Había una vez un rey. El rey tenía un sirviente, a quien le confió una valiosa vasija. De algún modo, la vasija se rompió. El sirviente temía tanto al rey que no supo qué hacer, hacia dónde ir. Encontró a un hombre sabio y le pidió su consejo. El sabio le aconsejó que no llevara la vasija destrozada frente al rey, que no sería beneficioso. El sirviente decidió que sería mejor aconsejarse con uno de los amigos cercanos del rey. Pensó que esa persona debía tener un profundo conocimiento de cómo reaccionaría y cómo procedería el rey.

Cuando estuvo frente al compañero de confianza del rey, le pidió su consejo y recibió la siguiente respuesta: “Conozco la grandeza y gloria del rey. Una vasija así no debe ser colocada frente a él. Debes destruir la vasija completamente”.

El sirviente todavía no sabía qué hacer, y finalmente decidió ir a lo de un experto artesano, con la esperanza de que tal vez pudiera reparar la vasija rota. Fue donde el artesano, quien le dijo que incluso si lograba repararla, seguiría viéndose dañada. Y dado que seguiría viéndose dañada, no sería apropiado llevársela al rey.

El sirviente se dijo a sí mismo, no puedo actuar como si no hubiera pasado nada, no puedo negar mi responsabilidad. Iré ante al rey. Y que haga conmigo lo que le parezca apropiado.

Cuando el sirviente se presentó ante el rey, el rey le dijo: “Utilizaré esta vasija rota. Las personas que consultaste respondieron de cierta manera por respeto a mi gloria. Sin embargo, yo elijo utilizar la vasija como está”.

El miedo a enfrentarse a las fallas propias

Dios revela su presencia ante aquellos que son capaces de ver. El impresionante esplendor de la naturaleza, la intimidad de la Providencia Divina, son visibles para cualquiera que no tiene su visión bloqueada.

Los sentimientos de incompetencia espiritual pueden ser abrumadores.

Cuando buscamos ir más allá de las anteojeras del ego, el materialismo y el escapismo, a veces seguimos estando bloqueados. A veces lo que nos causa ceguera no es lo que no vemos; sino lo que vemos. Cuando escuchamos a nuestro “yo interior”, cuando escuchamos las voces de sabiduría interior del anhelo espiritual, a veces nos abrumamos. Sentimos que “la vasija no puede ser colocada delante del Rey”. Esos sentimientos de incompetencia espiritual pueden ser tan abrumadores que no sabemos lo que hacer. Vemos nuestros pedazos, y en un agudo contraste percibimos el poder y la bondad de Dios. En momentos de revelación, tendemos a aislarnos. ¿Cómo es posible que podamos convivir con lo que nos hemos convertido? Mientras más honestos somos, el arrepentimiento (teshuvá), se siente cada vez más y más lejano.

Sin embargo el arrepentimiento (la teshuvá), es una declaración de la naturaleza de Dios, de su compasión infinita.

El peor insulto que una persona puede hacerle a otra es disminuir las expectativas que tiene de ella. La actitud de “no esperaba nada mejor de ti” no es una actitud compasiva. En cambio, es la forma más profunda de desprecio. Dios no nos abandona. Su juicio minucioso, que debemos enfrentar en Rosh HaShaná, es real. No debemos permitirnos a nosotros mismos ser derrotados por el temor que esta noción inspira.

Dios nos juzga, pero no porque desea castigarnos y darnos nuestro merecido, sino porque cree en nuestra facultad de trascender nuestros impedimentos. Incluso los castigos más severos que le ha dado a la humanidad, como la expulsión de Adán del Jardín del Edén, fueron dados para permitir la reconstrucción personal de lo que fue destrozado en Adán y en el mundo.

No debemos tener miedo de acercarnos a Dios con honestidad.

La teshuvá es la clave para reconstruirnos. Debemos confiar en la compasión de Dios y no tener miedo de acercarnos a Él con honestidad. El mes de Elul es la época del año en que la naturaleza espiritual de la estación nos mueve hacia Él, y al mismo tiempo, Él se mueve hacia nosotros.

Viéndonos como realmente somos

El primer paso es analizar hacia dónde nos han llevado nuestras vidas. El propósito de esto no es generar auto-aborrecimiento o desesperación, sino que buscar corrección y formas de ir más allá de nuestra situación presente. Debemos estar dispuestos no sólo a ver las acciones específicas que pueden ser no tan perfectas, sino los rasgos de personalidad que motivaron los errores, en un juicio moral. Cuando nos complacemos con un auto-examen superficial, nuestros esfuerzos están condenados.

Soy una jardinera bastante frustrada. Las plantas frondosas que traigo del invernadero a casa viven vidas muy cortas. Parte de la razón es que mi niñez en la ciudad me condujo a la adultez sin la habilidad de ver dos brotes verdes y saber cuál es bueno y cuál es malo. Cuando los brotes crecen como para diferenciarse lo suficiente (incluso para mí), tiendo a cortar el brote malo en lugar de arrancarlo de raíz. El rebrote indeseado y agresivo es una eterna y desagradable sorpresa.

Similarmente, cuando buscamos el yo “verdadero”, debemos hacernos la pregunta básica: ¿Por qué? ¿Por qué hago esto? ¿Por qué quiero esto? ¿Qué rasgo básico está en alguna forma distorsionado? Hasta que esas preguntas sean respondidas honestamente, la raíz del brote malo queda intacta. Todavía hay poca conciencia sobre qué midá (rasgo de personalidad), necesita ser corregida. Por lo tanto, es muy probable que la “maleza” vuelva a florecer. Es muy probable que la misma acción (o su primo más cercano) sea una parte prominente de nuestra búsqueda espiritual el año siguiente.

