"¡Quietos!" Grité en el medio del estacionamiento del supermercado. Mis hijos se congelaron. "¡Estoy enferma y cansada de todas sus quejas!" continué, después de mirar secretamente a ambos lados para asegurarme de que no tenía una audiencia, vociferando con mi nivel de decibeles todavía muy alto.

Mi hijo me miró; su cara se había endulzado sorpresivamente, al tiempo que montaba su bicicleta en el medio del estacionamiento. Mis otros dos hijos que estaban allí mantuvieron sus ojos fijos en el asfalto. Por detrás, sentí el chillido de un carrito de supermercado. Ni siquiera quise darme vuelta para ver a alguna mujer bien vestida con su angelical séquito tras de ella, o a algún radiante padre sosteniendo la mano de su hijo mientras cruzaban el estacionamiento. ¿Qué pensarían de mí?

No”, quería decirle a quien sea que estuviera mirando la escena. “Entendiste todo mal”.

Mira, estábamos terminando unas idílicas vacaciones en el Moshav Matitiahu, una pastoral y amigable comunidad en el medio de Israel. Las calles, mayormente desiertas, estaban delimitadas por verdes céspedes, pintorescas casas retiradas del camino y bicicletas tiradas en los jardines del frente como si fueran papeles de caramelo.

Habíamos ido con mi familia por tres noches. En las bochornosas mañanas habíamos prendido el aire acondicionado y permanecido adentro jugando juegos de salón y comiendo los usualmente prohibidos cereales azucarados. En las tardes nos relajamos nadando o andando en bote. Y en las noches hacíamos asados en nuestra entrada, con los niños mayores abanicando las flamas mientras los menores llenaban sus hot dogs con kétchup y comían papas fritas a medio freír.

Al menos así es como lo describirían los niños. Pero si lees entre líneas, en las bochornosas mañanas los niños reñían y peleaban por pociones de cereales azucarados, los que no estaban acostumbrados a comer. En las tardes peleaban mientras se cocinaban al sol durante la caminata hasta la pileta (¿por qué no podemos tomar un taxi como hacen las familias normales?), y en las noches los pequeños clamaban para abanicar las flamas del fuego mientras los mayores me decían lo ridículo que era que yo haya puesto la salsa barbacoa sobre los kebabs antes de ponerlos en la parrilla.

Pero yo sabía que mis hijos no lo recordarían así, y que tampoco lo haría yo. Porque junto a las pelotas de fútbol, las cámaras y las bicicletas, yo había llenado nuestras maletas con inmensas dosis de paciencia. Por eso me las había ingeniado para ignorar las riñas, y me había elevado por sobre los comentarios insultantes de la familia que mi marido y yo trabajamos tanto para cultivar. Yo había arreglado las peleas en los asados lo más amigablemente posible, y todos la habíamos pasado bien.

Si me hubieras visto durante esos tres días obtendrías una imagen totalmente diferente.

Y ahora, en los últimos momentos de las vacaciones, no podíamos encontrar la parada de autobús en donde se suponía que nos encontraríamos con mi marido y con el resto de los niños. Y mientras el sol masajeaba nuestras cabezas y yo corría tras mis hijos en sus bicicletas para llegar a la parada de colectivo, las quejas dieron en una nota disonante.

- "¿¡Quién se toma dos autobuses para ir a casa después de las vacaciones cuando tienen tres bicicletas con ellos!?".

- "¿¡Tienes idea del calor que tengo!?".

- "Dijiste que íbamos a tomar un taxi y luego cambiaste de opinión. ¡Es tan injusto!".

Y así, con la transpiración haciendo piscinas en mi cuello, por quince segundos o menos, perdí la paciencia.

No me juzgues por un momento de debilidad, suplicó mi mente al transeúnte con el carrito de supermercado. Si me hubieras visto durante los últimos tres días tendrías una imagen totalmente diferente. ¡En serio! ¡Yo era la definición de paciencia y serenidad!

Y ahí mismo, en el estacionamiento, un recuerdo emergió súbitamente a mi mente.

Había sido dos años atrás. Mi marido y yo estábamos volviendo de un viaje de 48 horas a Haifa. Esperábamos en la parada de autobús con la brisa de marzo susurrando indicios de primavera en mi oído, y viendo como las distantes colinas enmarcaban el cielo azul. Y ahí fue cuando la vi. ¡Esa mujer! ¡La Sra. B! Ella era la que había dado aquella clase a la que había asistido unos años atrás. Oh, ¡cómo la admiraba! Tenía un posgrado en sicología además de un vasto conocimiento de literatura de Torá en sus manos. ¡Y ahora estaba aquí! Ella estaba sentada con su esposo. Qué gran oportunidad de acercarme a una mujer tan ocupada mientras las dos haraganeábamos en la parada de autobús.

Pero algo me frenó. Una dureza en su voz. Luego vi a su esposo, en una silla de ruedas, con sus manos puestas torpemente sobre su regazo. Yo había escuchado que ella cuidaba a su inválido marido. Él había estado así por décadas. ¡Qué mujer tan increíble! Pero aún así, algo me detenía.

"¿Sabes qué?", la escuché decir con una dura voz. "¡Bien! Si no quieres ir, no vayas. No sé qué decirte. ¿Quieres arruinarme el viaje? ¿Es eso lo que quieres? Ya ni siquiera me interesa".

Su pobre marido balbuceó una excusa, pero ella no parecía estar escuchando. Giró su cuerpo levemente, ya no en dirección a él; su postura exudaba hostilidad.

Yo estaba pasmada. Esta mujer, que se hizo pasar como una de las personas a quien yo podría venerar, ¡era en realidad una bruja disfrazada! ¿Así era como cuidaba 'generosamente' a su marido inválido? En un instante, perdí todo el respeto por ella. No me acerqué a ella y, por años, cuando su nombre aparecía en el circuito de clases, yo hacía muecas. ¿Qué podría aprenderse de alguien como ella?

Y ahora, de repente, aquí en este gris estacionamiento, recordé a la Sra. B. La Sra. B quien quizás, al igual que yo, había alcanzado el límite de su paciencia. La Sra. B, quien había cuidado a su marido devotamente día tras día por tantos años. La Sra. B, quien quizás había dejado de lado muchos sueños y aspiraciones personales para cuidar al hombre que amaba.

Traje su cara a mi mente.

Por favor no me juzgues por un momento de debilidad, me suplicaba.

¿Podemos pedirle con honestidad a Dios que nos brinde un poco del decoro que nosotros mismos no le podemos dar a los demás?

En Rosh HaShaná, Dios juzga a cada uno de nosotros. ¿Queremos ser juzgados por nuestros momentos de debilidad y desesperación? ¿O queremos ser analizados globalmente, con un foco especial en nuestras fortalezas? Y si le imploramos a Dios que deje pasar nuestros momentos de fracaso, ¿no merece nuestro semejante la misma cortesía? ¿Podemos pedirle con honestidad a Dios que nos brinde un poco del decoro que nosotros mismos no le podemos dar a los demás?

Visualizo con mi mente la cara de la Sra. B, con sus palabras colgadas en el opresivo ambiente.

Sólo soy humana. Por favor no me juzgues.

"Nunca lo haría", susurré suavemente. Luego, le sonreí a mis hijos y los dirigí a la parada de autobús.