Sholom era verdaderamente excepcional. Él había sido un reconocido rabino erudito en sus años jóvenes, quien había dado conferencias y participado en destacados foros rabínicos en Estados Unidos. Tenía una vasta selección de experiencias y, antes de retirarse, no fue cargado con exigencias sobre su tiempo. El único inconveniente era que Sholom estaba luchando una batalla perdida contra el Alzheimer.

Ingresé a la vida de Sholom por una puerta trasera. Su devota esposa lo vestía pacientemente y lo llevaba a los rezos a nuestra sinagoga cada mañana. Esto había sido parte de su vida en años más sanos y ella esperaba que el ambiente familiar hiciera más lento su deterioro. Al final del servicio, ella esperaba pacientemente que su marido saliera. Sholom apenas podía pararse por si mismo y estaba demasiado desorientado para encontrar el camino hacia la puerta. Esa era la tarea para la cual yo me ofrecí.

Durante los 18 meses en que ayudé a Sholom, vi mucho. El Alzheimer pela las capas protectoras de personalidad que construimos a nuestro alrededor, revelando el núcleo interno. Sholom lucía una reconfortante sonrisa cuando me veía por las mañanas. Él se reía de felicidad cuando se detenía a observar niños correteando por las calles. Él golpeaba ruidosamente su silla durante los servicios, y cuando alguien fingía algo él repetía en voz alta, “no tiene ningún valor”. Yo estaba sorprendido de cómo Sholom, privado de la habilidad de leer o comunicarse de manera inteligente, podía sin embargo percibir la incongruencia de la conducta de alguien. Fue la única vez que lo vi enojarse o frustrarse.

También aprendí de Sholom como ser paciente. Aprendí como las cosas no están bajo mi control. Aprendí como rezar, mientras le pedía a Dios que ayudara a motivar a mi pesado amigo para intentar ponerse de pie para qué pudiéramos salir de la sinagoga e ir a casa. Aprendí que los rezos serios son respondidos, y que los poco sinceros no.

Pero la lección más importante que aprendí aún me da escalofríos, ya cercanos a tres décadas desde el fallecimiento de Sholom.

Aprendí de Sholom que nuestra verdadera identidad es solamente lo que hemos incorporado realmente en nosotros.

Los rabinos dicen que una persona puede ser reconocida por su “billetera, enojo y bebida alcohólica”. Estos son los momentos en que las verdaderas prioridades del individuo son aparentes. ¿En que gasta su dinero? ¿Qué lo hace enojar? ¿Como se comporta bajo la influencia del alcohol? En lo profundo, son las acciones prácticas las que definen a la persona.

El Alzheimer también roba el intelecto, dejando la base del alma intacta. Aprendí de Sholom que nuestra verdadera identidad es solamente lo que hemos incorporado realmente en nosotros.

Pronto será Rosh Hashaná. Dios mira detenidamente en nuestros corazones, y evalúa nuestros impulsos y motivos internos. ¿Estamos donde queremos estar? ¿Somos realmente lo que creemos que somos? ¿Estamos intentando disminuir la brecha, conciliar nuestras ambiciones con nuestra realidad?

Mientras nos paramos despojados de nuestro barniz exterior frente a nuestro Dios omnisciente, la pregunta de quien eres realmente es respondida en la corte Celestial. Esperemos no ser avergonzados. Aún no es demasiado tarde para considerar la pregunta y trabajar para hacer los cambios necesarios.