Ahí estaba yo en Rosh HaShaná, parada frente a Dios rezando por buena salud y por habilidad para cambiar. Pero yo era una participante pasiva, convencida de que no había nada que yo pudiera hacer en contra de mi continua subida de peso, y con mi salud física declinando gradualmente durante el curso del año anterior.

Me sentía miserable, y para cuando llegó Sucot, había desarrollado una pre-úlcera y no podía tener muchas cosas en mi estómago. Finalmente comencé a escuchar el fuerte y claro mensaje de Dios: Tuve que tomar el control de mi alimentación y de mi salud.

Llegué a entender que si realmente quería eso por lo que estaba rezando, tenía que empezar a actuar. El cambio real depende de nosotros, no ocurre de manera pasiva.

Nuestras vidas diarias están llenas de deseos pasajeros. Pero ¿cuántos de ellos queremos tan fuertemente que estamos preparados para hacer lo que sea para satisfacerlos?

¿Qué tan seriamente quieres lograr tu objetivo?

Es bueno que Dios no nos dé todo lo que Le pedimos. Si lo hiciera, nuestras vidas podrían ser un absoluto desastre. Cuando mi nieta de dos años me pide el décimo dulce en 15 minutos, ¿realmente estoy mostrándole mi amor al dárselo? Los milagros sólo les ocurren a las personas que demuestran que realmente los quieren, y que están dispuestas a hacer el esfuerzo que haga falta para conseguirlos.

En Génesis, cuando Dios dice “Hagamos un hombre”, está mostrando que la creación es un esfuerzo en conjunto. No podemos esperar que Dios nos sirva “el cambio” en una bandeja de plata. Él quiere que participemos activamente en el proceso de nuestra propia creación. Quiere que seamos activos, no observadores pasivos de nuestras propias vidas.

Tenemos que proponer nuestro cambio, y trabajar para ello. Cuando estamos frente a Dios, en las Altas Fiestas, suplicando por vida, tenemos que saber qué es lo que estamos planeando hacer para cumplir este objetivo. Tenemos que saber a qué estamos dispuestos a renunciar para cumplir con esta meta. Nuestros pensamientos tienen que traducirse en acción, no en promesas vacías.

Humildad frente a Dios

En el programa de 12 pasos de Comilones Anónimos, el primer paso es: Admitimos que fuimos débiles frente a la comida, que nuestras vidas han llegado a ser inmanejables.

El segundo paso es: Llegar a creer que un poder más grande que nosotros puede restituirnos la cordura.

Irónicamente, uno de los pasos clave para cambiar es reconocer nuestras limitaciones y nuestra incapacidad de cambiar sin ayuda. La cultura de hoy quiere sostener que somos completamente autónomos, que tenemos el poder. Pero la realidad es diferente. Necesitamos inculcar el atributo de humildad ante un poder más elevado.

Reconocer que Dios es el poder supremo, cumpliendo simultáneamente con nuestra responsabilidad y haciendo todo lo que podamos para cambiar, crea el espacio para recibir la ayuda de Él.

Y esa humildad nos permite acercarnos a otros para recibir ayuda. Estamos tan envueltos en lo que estamos haciendo que nos resulta difícil ver nuestra propia realidad. Es mucho más fácil ver los errores de nuestros amigos que percibir los propios. Si un amigo casual nos puede ayudar, cuánto más un experto en la disciplina.

Cuando estamos dispuestos a rendirnos ante una sabiduría mayor a la nuestra, podemos crecer más allá de nuestros sueños más remotos.

Con la ayuda de Dios, mis problemas físicos han sido revertidos debido a la pérdida de más de 30 kilos. Créeme, si yo pude hacerlo, ¡tú también puedes! Ahora cuando pido por buena salud, sé que estoy trabajando junto a Dios para hacer que esto ocurra. Ya no estoy esperando que ocurra un milagro de la nada. Sé que lo digo en serio, y lo quiero sinceramente.