La gente a menudo se pregunta porque Dios ya no habla directamente con nosotros.

El año ya está llegando a su fin y Rosh Hashaná, una vez más, está casi sobre nosotros. Yo creo que Dios sí encuentra una forma de comunicarse con Sus hijos. Estoy seguro de que tiene unos cuantos mensajes para nosotros. Lo único que tenemos que hacer es sintonizarnos.

Así que lo hice... sintonizarme, esto es, como hicieron millones de otras personas en el mundo, quienes también se sintonizaron a las Olimpiadas de Verano. No me llamaría a mí mismo un ferviente fanático del Bádminton o del Kayak. A decir verdad, no puedo ubicar Eslovenia en un mapa y nunca he dado una charla sobre las habilidades relativas relacionadas con el repechaje de remo cuádruple versus el disparo de pistola femenino desde 25 metros. Pero en vez de parecer no-americano, simplemente me sintonicé.

Mirando para atrás, la fecha fue 18 de agosto, el primer día del mes del calendario hebreo de Elul – exactamente 30 días antes de Rosh Hashaná. Coincidencia, supongo.

La escena era el Vestíbulo Olímpico Interno, en Atenas. Nunca en la historia un estadounidense se había llevado la medalla de oro en la codiciada competición de Gimnasia Artística Individual Masculina. Hoy los espectadores se concentraban en un gimnasta sin pretensiones, de cara pecosa, proveniente de Waukesha, Wisconsin, llamado Paul Hamm. Un imponente grupo de 23 ambiciosos competidores provenientes de Corea del Sur, Kazajstán, Israel y Cuba – por nombrar algunos – vinieron a los Juegos con igual valor y fortaleza, y sin duda, miles de horas de arduo entrenamiento, con sus ojos en la misma meta.

Estados Unidos no podía enfrentar otra derrota y Paul Hamm lo sabía.

Agravando la presión de Hamm, estaban las horribles decepciones previas que los grandes favoritos estadounidenses habían sufrido en tenis masculino y femenino, básquetbol masculino, y varios enfrentamientos de natación. El equipo de EE.UU. no podía enfrentar otra derrota inesperada, y Paul Hamm lo sabía.

La prueba olímpica de gimnasia consiste de seis rotaciones separadas, observadas por jueces y punteadas, luego de las cuales se realiza la cuenta final para determinar a los medallistas. Hamm no decepcionó. Salió como un faro a medianoche, obteniendo un considerable 9,725 (de 10 en total) en el ejercicio de suelo de apertura, suficientemente bueno para empatar al comienzo en el primer lugar. Su caída momentánea al segundo lugar luego del potro casi no lo preocupó, ya que saltó nuevamente a la delantera luego de la competición de anillas.

Tres pruebas pasadas, tres por pasar. El marcador del estadio mostraba el nombre de Hamm en la parte de arriba y las caras de los otros en varios tonos de pesimismo fatalista. Nadie creía que podrían luchar por la delantera.

Hamm se preparó para la prueba número cuatro – el salto. No tenía ningún indicio de que un desastre inimaginable estaba sólo a segundos de distancia. Saltando hacia atrás, Hamm ejecutó perfectamente una voltereta y media en el aire. El escurridizo "Oro" estaba acercándose. Entonces, como una afilada espada cortando mantequilla caliente, pasó sin esfuerzo a su fase de aterrizaje – algo llamado Tsukahara, con dos giros y medio; extremadamente difícil, con un aterrizaje ciego.

Horriblemente, Hamm llegó a la colchoneta agachado y no pudo equilibrarse. Sus piernas se enredaron y se cayó hacia su derecha, dirigiéndose irónica y directamente hacia la mesa de los jueces, donde uno de los jueces se vio obligado a usar su propia mano para frenarlo. Fue como tomar una prueba de conducción, conducir perfectamente, y finalizar estrellándose contra el auto del examinador...sólo que cientos de veces peor.

Una vidriosa mirada de horror apareció en su cara. El puntaje de 9,137 sin duda lo dejó fuera. La multitud quedó boquiabierta mientras Hamm bajó al puesto número 12. El sueño se había acabado.

¿Cuántas veces nos imaginamos ganando el oro, sólo para encontrarnos enredados y cayéndonos en la mesa de los jueces?

¿Cuán a menudo en la vida, soñamos con lograr algo realmente importante, pero no cumplimos nuestras expectativas? ¿Cuántas veces nos imaginamos ganando el oro, sólo para encontrarnos enredados y cayéndonos en la mesa de los jueces? ¿Cuántos Rosh Hashaná han pasado con nuestra lista de "Resoluciones del Nuevo Año" siendo exactamente iguales a la del año anterior?

