aparte ¿a mí qué me hizo Amalek? Eso pasó hace un montón de años, Amalek no existe más —di media vuelta dando por terminada la conversación.

—Amalek es el enemigo que llevamos dentro —dijo mi marido a mis espaldas mientras le daba un caramelo a mi hija.

El Amalek que vive dentro de mí

Después de escuchar eso, lo primero que intenté fue evadirme: "¿Qué significa que Amalek vive dentro de mí? ¿Le alquilé un pulmón?", pero después recordé las enseñanzas de nuestros Sabios que nos dicen que la clave para entender este concepto está dada en el momento en el que el pueblo de Amalek atacó al pueblo judío.

Israel había sido testigo de los milagros con los cuales fueron salvados en Egipto; habían visto abrirse el mar frente a sus ojos; comían el maná que Dios les enviaba cada día y estaban protegidos por las nubes de gloria, sin embargo, en el libro de Éxodo (Itro 17:7) el pueblo de Israel se pregunta: "¿Acaso está Dios entre nosotros?".

Amalek presentó batalla contra Israel en el versículo siguiente.

Es interesante notar que en el mismo instante en que la duda entró en sus corazones, se hicieron susceptibles de ser atacados, y no por un enemigo cualquiera, sino por un enemigo que está dispuesto a destruirse a sí mismo con tal de destruirlos a ellos.

Amalek quería manifestar que no existe la trascendencia.

Hasta ese momento nadie se atrevía a luchar contra el pueblo judío. Se sabía que quien lo intentase iba a perder. A Amalek no le importó, solo quería demostrar que el pueblo judío era como cualquier otro pueblo y que no tenía ninguna misión en el mundo, así que estuvo dispuesto a sacrificarse a sí mismo para demostrarlo. Amalek quería manifestar que no existe la trascendencia.

¿Nos conocemos de algún lado?

Entonces tuve que reconocer que mi marido tenía razón y Amalek no estaba tan lejos de mí.

Quizá yo lo había olvidado, o me había dejado confundir por sus otros nombres, pero en ese instante lo reconocí y supe que de alguna manera se había hecho un lugar en mi corazón.

No sé cómo será el Amalek del resto de las personas, el mío no me deja trascender, porque se queja todo el día y exagera los pequeños inconvenientes haciéndolos parecer desgracias.

También es ingrato y tiene una memoria selectiva que sólo le permite recordar (y señalar) las cosas que no le gustan o que no salieron según lo planeado. Su principal ocupación es interponerse frente a lo que me podría elevar y en su lugar dejarme estancada en lo pequeño e intrascendente.

Él también está dispuesto a su propia destrucción con tal de alejarme —sin causa— de todo lo bueno y se ocupa de no dejarme reconocer el bien que hay en mi vida.

Cuando trato de no escucharlo, él me habla más fuerte. No se cansa de decirme que todo da lo mismo y que nada tiene importancia. Que es lo mismo dormir la siesta que cumplir una mitzvá.

El Shabat pasado, a pesar de mi cansancio amalekiano, tomé mi sidur y fui a tratar de salvarme a mí misma de la indiferencia: Fui a cumplir la mitzvá de escuchar la parashá Zajor, porque si algo tenía que recordar es quién es el enemigo y quién es la verdadera heroína de la historia, que aún de mal humor, tiene el poder de elegir una mitzvá por sobre una siesta.