Estamos ya en el período comprendido entre Rosh HaShaná y Iom Kippur, Se acercan ya aquellas horas que serán tan decidoras para el próximo año. Tenemos una importante reunión con Dios... no sé si es la más importante del año, pero al menos es aquella donde se nos evalúa y se espera de nosotros que lleguemos con alguna buena idea o un buen plan para el año entrante. Un plan que justifique las horas de vida, salud y parnasá que pediremos.

Se me viene a la mente algo que uno siempre ve en círculos sociales como en la universidad, en nuestras comunidades o en el trabajo. Una curiosa dinámica que a muchos les sonará familiar.

Primero, el jefe cita a una reunión. Los citados se ponen ligeramente nerviosos ya que por algo el jefe está citando a la reunión, así que todos llegan a la misma sabiendo que hay algún tipo de problema (o varios) que hay que solucionar. Ya en la reunión se discute mucho acerca del problema levantado, y cada uno da su versión e interpretación del mismo. Por último, muchos empiezan a proponer posibles mecanismos de solución. Incluso, ¡muchas de las ideas planteadas son muy buenas! Todos salen de la reunión con la firme convicción de que las cosas van a mejorar ya que la reunión estuvo súper buena y entre todos acordaron los componentes del plan de acción a seguir, basados en los excelentes aportes de cada uno de los participantes.

Pero pasan las semanas y el problema no se soluciona. ¿Cómo puede ser que no haya cambiado nada si la reunión estuvo tan buena, todos participaron y, por sobre todo, surgieron tantas buenas ideas?

La razón es muy simple. Toda excelente idea o excelente plan está condenado al fracaso si no se cristaliza en tres cosas: 1) tareas, 2) plazos y 3) responsables. Aquellas buenísimas ideas que a alguien se le ocurren en la reunión, aquel plan genial consensuado entre todos tiene que, invariablemente, verse reflejado en 3 cosas: tareas, plazos y responsables. ¡Sólo así nos aseguramos que se lleven a la práctica aquellas excelentes ideas! Si no lo hacemos seguirán siendo sólo buenas ideas.

A veces nos pasa lo mismo frente a Rosh HaShaná: Primero nos citan a la reunión. Definitivamente la fecha y hora de la reunión no la fijamos nosotros, con lo que queda claro quién es el que manda. Luego, todos llegamos a la reunión con algún problema. Puede ser grande, chico, grave o menos grave. Pero todos llegamos con la sensación de que algo tiene que cambiar. Durante la reunión pensamos mucho en esas cosas que hemos hecho mal o las cosas que queremos cambiar, ya que durante las últimas semanas hemos leído mucho sobre Elul y todo alrededor nuestro grita "Jeshbón haNefesh".

Es más, nos proponemos firmemente un cambio, cosas que queremos lograr... ¡Si somos ordenados hacemos una lista en un cuaderno que revisaremos el próximo año!

Pero muchas veces pasa un año más, llegamos a la próxima reunión y si bien seguramente algunas o muchas cosas las habremos logrado, quedarán un par de "planes" pendientes en el cuadernito que vienen del Rosh HaShaná anterior.

Tal como ocurre en el trabajo creo que mucho de esto pasa porque no somos consecuentes en asignar tareas, plazos y responsables frente al plan estratégico más importante de todos, el de nuestras vidas. No es que no tengamos el objetivo claro, si no que "algo" pasa en el camino. ¿De qué sirve un excelente diseño si falla la implementación? De poco, ya que terminamos con ideas geniales terminadas en fracasos, como el Betamax y el Titanic.

Entonces, en estos 10 días antes de Iom Kippur, cuando estemos pensando en todas las cosas que queremos lograr este año, demos ese paso adicional y, con la ayuda de Dios, fijemos tareas, plazos y responsables claros y específicos para cada una de las cosas que nos propusimos. Es incluso más fácil que en una empresa, ¡ya que hay un sólo responsable para las tareas! Y el plazo no debiera sernos difícil de fijar: la próxima reunión y todas las que siguen están ya fijadas de aquí a la eternidad.

Pero, para aumentar el éxito de nuestro plan tenemos que ser muy cuidadosos al definir las tareas: no tengamos miedo de detallarlas en cosas y objetivos muy específicos y concretos. Desagreguemos el problema en pasos tan chicos que parezcan insignificantes: cuando estamos frente a metas o tareas gigantescas que parecen inabordables y las desmenuzamos en pedacitos chicos, estas "tareas" parecen ser ya más abordables. Esto nos hará más fácil el cumplir con nuestro plan. No se trata de no tener metas ambiciosas: se trata de transformar esas metas ambiciosas en muchas tareas pequeñas que podamos proponernos para el día a día. Que no nos dé vergüenza anotar tareas muy chicas en nuestro cuadernito: la belleza está en entender que esas tareas chicas son la clave para lograr nuestro objetivo mayor. ¡Las tareas "titánicas" son las que se hunden, no las chicas! Además, Dios seguramente invertirá más en un plan que además de tener buenos objetivos es implementable, y sin duda queremos que Dios invierta en nosotros.

Por último, el seguimiento: revisemos periódicamente nuestra lista de pendientes. Si fuimos inteligentes y separamos nuestros tremendos proyectos en tareas chicas nos será más fácil cumplirlas y veremos el progreso, lo que nos motivará a seguir avanzando.

Dios quiera que en estos 10 días antes de Iom Kipur tengamos la sabiduría de proponernos buenas metas para este nuevo año, y que tengamos la jojmá de traducirlas en tareas adecuadas a nosotros. Así, con la ayuda de Dios, trataremos de llegar a la próxima "reunión" con la mayor cantidad de tareas finalizadas y estaremos listos para nuestra siguiente lista.

¿Cómo se comen un elefante las hormigas?

De a poco.

Shaná Tová y Jatimá Tová.