Como consecuencia de un terrible accidente, un hombre joven de mi comunidad entró en un coma prolongado que persistía a pesar de cualquier intervención médica. Durante meses no respondió a ningún estímulo a su alrededor.

En Rosh Hashaná, el rabino del hospital que estaba visitando a los enfermos para brindarles la oportunidad de cumplir con la mitzvá de escuchar el shofar, casi pasó de largo por su habitación. ¿Qué sentido tiene?, se preguntó. Los médicos le habían dicho al rabino que el paciente "en verdad no está aquí".

Pero tras reflexionar, el rabino decidió que incluso si la mente del paciente era incapaz de captar las notas místicas de Dios, de todas maneras el shofar quizás sí podría llegar a su alma. A fin de cuentas, el primer hombre cobró existencia cuando Dios insufló "el aliento de vida" en la forma física de Adam, invistiéndolo con parte de Su espíritu Divino. El alma es lo que nos define como seres "a semejanza Divina".

Inmediatamente después de oír los sonidos del shofar, los párpados del joven comenzaron a abrirse. Sus labios comenzaron a moverse. Lentamente, él reconoció a quienes lo rodeaban.

¿Cómo es esto posible? La respuesta es a la vez simple y profunda. La longitud de la onda en la que opera el shofar está en un nivel diferente que aquella en la que nos comunicamos con los oídos y la mente. Nuestra neshamá, nuestra 'alma', escucha lo que nosotros no oímos, o lo que elegimos no escuchar. Nuestra alma está más sintonizada con la realidad que todos nuestros órganos. Nuestra alma es lo que realmente somos, porque es el vínculo más cercano que tenemos con nuestro Creador.

No es accidental que cuando hablamos de alguien que murió digamos que "expiró". La palabra expirar viene del latín ex y spiritus. Spiritus significa 'aliento'; ex se refiere a su 'partida'. La muerte es el momento en que el aliento original de Dios retorna a su origen. A lo que nos referimos como muerte es la desaparición de la presencia de Dios. El verdadero significado de la vida es reconocer que Dios es quien mantiene continuamente nuestra existencia.

Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música.

Cuando reconocemos esta verdad, estamos "inspirados", in spiritus, repletos de la conciencia del aliento Divino que define nuestra relación con Dios.

La mitzvá del shofar nos muestra que hay un nivel de comunicación con lo divino que trasciende lo racional. Demuestra que una mitzvá puede cumplir con su objetivo en tan sólo un instante, que la emoción de una nota musical puede tener más significado que un mensaje brillantemente expresado.

Quizás Aldous Huxley lo expresó mejor al decir: "Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música".

Los tres sonidos del shofar

Los sabios del Talmud revelaron el significado de los mensajes musicales del shofar. Sí, se los debe escuchar. Pero también es necesario entenderlos, porque ellos transmiten algunas de las verdades más profundas de nuestras experiencias de vida.

Cada uno de los tres sonidos del shofar tiene un rol para preparar la mente y el alma de quien los escucha para el proceso espiritual que está por experimentar, y el significado teológico de nuestros constantes encuentros con Dios.

El primer sonido es tekiá. Un sonido largo, ininterrumpido y derecho que representa la estabilidad, la disciplina y la consistencia. Este sonido se utilizaba para la coronación de los reyes. Es una nota que transmite alegría y esperanza, fe en la bondad suprema del universo y sus habitantes. En Rosh Hashaná, Dios es coronado como el Rey del universo. La tekiá convocaba al pueblo para que se reuniera en las ocasiones alegres y para compartir buenas noticias.

Si tan sólo nuestras vidas estuvieran siempre repletas de este sonido que nos alienta a cantar y a bailar, a celebrar y a alegrarnos. Pero también necesitamos reconocer que la vida invariablemente también tiene sus momentos de dolor, tristeza y desolación. Esos momentos son expresados por shevarim y por teruá, los otros dos sonidos del shofar.

Shevarim significa 'roto', 'quebrantado'. Son los sonidos de la enfermedad, los suspiros musicales de lo que en idish se denomina un krejtz. ¡Oy, oy, oy! La tragedia tiene su propio y poderoso lenguaje que trasciende las palabras y nos alerta respecto a la clase de dolor experimentado por tantos en estos últimos dos años de pandemia global. Este sonido triple quebrado es seguido por los nueve jadeos entrecortados de la teruá, que enfatizan la prueba de fe que tuvimos que soportar al ser testigos de los horrores de la enfermedad y la muerte que superan todo lo que podríamos haber imaginado.

Pero después del lamento de los shevarim y los estallidos entrecortados de teruá, dando expresión a nuestras recientes tribulaciones, seguimos manteniendo la esperanza y volvemos a escuchar tekiá, la tekiá guedolá final, el toque largo y recto del shofar que no sólo pondrá fin al ciclo de tragedias, sino que marcará el comienzo de la tan esperada era de paz, tranquilidad y alegría universal.

Este es el mensaje del shofar que le habla a nuestra alma. No puedo evitar creer que el joven que retornó a la vida de su coma casi fatal a través del sonido del shofar, de alguna manera logró escuchar mucho más que las simples notas musicales del shofar. Su alma escuchó realmente el mensaje.

Mi plegaria es que este Rosh Hashaná todos logremos captar el mensaje del shofar, y que nuestras vidas finalmente pasen más allá de las notas que representan la tragedia para ser finalmente bendecidos con la tekiá guedolá, el gran sonido final de la prometida redención Divina.