Cuando estaba en segundo año de la escuela secundaria, mi mamá recibió una amenaza de muerte de alguien que se enojó por sus decisiones como Jueza de la Corte Suprema del Estado de Nueva York. La policía decidió poner un guardia de seguridad en nuestra casa hasta que pasara la amenaza.

El guardia se paraba en nuestra puerta principal, esperando escoltar a mi madre a su auto. Pero primero salía yo para subirme al autobús. Él caminaba por el estacionamiento de la casa en uniforme, con dos armas en su cartuchera, revisando que no hubiera ningún peligro, y me hacía un gesto avisándome que podía salir.

Yo estaba completamente avergonzada. ¿Ese tipo estaba bromeando? ¿No podía tratar de ser menos obvio en frente de todas mis amigas? ¿Eso era realmente necesario? Yo corría hacia el autobús y me hundía lo más posible en mi asiento.

—¡Qué genial! ¿Qué está haciendo ese guardia en tu casa? —me preguntó mi amiga la primera mañana.

—¿Qué guardia? —encogí los hombros y miré hacia mi casa, esperando que el paranoico guardaespaldas se hubiera desvanecido detrás de los árboles. Pero no, él todavía estaba parado ahí, observando hacia un lado y el otro de la calle como si esperara que algún psicópata apareciera disparando hacia el autobús escolar.

—Mmm, el tipo con el arma que está hablando por su walkie-talkie en tu estacionamiento…

—Ah, ese tipo... No sé qué está haciendo, tiene algo que ver con el trabajo de mi mamá —murmuré. Cambié la conversación tan rápidamente que nadie sacó más el tema durante las siguientes semanas, mientras tuve que soportar la interminable caminata desde mi puerta hasta el autobús bajo la paranoica mirada del Sr. Guardaespaldas Loco. ¿Tenía que seguirme todo el camino hasta el autobús cada mañana?

Al recordarlo ahora, me avergüenza lo grosera que fui con ese oficial que estaba arriesgando su vida para hacer su trabajo; quien se levantaba antes del amanecer para cuidar que la disgustada adolescente de una desconocida entrara a su autobús de forma segura. Ni siquiera recuerdo haberle dicho alguna vez buenos días. Lo único que quería era que desapareciera.

Lo que debería haber hecho es decirle gracias.

Lo que no comprendí en ese momento era que siempre hay Alguien cuidándome, haciendo guardia junto a la puerta, observando mi vida para salvarme del peligro. Este Guardián nunca duerme y nunca se va. Si nos detenemos y prestamos atención, podemos escucharlo susurrándonos: “Estoy intentando ayudarte, llegar a ti. ¿Puedes oírme ahora?”

Al acercarse Rosh Hashaná, observo el último año y me pregunto cuántos días viví de la misma despreocupada e ingrata manera como lo hice cuando era adolescente, intentando correr al autobús sin decir gracias. Cuántas veces olvidé darme vuelta al final del día y decir gracias por proteger a mi familia. Cuán a menudo estuve demasiado distraída incluso para decir buenos días. En vez de apreciar las bendiciones de mi vida, simplemente di por sentado que mi buena salud, mi trabajo y mi hogar estuvieran ahí y me pregunté porque El que me lo da todo no podía irse del estacionamiento, alejarse de la puerta principal, para poder pretender que yo estaba a cargo. Para que pudiera sentir que yo creé y mantuve mi propia vida sin ninguna ayuda.

Pero cuando me detuve y escuché atentamente los murmullos de mi alma, supe que no quería vivir así.

Lo que realmente quiero es tener consciencia de que hay un Guardián, un Padre cariñoso, un Rey en mi puerta principal. Y quiero poder escuchar los llamados del shofar. Silenciar en mi vida la estática de los walkie-talkie y escuchar los susurros de Alguien que me quiere tanto que revisa las calles de mi vida incluso cuando yo no sé hacia dónde voy. Él despeja los caminos. Él redirecciona. Él crea mientras nosotros dormimos.

En Rosh Hashaná, Él nos da una oportunidad de despertar. Él hace sonar una alarma para todos nosotros. Empieza suavemente, casi como si fuera parte de nuestros sueños. Pero luego se hace cada vez más fuerte, como un niño llorando, como un despertar de vida, como un mundo temblando ante el Rey. Podemos apretar el botón de repetición o bajar el volumen. O podemos escuchar al Guardián de Israel que nunca duerme susurrándonos: “¿Puedes oírme ahora? Estoy aquí, a tu lado, como he estado cada día”.

Podemos escuchar el llanto del shofar, despertar y decir gracias. Gracias a Ti por crearnos, por mantenernos y por traernos a este momento en el tiempo.