Me paré frente al gran escritorio con el corazón latiendo. No había nada que pudiera decir. Se esperaba de mí una tarea y no la había completado. Tenía 29 años y estaba en la oficina de mi jefe. Durante los últimos cinco días me había pedido que le informara sobre el proyecto. Cada día le había ofrecido una excusa diferente y su paciencia se había agotado. Entonces, aquí estábamos: él de un lado del escritorio y yo del otro.

De repente me di cuenta que, en el pasado, ya había sentido exactamente las mismas emociones parado frente a otro escritorio grande, sudando y hecho un manojo de nervios. Fue cuando tenía diez años y estaba en la oficina del director. Mi maestro me había pedido varias veces que entregara el análisis del libro, cuya fecha de entrega ya había pasado, y yo le había dado una excusa diferente cada día. Hasta que mi maestro no lo toleró más. Entonces, allí estábamos, con el director de un lado del escritorio y yo del otro.

De nuevo me preparé para lo peor. No había cumplido con mi obligación, lo que desencadenó la atemorizante conclusión de que estaba a punto de perder mi trabajo. Mi empleador giró su silla de cuero de manera que quedó frente a mí. Movió su mano y señaló hacia la silla que estaba junto al escritorio para que me sentara. Mientras me inclinaba para sentarme sentí como si tuviera diez años de nuevo, asustado y solo, sin nadie a quien recurrir.

De repente, mi jefe caminó alrededor del escritorio hasta donde yo estaba sentado y tomó una silla para sentarse a mi lado.

 

De repente mi jefe se paró, caminó alrededor del escritorio hasta donde yo estaba sentado y tomó una silla para sentarse a mi lado. No me lo esperaba. Me sentí aún más incómodo.

“¿Sabes por qué estoy sentado a tu lado?”, preguntó. “Para que sepas que estamos en el mismo equipo. No estoy aquí para regañarte. Te contraté porque creo en tu capacidad y habilidad. Como tu empleador, es mi obligación asegurar que tengas éxito”.

A medida que los judíos nos acercamos a Rosh HaShaná, el “Día del juicio”, hay un temor palpable, algo así como un estudiante temblando parado frente al director o como un empleado ante su superior. Rabí Iojanán ofrece un enfoque diferente (Rosh HaShaná 17b). Él nota que en el versículo de la Torá donde se describen los trece atributos de misericordia —que los judíos recitamos para recibir el perdón de Dios— dice: “Dios pasó frente a él (Moshé) y proclamó…” (Éxodo 34:6), implicando que Dios mismo dijo los trece atributos. Rabí Iojanán dice que este versículo nos enseña que Dios apareció ante Moshé envuelto en un talit como si Él hubiese sido el jazán en la plegaria de la congregación. Dios estaba demostrando que está de nuestro lado, en nuestro equipo, abogando por nosotros. Dios se sentó de nuestro lado del escritorio; el Midrash dice que en Rosh HaShaná Dios (figurativamente) se levanta de su ‘silla de juicio estricto’ y se pasa a su ‘silla de misericordia’.

Cuando recibí la confianza de mi jefe sentí que se levantaba una carga inmensa de mis hombros. Pero nuestra conversación no había terminado. Yo sabía que él esperaba escuchar de mí un plan de acción detallado que remediaría mi fracaso anterior para cumplir con mi compromiso. Le aseguré que esa tarde entregaría un sistema paso a paso que me permitiría cumplir con mis responsabilidades.

De manera similar, Rabí Iojanán escribe que cuando Dios le presentó los trece atributos de misericordia a Moshé, le dijo: “Que los judíos realicen este servicio (de los trece atributos)”. Rabí Iojanán no escribió que los judíos ‘digan’ los trece atributos, sino que los ‘realicen’. Dios quiere que emulemos Sus caminos, “Así como Dios es misericordioso, tu también debes ser misericordioso”. La manera de reparar nuestra relación con Dios es demostrar con nuestras acciones que, a pesar de que hemos fallado en el pasado, estamos listos para volver a intentarlo. Dios quiere nuestro plan de acción detallado, que nos comprometemos a seguir, y lo quiere sobre su escritorio, a más tardar el día de Iom Kipur.

Shaná tová, que tengas un dulce año nuevo.