Era un día común y corriente en la corte de la jueza Mindy Glazer de Miami, cuando Arthur Booth de 49 años se presentó ante ella en una audiencia para recibir una fianza. Lo habían arrestado un día antes por irrumpir en una casa, robar un auto y escaparse de la policía. Él provocó dos accidentes antes de chocar el auto robado y ser arrestado.

Lo que ocurrió a continuación fue increíble. Mientras acomodaba los papeles sobre su escritorio, la jueza Glazer le preguntó a Booth: “Tengo una pregunta, ¿acaso fuiste a la escuela secundaria Nautilus?” Booth la miró, la reconoció, se cubrió el rostro con las manos y sobrecogido de emoción exclamó: “¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!”.

La jueza le dijo: “Lamento verte aquí. Siempre me pregunté qué había sido de ti”. Y luego continuó diciéndole a la corte: “Este era el joven más agradable de la secundaria. Era el mejor. Yo jugaba fútbol con él, todos los niños, y miren lo que ha pasado”. Glazer fijó su fianza en $43.000 y cerró la audiencia diciéndole: “Buena suerte. Espero que pueda salir bien de esto y que viva conforme a la ley”.

Después de la audiencia entrevistaron a la prima de Booth y le preguntaron por qué pensaba que él se había emocionado tanto. Ella respondió: “Probablemente él pensó: ‘Huau, tuve todas esas oportunidades y esas capacidades. Yo debería haber estado allí arriba…’ Lo embargó la emoción porque se llenó de remordimiento al pensar lo que podría haber sido”.

Nos presentaremos ante el Juez que nos conoce desde pequeños y nos sentiremos sobrecogidos por la sensación de lo que podría haber sido.

El majzor de Rosh Hashaná dice: “Hoy es el cumpleaños del mundo. Hoy todas las criaturas del mundo son juzgadas”. Al igual que Booth, nos presentaremos ante el Juez que nos reconoce, que nos conoce desde pequeños y todavía antes. Al igual que Booth, nos sentiremos sobrecogidos por la sensación de lo que podría haber sido. Al confrontar la realidad de todos los errores que cometimos, del mal juicio que demostramos, de los comportamientos autodestructivos a los que nos dedicamos, de las oportunidades desperdiciadas y del potencial no desarrollado, nos invade un profundo remordimiento, un intenso arrepentimiento y una aguda consciencia de lo que podría haber sido.

Quiebra el hábito

Leo Tolstoy, el famoso escritor ruso, dijo: “Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo”. Yo no estoy de acuerdo. Pienso que sí queremos cambiar. Queremos convertirnos en las personas que debemos ser, las personas que somos capaces de ser. Pero muchos simplemente no sabemos cómo lograrlo.

Rav Iehudá HaLevi escribió en uno de sus poemas: “El mundo es una prisión y cada hombre es un prisionero”. A menudo nos sentimos atrapados, confinados por las limitaciones autoimpuestas que fijamos para nosotros mismos o por los hábitos, las prácticas y los comportamientos que pensamos que no podemos cambiar. De acuerdo con la Sociedad de Psicología de la Personalidad y Social, por lo menos el 40% de nuestras actividades diarias están dirigidas por el hábito.

Nos enojaremos o mantendremos el control, comeremos sano o nos descontrolaremos, nos distraeremos por la tecnología o nos desconectaremos, todo esto y mucho más ha sido programado en nuestras vidas cotidianas de tal forma que prácticamente funcionamos en piloto automático. Nos sentimos aprisionados y atrapados por los hábitos que hemos formado y por el impulso que lleva adelante nuestras vidas.

En Rosh Hashaná podemos lograr liberarnos de aquello que nos restringe y limita.

Nuestros Sabios enseñan que Rosh Hashaná es el aniversario del día que Iosef fue liberado de la prisión en Egipto (Talmud, Rosh Hashaná 10b). Esto no es mera coincidencia; es un reflejo de la fuerza y del potencial que tiene este día para ser libres.

