No soy sólo yo.

Conozco muchas personas que comparten el mismo sentimiento a medida que se acercan las Altas Fiestas. Después de todo, el día del juicio está cada vez más cerca. El juicio divino determinará prontamente todo lo que nos espera. La tradición judía nos anuncia fuerte y claro que nuestro futuro pende de un hilo a través del sonido del Shofar cada mañana después del servicio matutino de Shajarit.

Este es un tiempo de introspección. Quiero ser honesto conmigo mismo y reflexionar sobre mis fracasos. Quiero verme a mí mismo realmente como soy. Desde que era un niño pequeño y tenía un gran rabino que me inspiraba más que cualquier otro, me tomaba muy a pecho su admonición de que en el mes judío de Elul, justo antes de Rosh HaShaná, nuestra obligación primaria es mirarnos al espejo y reflexionar sobre la diferencia que hay entre quienes somos y en quien nos podemos convertir.

Mientras pensaba en este concepto de “mirarnos en el espejo”, me sorprendí al leer en el New York Times sobre una nueva tendencia que está ganando popularidad, más conocida como los "ayunos de espejos".

Como respuesta ante el creciente narcisismo de la sociedad contemporánea que valora la vanidad y la egolatría por sobre todas las cosas, las personas que se comprometen al “ayuno de espejos” toman un voto de abstinencia y no miran su reflejo por un periodo específico de tiempo, ya sea un día, una semana o en algunos casos, incluso más.

Un devoto, que se ha abstenido de mirar su reflejo en el espejo por más de un año, se motiva a sí mismo con el slogan: "Espejito, espejito... ¡sal de la pared!". Otros eligen el mantra: "Deja de pensar sólo en tu reflejo".

Los "ayunos de espejos" son una manera de recordarnos a nosotros mismos que el verdadero "yo" está muy lejos de lo que vemos en el espejo.

Y, ¿qué es lo que ellos logran? La mayoría de aquellos que lo intentaron comparten el sentimiento expresado por Kjerstin Gruys, una estudiante de San Francisco de 29 años graduada de sociología: "Todas las otras cosas interesantes de mi vida —mis metas, pasiones, amigos, familia, pasatiempos favoritos, etcétera— han atraído la atención que solía darle a mi apariencia".

Otra participante que experimentó periodos de dos meses de “ayuno de espejos” en los últimos dos años, resumió lo obtenido con estas palabras: "Me dio mucha serenidad. Me sorprendí de ver cuán rápido dejé de preocuparme por cómo me veía, y si no pensaba en ello, asumía que nadie más lo hacía, lo cual es por cierto verdad".

Como antídoto para la egolatría ilimitada, parecen existir razones válidas para justificar un descanso del ensimismamiento, hacer una pausa temporal y dejar de lado nuestra exagerada preocupación por la apariencia física. Es una manera de recordarnos a nosotros mismos que el verdadero "yo" está muy lejos de lo que vemos en el espejo. Cuando la Torá nos dice que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, se refiere a algo mucho más importante que nuestro semblante o nuestra apariencia física; es nuestra alma que nos define, el hecho de participar de lo Divino, es algo muchísimo más maravilloso que cualquier reflejo que un espejo pueda capturar.

Por un momento me pregunté por qué el judaísmo, con sus espectaculares explicaciones sobre la naturaleza humana y sus incontables leyes especialmente diseñadas para perfeccionarnos, no tiene nada parecido a este paradigma de los "ayunos de espejo". Pero rápidamente entendí que sí tenemos un paralelo a esta práctica. No es algo que uno debe observar la mayoría del tiempo; eso sería simplemente demasiado restrictivo. Pero aquellos que han perdido algún ser querido saben cuándo entra en juego.

Durante la shivá, el periodo de siete días de duelo, los espejos en la casa del fallecido deben ser cubiertos. Los deudos no deben ver su propio reflejo. Al tomar conciencia de la mortalidad, nuestros pensamientos no deben estar dirigidos hacia nuestra apariencia física, debemos enfatizar que la persona que ya no esta más con nosotros físicamente, todavía existe de la manera más significativa de todas, a través de su alma.

Las apariencias son engañosas. Y en el sentido más profundo de todos, no son verídicas. Nos hablan solamente acerca de la realidad externa. Ignoran la esencia interna. Y cuando nos vemos obligados a enfrentar la muerte de un ser querido, tenemos que rechazar vehementemente la idea de que la persona ha desaparecido simplemente porque nosotros ya no tenemos una imagen de su presencia corporal.

Los muertos viven en el mundo de las almas, y eso es algo que ningún espejo puede capturar.

Ante la presencia de la muerte, los deudos están obligados por la ley judía a observar un "ayuno de espejos" para reordenar sus prioridades. Cuando nos recuerdan duramente que nuestros días en la tierra son limitados, nuestros valores deben ser redireccionados desde el transitorio y efímero mundo de lo físico hacia el mucho más significativo y duradero mundo de lo espiritual.

En la tradición jasídica hay una hermosa historia que ilustra el peligro moral implícito en los espejos.

Un hombre joven muy rico fue a ver a un Rebe para pedirle consejo sobre qué hacer con su vida. El Rebe le pidió que se acercara a la ventana y le preguntó:

—¿Qué ves a través del vidrio?

—Veo hombres yendo y viniendo, y veo a un hombre ciego rogando por limosna en la calle.

Luego el Rebe le mostró un espejo más grande y le dijo:

—Mira en este espejo y dime qué ves.

—Me veo a mí mismo.

—Y no sólo eso, sino que no puedes ver a los demás. Nota que la ventana y el espejo, ambos están hechos del mismo material, vidrio. Tú deberías compararte a ti mismo a estos dos tipos de vidrio. Pobre, es decir, sin una cobertura de plata, puedes ver a otras personas y sentir compasión por ellas. Rico, cubierto de plata, sólo te ves a ti mismo. Tú valdrás algo solamente cuando tengas el coraje de arrancar la cobertura de plata que cubre tus ojos y seas capaz de ver de nuevo y amar a tu prójimo.

El Rebe estaba enseñándole una poderosa lección sobre el peligro del bienestar económico que crea un ensimismamiento, y de cómo esto conduce a un narcisismo que puede cegarnos ante las necesidades de otros.

A pesar de que no pretendo unirme al grupo de "ayunos de espejo" (todavía necesito verificar si tengo una espinaca atascada en mi diente antes de salir), trataré de verme a mí mismo desde una perspectiva más espiritual. Yo sé que lo que realmente tengo que revisar es el nivel de mi alma; la manera en la que merezco ser juzgado por Dios de acuerdo a cómo Él ve mis acciones, más que la manera en la que yo me presento a mí mismo ante otros quienes sólo me evalúan por mi apariencia física.

Y para eso no necesito un espejo. Solamente tengo que realizar un gran chequeo espiritual.