—¿Qué es eso? —pregunté señalando algo que parecía muy verde y orgánico.

—Puerro frito.

—Interesante… ¿Y eso?

—Granada.

—Ajá… y… ¿eso es una cabeza de pescado?

—Sí.

—¿Por qué?

—Representa el liderazgo. Tomar la iniciativa. ¡Debemos recordar ser “cabeza” y no “rabo”! Algunas personas colocan una cabeza de oveja en vez de una cabeza de pescado.

—Eeh… creo que me está mirando…

Así fue mi primer Rosh Hashaná con judíos observantes. Los alimentos extravagantes me habían desconcertado.

Mi anfitrión era un joven rabino con un traje negro y una barba frondosa.

—Rosh Hashaná es el día de la conciencia radical judía —me dijo con absoluta naturalidad.

—¿El judaísmo es radical? —pregunté.

Él tomó su barba y me miró directo a los ojos fingiendo estar enojado.

—¿¡Acaso me veo como un tonto conformista!? —gritó—. Nuestro pueblo estuvo fuera de la corriente principal desde el comienzo de los tiempos. Ser judío implica ser parte de la contracultura. ¿Te comiste tu puerro frito?

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver esto con Rosh Hashaná?

—En Rosh Hashaná el idealismo judío declara su visión idílica de unidad universal. Rezamos pidiendo por el día en que todo el mundo trabajará al unísono bajo una misma bandera. Eso sí que es revolucionario.

—¿De qué manera es revolucionario? Todos los hippies quieren lo mismo, unidad universal.

—El shofar, hombre, el shofar. ¿No lo escuchaste?

Me sentía muy confundido. Pregunté si podía levantarme de la mesa.

—Por supuesto. Nosotros no creemos en la coerción religiosa —me respondió mi anfitrión.

Estaba agitado. Caminé un rato y pensé: ¿De qué está hablando este tipo?

Regresé a mi habitación y observé una copia del libro de plegarias de Rosh Hashaná. Leí algunos de los comentarios. Mi anfitrión tenía razón. Las plegarias hablaban de una conciencia global. La unidad era un tema importante. Entendí que el objetivo no era sólo la unidad de la humanidad, sino que, si todo funcionara de acuerdo con el plan, entonces en un nivel espiritual toda la creación operaría al unísono, desde las rocas y la vida vegetal, hasta llegar a los más elevados reinos metafísicos.

Era una imagen muy bella. ¿Pero qué sentido tenía? ¿En qué se diferenciaba eso de cualquier otra visión utópica?

A la mañana siguiente, entré a la sinagoga a regañadientes. Me senté en un rincón a leer más sobre temas del día mientras quienes me rodeaban rezaban. Hacía calor y no había aire acondicionado.

Algunas horas después de que comenzara el servicio, todos se pusieron de pie en silencio. El único sonido audible era el zumbido de los ventiladores. Me sentí culpable, así que también me puse de pie. Un hombre en el centro de la habitación sacó un shofar y sopló una serie de sonidos de acuerdo a lo que otro hombre le iba ordenando.

Cerré los ojos. Me sentí en medio del desierto. La arena caliente besaba mis pies descalzos. Vi camellos y beduinos. Comencé a entender de qué había hablado mi anfitrión. El judaísmo era terrenal. Era concreto.

La ráfaga entrecortada del shofar reverberó en mi columna vertebral. Me desperté. No estaba dormido, pero sí había estado dormido. Había sido sordo y no había escuchado el verdadero mensaje de Rosh Hashaná. El shofar fue una llamada de atención, un despertador. No se trataba sólo de hablar, de meras palabras sobre tópicos ideológicos respecto a un mundo mejor. Se trataba de despertarse y hacer algo al respecto. El shofar gritaba: "Sé real. Si quieres que este mundo sea asombroso, ¡muévete y haz algo!".

Quería cambiar el mundo, pero primero tenía que cambiar yo mismo. Eso es lo que me enseñó el shofar. Este era el mensaje de Rosh Hashaná.

Al terminar los servicios, corrí a buscar a mi anfitrión.

—¡Ahora te entiendo! —grité—. ¡Quiero ponerme una túnica y caminar hacia la puesta de sol! ¡Quiero afectar de forma dramática a la humanidad! Yo puedo marcar una diferencia. ¿Por dónde comenzamos?

—Después del almuerzo, hermano. No puedes conquistar el mundo con el estómago vacío. Esta noche comeremos carambola.

Yo estaba listo para cualquier cosa.

Crédito de la foto: Jordana Klein.