Si alguna vez perdiste un niño en un lugar lleno de gente, entonces conoces el miedo en carne propia. ¿Alguien ha visto a un niño de dos años con una remera azul? Tiene pelo castaño y una gorra con letras verdes.

Hace un par de años perdimos a nuestro hijo, quien apenas empezaba a caminar, en un parque de diversiones en Israel. En un momento estaba allí, delante de nosotros, y al momento siguiente había desaparecido. Al principio creímos que estaba a pocos metros de distancia, por lo que lo llamamos por su nombre. No hubo respuesta. Después de un minuto de mirar a todos lados y gritar, comencé a entrar en pánico. ¿Adónde había ido? Empezamos a parar a la gente y a pedirle ayuda. Luchaba para contener las lágrimas mientras pasaba junto a los castillos inflables y a los autitos chocadores. Para ese entonces ya teníamos un grupo de personas circundando el área y gritando su nombre.

Cuando finalmente lo encontré, no pude creer lo que veía. Allí estaba, sentado en una pileta llena de pelotas de colores riendo junto a otro niño que ni siquiera conocía. Por un momento simplemente me quede parada allí, con lágrimas de alivio abriéndose paso por mis mejillas. Luego corrí y lo cogí en mis brazos. Durante todo ese tiempo, él ni siquiera se enteró que estaba perdido. Ni siquiera sabía que no puede irse por cuenta propia. No sabía que estar lejos de nosotros es peligroso. Cuando lo levanté me miró confundido.

“¿Por qué lloras mami?”, me preguntó. Porque te perdiste. Porque ni siquiera sabes que te perdiste. Porque no te das cuenta lo peligroso que es estar lejos de nosotros. Pero no podía decir nada de eso, lo único que hice fue sumergir mi cabeza en sus bucles y llorar con más fuerza aún.

Se acerca Rosh HaShaná y pienso en ese momento. Me doy cuenta que a veces yo tampoco estoy consciente de lo peligroso que es estar desconectada de la Fuente de Vida. Demasiado a menudo paso mis días como si yo estuviera escribiendo el guión. Y mientras tanto, Él me está buscando. Envía grupos de rescate. Me llama por mi nombre. ¿Alguien la vio? Estaba aquí hace un segundo. Ni siquiera sabe cómo volver. No se da cuenta que no puede sobrevivir por cuenta propia. ¿Por qué no responde a mi llamado?

En el Día del Juicio, a todos nos encuentran, no importa cuán lejos hayamos ido. El Rey nos levanta a cada uno y nos toma en sus brazos.

Y luego llora. Tekia. El shofar. ¿Por qué está llorando el Rey? El lamento se hace más y más fuerte. Habla con el poder de su silencio. Tu vida está en peligro. ¿Por qué no clamas a mí?

Shevarim-Teruá. Tu trabajo. En este momento está siendo juzgado y fijado para el año próximo, incluyendo cada centavo que ganarás. Dime lo que necesitas.

Tekia. Tu salud está siendo decretada ahora, cada detalle sobre cómo te sentirás cada día. Despierta.

Shevarim. Tus niños, tu familia, todo lo que te importa está en la balanza hoy. Yo estoy esperando que me pidas ayuda. ¿No me oyes llamándote? ¿No oyes mi llanto? ¿En dónde estás? 

En Rosh HaShaná serán inscritos y en Iom Kipur serán sellados… quién vivirá y quién morirá, quién descansará y quién deambulará…”

Hoy es el comienzo del tiempo. Hoy recordamos y somos recordados. Hoy vemos que no nos creamos a nosotros mismos y que no podemos sobrevivir por cuenta propia. Una foto en un periódico hace un tiempo mostró a israelíes probándose máscaras de gas. Las máscaras se veían tan extrañas, casi como disfraces de extraterrestres. Luego me di cuenta que ponerse una máscara para respirar es mucho menos extraño que la milagrosa realidad sobre cómo realmente respiramos por cuenta propia cada día. Pensamos que sólo estamos respirando, pero en realidad el Rey está creando y decretando cada respiración que damos.

Creemos que hemos decidido lo que haremos este año, pero el Creador del mundo tiene sus propios planes. Nuestras vidas están en Sus Brazos. El llanto del shofar nos acuna. Somos encontrados. Somos recordados.

Estamos parados ante el Rey. Nuestra vida está en peligro. Esta es nuestra oportunidad para hablar y decir: te necesito. Por favor susténtame. Por favor cúrame. Por favor bendíceme. Ahora veo que estoy perdido. Quiero escuchar que me llamas. Por favor dame las palabras. Por favor dame la voz. Quiero responder a Tu llamado.