A menudo, en esta época del año nos imaginamos a Dios como un juez, sentado en Su banca, observándonos, esperando la oportunidad de atraparnos con "las manos en la masa" para declararnos culpables. Esta no sólo no es una imagen sana ni constructiva, sino que no es la imagen que nuestros Sabios y nuestra tradición desean que tengamos.

Estamos ya bien adentrados en el mes de Elul, el último mes del año. Elul es una sigla formada por las letras iniciales de las palabras ani ledodi vedodi li – yo soy para mi Amado y mi Amado es mío, lo que transmite un profundo sentido de amor, que es el sentimiento preponderante durante este período del año.

"Yo soy para mi Amado y mi Amado es mío" describe un amor recíproco de dar y recibir, de dos partes que invierten en una relación mutua. Dios nos ama. Él piensa en nosotros, se preocupa por nosotros, anhela tener una relación con nosotros.

Que Dios nos ama significa que Él no está buscando la oportunidad de "atraparnos" o de castigarnos. Él desea lo mejor para nosotros. Él nos alienta para que sigamos adelante. Él quiere que tengamos éxito y que seamos felices. Dios conoce todos nuestros defectos y nuestras fallas. Él tiene consciencia de nuestros errores y desafíos, y sin embargo nos ama. Él nunca nos envidia, nunca compite con nosotros y nunca se cansa de nosotros. Él simplemente nos ama. Lo que quiere a cambio es que también nosotros lo amemos.

Pero tenemos que recordar: "Yo soy para mi Amado y mi Amado es mío". En Elul todo se trata de reciprocidad. Dios se relaciona con nosotros como un reflejo de cómo nos relacionamos con Él. Queremos contar con Él, ¿pero Él puede contar con nosotros? Deseamos que Él nos hable, ¿pero sinceramente hablamos con Él? Queremos que Él piense en nosotros, ¿pero cuán a menudo pensamos en Él?

Hace algunos años vi que alguien llegaba al minián en medio de la semana cuando antes no venía demasiado a menudo. Me encontré con él por otro tema y me tomé la libertad de elogiarlo y decirle que era maravilloso verlo por la sinagoga. Le pregunté: "Si no te molesta la pregunta, ¿qué fue lo que te motivó a comenzar a venir?".

Me explicó que había sufrido una terrible desilusión en su vida. Algo que anhelaba mucho, en lo que había invertido seriamente, no funcionó y estaba nuevamente en la línea de partida. Se sentía tan enojado, tan devastado, que subió a su auto y comenzó a manejar sólo para calmarse y aclarar su cabeza.

Mientras manejaba, comenzó a gritarle a Dios: ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Dónde estabas? Cuando dijo estas últimas palabras, de repente entendió algo. ¿Dónde estabas ? Eso era exactamente lo que Dios se preguntaba sobre él. Se sintió abrumado, no de enojo ni desilusión hacia Dios, sino por la sensación de cuán desilusionado debía estar Dios con él por haberlo sacado de su vida. En ese momento él decidió que iba a comenzar a ir más a la sinagoga, que iba a hablar más con Dios, a mostrarle a Dios un poco más su amor.

Ani ledodi vedodi li. Este es el mes de amor recíproco. Comienza a mostrarle a Dios un poco de amor y verás y sentirás que Dios te ama.

Dios no necesita nuestras mitzvot. Él nos dio las mitzvot porque quiere que nos preocupemos por Él, que pensemos en Él, que Lo amemos.

Y Él nos ama inmensamente. Él nos brinda abundantes bendiciones. Si tan sólo nos tomamos cada día el tiempo para pensar en esto, llegaremos a reconocer cuánta bondad, cuántas bendiciones recibimos que sobrepasan en gran medida lo que merecemos.

Dios nos ama. La pregunta es: ¿Nosotros le manifestamos también nuestro amor?