Qué hacer con los defectos

Los rasgos de personalidad no desaparecen. Una de las cosas más irracionales que uno puede hacer es negar la esencia personal. Buscar canales nuevos y apropiados para los rasgos menos deseables es un desafío. Negar su existencia, o intentar eliminarlos, es escapar del desafío que es parte de uno mismo, ya que a menudo, el hecho de canalizarlos de manera positiva es lo que arranca de raíz los aspectos negativos del rasgo.

Para entender la mecánica del cambio, analicemos por un momento uno de los ejemplos más notables de cambio personal que jamás he visto.

Los padres de Irene nunca quisieron tener hijos. Quizás ellos querían un trofeo para mostrarle a sus amigos, algo bastante similar a lo que hacían con su colección de arte, y colgarlo en las paredes de su exquisito hogar. Irene nunca se sintió querida. No era un tema de falsas expectativas; era una aceptación realista de su condición. Cuando el matrimonio de sus padres se disolvió, la batalla de la custodia giró alrededor de quien debía quedar “atascado” con la niña. A partir de los ocho años fue criada por varias mujeres contratadas.

Para cuando Irene llegó a la adultez, su inseguridad era un componente muy fuerte de su personalidad. Todos sabemos la forma que toma la inseguridad. Ninguna amiga era lo suficientemente leal, y por consiguiente las probaba constantemente hasta que casi siempre fallaban en cumplir con sus expectativas. Ninguna situación era lo suficientemente estable, y ella se cambiaba de un estilo de vida a otro.

Yo también fui un miembro de la “sociedad de las amigas fallidas”. La quería y la admiraba enormemente, ella es una mujer brillante, de un refinamiento excepcional. Sin embargo, no fui capaz de darle el tipo de apoyo incondicional que ella necesitaba y que por consiguiente demandaba.

Nos alejamos. Ocasionalmente escuchaba de ella. Ella es una artista, y sus trabajos son expuestos periódicamente en varias galerías. Un Elul, le escribí una carta en la que le pedía perdón por haber permitido que nuestra amistad se desintegrara.

Dios quiso que me topara con ella en el autobús el mismo día en que puse la carta en mi cartera. Cuando le di la carta no sabía cuál sería su reacción. ¿Creería en mi sinceridad o vería esto como un tipo de almohadón sobre el que yo podría recostarme para aliviar cualquier culpa que pudiera sentir antes de la llegada de las Altas Fiestas? Me sonrió cálidamente, me dio su dirección y número de teléfono, y me invitó a su casa.

Durante mi visita a su casa, una casa un poco aislada en un remoto asentamiento israelí, me encontré a mi misma sintiendo como si, aunque el cuerpo de la persona al que le estaba hablando era el de Irene, la persona adentro del cuerpo era alguien completamente diferente. La calidez, seguridad y el interés genuino que mostró en mí y en mi vida no eran para nada característicos de ella.

Para arrancar su inseguridad de raíz, escribió una lista de todo lo bueno que había vivido.

Mientras el sol comenzaba a ponerse sobre el desierto, me sentí lo suficientemente cómoda como para preguntarle cómo había consumado semejante éxito. Ella sabía exactamente a lo que yo me refería. Ella había decidido arrancar de raíz el lado negativo de su inseguridad. Para hacerlo, escribió una lista resumida de todas las cosas buenas que había vivido cada día. Abrió su armario y me mostró una colección de decenas de cuadernos. Estaban todos llenos, y cada uno de ellos era una declaración del anhelo de su propietaria de liberarse a sí misma de las limitaciones que la envolvían. Esto cambió su visión de Dios y de Su mundo.

Simultáneamente, decidió utilizar su perspicacia para concentrarse en los miedos e inseguridades de otros y hacerse amiga de muchas personas que nunca se habrían acercado a alguien con menor sensibilidad a sus miedos. Sentí que estaba en presencia de una de las autenticas heroínas de nuestra generación.

Las mitzvot: su papel en la cura

El Maharal habla sobre la diferencia entre los mandamientos positivos, en los que la Torá nos dice cómo dirigir nuestras energías, y los mandamientos negativos, varias acciones de las que la Torá nos dice que nos alejemos para no disminuirnos. Ambas cosas son necesarias para mantener la integridad de nuestro carácter. Por consiguiente, cuando uno advierte que un cierto rasgo es la raíz de un comportamiento autodestructivo, el primer paso es restablecer un compromiso con los mandamientos que son los más difíciles en relación a ese comportamiento. Cuando son realizados con la conciencia de que lo que está en juego no es un mitzvá específica, sino también una redefinición de cómo pueden ser utilizados los rasgos de personalidad, hay un mundo de diferencia.

Debemos utilizar cada día que queda de nuestras vidas para vernos como somos. Debemos ver nuestras historias, nuestras elecciones, nuestro potencial, nuestros hábitos y nuestras tendencias heredadas. No debemos temer ver los desperfectos, en cambio, debemos llevarle nuestras vasijas rotas al Rey, y permitirnos ser curados.

De “This Way Up: Torah Essays on Spiritual Growth” por la rebetzin Tzipora Heller, Feldheim publicaciones.