Demasiados, me supongo. ¿Y cuál es nuestra respuesta a nuestras fallas permanentes? Muy a menudo, la condición humana aparece con la usual decepción y la predecible desilusión.

¿Cuál es el punto? Nos preguntamos. Cambiar es demasiado difícil. La grandeza es para personas realmente grandiosas – no para mí.

Que pena. Cuán diferente sería el resultado si solamente creyéramos con firmeza que no existe ningún obstáculo que no podamos superar, y estuviéramos determinados a hacer las elecciones necesarias para enfrentar el desafío y superarlos.

Aparentemente, Paul Hamm estaba hecho así.

Se sentó con los ojos llorosos y desalentado; sus hombros encorvados raspando la pared del estadio. Años de esperanza se habían esfumado en un instante. Quedaban dos eventos finales mientras 11 casi campeones se abrían camino petulantemente delante de él. Quizás había suficiente tiempo como para al menos recobrar la compostura y el auto-respeto, pero definitivamente nada más que eso.

Pero, de alguna manera, Hamm se deshizo de su desesperanza incapacitadora.

"Sólo fui por ella" explico después.

¡Y como lo hizo! Mostró todo lo que tenía dentro de sí – y luego – arreglándoselas para coquetear con la perfección en las barras paralelas y levantarse de las profundidades de la derrota. Su puntaje de 9.837 fue el más alto del evento y lo catapultó del decimosegundo al cuarto lugar. El extraordinario regreso estaba repentinamente al alcance. Parecía que Hamm había guardado lo mejor de sí para el final.

Alcanzando la barra fija como si su vida dependiera de ello, hizo la rutina final como nunca antes. Con la multitud de pie presintiendo que se estaba escribiendo la historia, Hamm ejecutó su rutina sin fallas, completando tres movimientos ciegos de soltar las barras que sorprendieron incluso a sus entrenadores. Giró soltándose de la barra, aterrizando en la colchoneta como si fuera una ventosa gigante. Las masas rugieron. El tablero principal marcó 9,837. Hamm se afirmó la cabeza con total incredulidad. El milagro era suyo. ¡Oro!

(Poco después de este evento histórico, surgió una controversia sobre un posible error de puntuación que podría haber alterado los resultados. Si Paul Hamm debiera devolver su medalla esto no cambia, en cualquier caso, su increíble logro y el mensaje que nos trae a todos nosotros).

La Luna Llena

El calendario judío es ante todo lunar. Efectivamente, el Pueblo Judío, en su historia, es frecuentemente comparado con la luna. Se dice que tanto como la luna "renace" luego de un periodo de declinación y aparente desaparición, así también, la trágica declinación de Israel igualmente terminará, y su luz brillará plenamente.

De hecho, la historia antigua de Israel tiene un parecido sorprendente con la luna. Hubo 15 generaciones desde Abraham hasta el Rey Salomón – en cuyo tiempo Israel se elevó a una grandeza sin precedentes (como la luna llena a los 15 días). Inmediatamente después, su declinación comenzó hasta que llegó a su profundidad en tristeza 15 generaciones después, con la destrucción del Primer Templo, completando el ciclo.

A pesar de que la Luna Nueva no es visible en ese día, no dudamos que regresará.

La lección de desaparición y renacimiento de la luna es una lección que debemos llevar con nosotros siempre. Quizás es por esto que Rosh Hashaná, el pináculo de nuestro proceso de renacimiento espiritual, ocurre en el primer día del mes. A pesar de que la luna no es visible en ese día, no dudamos que regresará. El mensaje es tan claro como conmovedor. Nunca podemos permitir que la desesperación nos atrape – no individualmente ni como pueblo. Esa es la marca que introduce un Nuevo Año.

Curioso. Esta recuperación olímpica sin precedentes justo ocurrió en el primer día del mes lunar de Elul, el comienzo del sagrado período para la introspección y arrepentimiento en preparación para Rosh Hashaná.

Dios quiere que recordemos que darnos por vencidos simplemente no es una opción. Y Él tiene, en su sagrado arsenal, una infinita cantidad de avenidas, vehículos, y mensajeros (incluso uno paradójicamente llamado "Hamm"), que puede utilizar para ayudar a entregar su más conmovedora comunicación.

Ver a Paul Hamm en su momento de humillación internacional debiera darnos una pausa. Ver a Paul Hamm, minutos después, lograr su momento de gloria ilimitada, debiera darnos esperanza. Efectivamente podemos tomar las elecciones difíciles para levantarnos de nuestra desesperación. En algún punto en el medio, él se encontró con los jueces cara a cara.

Las personas a menudo se preguntan porque Dios ya no habla directamente con nosotros.

¡Ah!