Cada año, cuando se acercan las Altas Fiestas, recuerdo la extraña sinagoga de Jerusalem que visité hace tanto tiempo atrás, en mi primer viaje a Israel.

Fue construida por judíos que emigraron de algún lugar del interior de África, quienes llevaron consigo una costumbre muy extraña que había sido parte de su tradición por casi 2.000 años.

En la sinagoga había, al igual que en toda congregación, un arca que contenía varios rollos de Torá, la cual era cubierta por una hermosa cortina tejida. Pero embutido en la pared adyacente y destacado con una iluminación especial, había un ataúd.

Yo sabía que no podía haber un cuerpo en su interior, ya que la ley judía prohíbe que los cohanim —los descendientes de la tribu sacerdotal, quienes continúan hoy en día siendo una fracción importante del pueblo judío— estén en contacto con los muertos, e incluso prohíbe que estén en el mismo cuarto que ellos. Era inconcebible que ese fuera el lugar de descanso eterno de algún ancestro prominente, ya que eso habría causado que algunos judíos no pudiesen entrar.

Por lo tanto pregunté: ¿qué hace un ataúd, tan prominentemente expuesto, en una sinagoga?

El anciano de la congregación me explicó:

Saber que la muerte es un hecho inevitable nos ayuda a evaluar de manera diferente todo lo que hacemos.

“Seguramente conoces la mishná de Ética de nuestros padres que dice que hay tres cosas que debemos recordar constantemente para evitar caer en el pecado: ‘Debes saber de dónde vienes, hacia dónde vas y ante Quien deberás rendir cuentas. Vienes de una gota de semen, vas hacia la tumba y deberás justificar todas las acciones de tu vida ante el Creador’. El estar conscientes de nuestra mortalidad es la verdad más importante que debemos grabar en nosotros mismos para poder vivir la vida al máximo”.

Todos los días miraban el ataúd mientras le rezaban a Dios. De esta forma habían creado un símbolo visual —no de la afirmación de la muerte—, sino de cómo el hecho de reconocer la muerte podía transformar sus vidas.

Puede que a un extraño le resulte mórbido, pero para quienes entienden su mensaje, es una profunda declaración que exige una introspección a quienes la observan.

Saber que la muerte es un hecho inevitable nos ayuda a evaluar todo lo que hacemos de manera diferente.

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Elevándonos por sobre las pequeñeces

Un colega me contó un incidente que ocurrió en un funeral que él ofició. Inmediatamente después del entierro, el marido miró la tumba de su mujer y se rehusó a dejar el lugar. El rabino le dijo:

—El servicio ha terminado, debemos irnos.

Pero el hombre se lo sacó de encima y le dijo: —Rabino, usted no entiende; ¡yo amaba a mi esposa!

—Estoy seguro que sí —dijo el rabino—. Pero el servicio ha acabado, debes irte.

Nuevamente el hombre se sacó al rabino de encima y dijo: —Rabino, usted no entiende, yo amaba a mi esposa.

El rabino trató por tercera vez de hacer que el hombre se fuera. Esta vez, el hombre dijo: —Rabino, usted no entiende, yo amaba a mi esposa. ¡Y una vez estuve a punto de decírselo!

Si tan sólo el marido hubiese vivido consciente de la mortalidad. Si tan sólo hubiese interiorizado el mensaje del ataúd cuando todavía podía hacer una diferencia.

¿Qué hacen las personas cuando saben que sus días están contados?

Miran hacia atrás y se arrepienten por el tiempo que desperdiciaron tontamente.

Se preguntan por qué no pasaron más tiempo con la familia y los amigos.

Se llenan de remordimiento por no haber expresado suficiente amor, gratitud y bondad a quienes más amaban.

Se preguntan por qué se esforzaron tanto para adquirir cosas que no tienen un valor duradero.

No pueden entender por qué permitieron que las pequeñeces destruyeran amistades y por qué permitieron que pequeños deslices se interpusieran en relaciones importantes.

Si tan sólo hubiesen mirado el ataúd cada vez que se olvidaban de su final. Hubieran tenido un recordatorio diario de la advertencia de Disraeli: “La vida es demasiado corta como para ser pequeña”.

Tratamos de negar la muerte tanto como nos es posible. Vacilamos incluso al llamarla por su nombre. Usamos eufemismos para sugerir que la gente continúa viva, pretendiendo que se han ido a otro lugar. Decimos que se han ido, que nos han dejado, que están descansando en paz; como si el camuflaje verbal pudiera cambiar la realidad.

Si tan sólo tuviéramos el coraje de enfrentar lo que nos espera al final, encontraríamos la misma sabiduría que a menudo reciben quienes están gravemente enfermos.

No es mórbido decirte a ti mismo: “Voy a morir”. Por el contrario, es liberador. Te libera de estar esclavizado a las cosas que sabes que no importan realmente. Te permite entender que no harías eso o que no actuarías de esa manera si sólo te quedara un día de vida. Te permite romper las cadenas del hábito que te sujetan sólo porque racionalizas y las ves como algo temporario. Te impide desperdiciar tu vida mientras pasas tus días preparándote para vivir.

No es tan mala idea, después de todo, que te fuercen a mirar un ataúd. Y si bien no tenemos esa costumbre en nuestras sinagogas, sí tenemos un momento en el que la tradición judía nos ordena que realicemos un ritual similar.

Kítel es el nombre del manto blanco con el que, de acuerdo a la ley judía, enterramos a los muertos. Pero hay ocasiones en que el kítel también es usado por los vivos.

En Iom Kipur nos ponemos el kítel en el la sinagoga para ofrecer nuestras plegarias en búsqueda de perdón. Durante este período, la Corte Celestial revisa nuestras acciones y decide nuestro destino para el año entrante. Nos paramos frente a Dios mientras los libros de la vida y de la muerte están abiertos, y nos preparamos para aceptar el veredicto Divino. El kítel es un poderoso recordatorio para apreciar la seriedad del momento.

El ataúd y el kítel, los recordatorios de nuestra mortalidad, podrían ayudarnos a cambiar la forma en que vivimos nuestras vidas si tan sólo nos tomáramos más seriamente su mensaje. En Rosh HaShaná y Iom Kipur nuestras plegarias se concentran en la vida, pero son ofrecidas en el contexto de nuestra conciencia de la muerte. Es con ese reconocimiento que tenemos la oportunidad de convertir todo día adicional que se nos da en la tierra en un tiempo de grandes bendiciones y logros.