Cuando mi hija menor tenía tres años descubrió los globos de helio en la sección de flores del supermercado local, donde los repartían de forma gratuita para los chicos que querían. Até el hilo alrededor de su muñeca para evitar que el precioso globo no escapara hasta el techo. Ella jugaba con su globo mientras yo lo empujaba hacia uno y otro lado para que no chocara con los demás compradores. De tan contenta que estaba, en el recorrido de vuelta a casa, ella lo abrazaba y jugueteaba con él.

Mientras yo estacionaba, mi hija bajó del coche con su globo y se apresuró a entrar a casa, directo hacia el patio que tenemos detrás. Al llegar allí desató la cuerda y miró fijamente cómo su globo se elevaba en el aire, perdiéndose en el cielo.

“¿Por qué soltaste tu globo?”, le pregunté ligeramente asombrada, ya que había dejado ir el juguete con el que había estado jugando excesivamente la ultima media hora.

Ella sólo se encogió de hombros, rió tontamente y fijó su vista en el globo que desaparecía de vista.

 

Ella sólo se encogió de hombros. Rió tontamente y fijó su vista en el globo que desaparecía de vista. Mi hija me miró a los ojos y me dijo: “es un regalo para Dios”.

La siguiente vez que fuimos de compras ella hizo exactamente lo mismo. Luego de nuevo y de nuevo durante meses. Cada vez que soltaba el globo yo le preguntaba, ¿por qué lo dejaste ir? Finalmente obtuve una respuesta, ella me miró a los ojos y me dijo: “es un regalo para Dios”.

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 Desde hace un tiempo, ella no lo hace más, y una parte de mí lamenta la pérdida de aquella fe pura e inocente que incitó a una pequeña niña a renunciar a su juguete y ofrecerlo a Dios.

Debido a nuestra experiencia y sofisticación, por nuestras sonrisas indulgentes ante la simplicidad de las creencias de nuestros niños, no es muy probable que nuestros hijos conozcan algo que nosotros desconocemos, algo que ellos mismos pronto no sabrán e incluso ni siquiera recordarán que alguna vez lo sabían. Y tal vez esto es, exactamente su poder de creencia, lo que los diferencia de los adultos que algún día serán.

Los niños creen en Dios, creen en sus padres, creen en su país, su colegio, sus amigos y en que el bien siempre ganará sobre el mal. Su confianza y fe todavía no han sido opacadas por las mentiras de los políticos, la corrupción de las leyes y la justicia, la avaricia de los héroes deportistas o, lo más importante, el cinismo de sus padres quienes alguna vez intentaran llevar a la práctica alguna acción a fin de ahorrarles desilusiones.

Pero, ¿qué pasaría si funcionara de modo contrario, que nosotros mismos pudiéramos aprender lecciones de nuestros hijos en lugar de imponer nuevas instrucciones sobre ellos? ¿Qué pasaría si tuviéramos la posibilidad de volver el tiempo atrás y recobrar aunque sea una fragancia de la inocencia de la juventud? ¿Nos esforzaríamos para alcanzarlo o estamos demasiado cansados como para siquiera intentarlo?

Este Rosh Hashaná, las sinagogas de todo el mundo se llenarán de judíos que se reúnen para inaugurar el primer día del nuevo año. Sin embargo, en Rosh Hashaná se celebra mucho más que el comienzo de un nuevo calendario. Se festeja el nacimiento y el renacimiento, el comienzo y la renovación, ya que se conmemora nada menos que la creación del mundo y la humanidad.

Mientras nos acercamos al Año Nuevo, podríamos preguntarnos cómo podemos volver atrás el reloj, intercambiando malos hábitos por nuevos desafíos, rutina por renovación y cinismo por entusiasmo. En lugar de reír ante la inocencia de los niños, consideremos que la diferencia entre la niñez y la madurez reside no en si ofrecemos regalos al Creador, sino en qué tipo de regalos decidimos ofrecer. Un niño sirve a Dios por medio de dejar volar al cielo su globo. El adulto sirve a Dios dejando que su alma se eleve a las alturas de la divinidad.

La diferencia entre la niñez y la madurez reside no en si ofrecemos regalos al Creador, sino en qué regalos decidimos ofrecer.

¿Dimos caridad en proporción a los recursos que poseemos? ¿Hemos visitado a los enfermos y reconfortado a quienes están apenados? ¿Hemos hablado consistentemente con amabilidad a nuestros vecinos, con respeto a nuestros superiores y con paciencia a nuestros hijos? ¿Hemos honrado el Shabat y estudiado la antigua sabiduría de nuestro pueblo?

Tomar resoluciones no es suficiente, debemos inspirarnos para llevarlas a la práctica. Deberíamos despertar en nosotros el temor a Dios a través de la reflexión acerca de la inmensidad de la creación, de las asombrosas estrellas en sus cursos, los misterios de la vida y el ilimitado potencial del alma; para contemplar por un momento la belleza inmensurable y la majestad de nuestro universo.

Y si podemos introducirlo en nuestras vidas, si pudiéramos hacer que un momento dure sin volver hacia nuestra costumbre de desacreditar cada hermoso y noble pensamiento y cualidad; entonces tal vez podamos mantener nuestra fe en aquellas cosas realmente dignas de fe, a lo largo del año que viene.