Al escuchar el sonido del shofar, al celebrar que Iosef fue liberado de la prisión, es el momento para liberarnos de nuestras propias prisiones. Hoy es el día para lograr finalmente liberarnos de aquello que nos restringe y nos limita.

Despiértate y vive

Rav Soloveitchik explica que los seres humanos tenemos el potencial de ser objetos o sujetos. Cuando nuestras vidas funcionan en piloto automático, cuando nos volvemos criaturas de hábito, en esencia nos permitimos convertirnos en objetos. Cuando estamos despiertos y tenemos consciencia espiritual, cuando dirigimos nuestras vidas en vez de dejar que ellas nos dirijan, somos sujetos.

No es una coincidencia que cuando el pueblo judío falla y comete errores, la Torá diga que “cayeron”. Un objeto se ve afectado por la gravedad, desciende y cae. Asimismo, cuando permitimos que nuestra vida nos transforme en objetos, caemos. En contraste, cuando la Torá quiere describir a alguien que crece, que cambia y hace teshuvá, habla de ascender, de subir. Cuando elegimos ser sujetos y no objetos, cuando somos disciplinados y tenemos control sobre nuestras vidas, podemos superar la fuerza de la gravedad y elevarnos.

Cuando estamos dormidos, somos objetos. Somos sólo cuerpos inconscientes. Cuando oímos el llanto del shofar y nos despertamos, nos volvemos a convertir en sujetos, en personas animadas, pensantes, que toman elecciones. Muchos estamos dormidos incluso mientras estamos despiertos. Vivimos la vida como objetos. El shofar es la alarma que grita: “¡Despierta! Sé un sujeto y no un objeto, asciende y no desciendas; libérate de la prisión de tu vida”.

Esta es la fuente de la costumbre de no dormir la siesta el día de Rosh Hashaná. No es un momento para ser un objeto; es el día para ser sujetos, para despertarnos y finalmente efectuar los últimos cambios para convertirnos en las personas que conocemos y que el Juez sabe que debemos ser.

¿Pero cómo?

Resoluciones versus deseos

Rav Kalonimus Kalman Shapira Hy''d, era un Rebe jasídico de Polonia que fue el Rabino del Gueto de Varsovia y tras sobrevivir el levantamiento los nazis lo mataron de un tiro en el campo de trabajo Trawniki.

En su diario espiritual, llamado Tzav VeZiruz, repleto de increíbles pensamientos y consejos humanos, dice lo siguiente:

Si quieres saber si has progresado en tu camino espiritual a lo largo de los años, la forma de juzgarlo es observar tus resoluciones –tu impulso interno- y no tus deseos. Sólo el impulso interno con el cual trabajas para lograr el objetivo deseado se considera una resolución. Pero si tú no trabajas sino que sólo lo deseas, eso no se considera una resolución. Es sólo algo con lo cual deseas ser bendecido. Por ejemplo, el pobre que trabaja para mantenerse a sí mismo, esto es un impulso, porque hace algo constructivo al respecto. Pero el deseo de encontrar un millón de dólares es sólo un deseo de ser rico y no una resolución. A cada judío le gustaría ser un tzadik, una persona recta, pero esto no es más que un deseo. Le gustaría levantarse una mañana y de repente descubrir que es un tzadik. Sólo el nivel y el estado de ser hacia el cual trabajas seriamente puede en verdad ser llamado una resolución.

El Rebe dice que el secreto para el cambio real es ser honestos con nosotros mismos y distinguir entre nuestros deseos y el hecho de realmente adoptar resoluciones. Hay innumerables cosas que decimos que deseamos cambiar en nosotros mismos. Queremos comer más sano, ser más pacientes, pasar más tiempo con nuestros hijos, encontrar tiempo para hacer trabajo voluntario, ir a un minián más a menudo, estudiar más Torá, hacer actos de bondad, etc.

El secreto para cambiar es dejar de desear y comenzar a adoptar resoluciones reales.

Decimos que lo queremos hacer, pero en verdad son sólo deseos. Deseamos despertarnos una mañana y descubrir de repente que hacemos esas cosas. El secreto para cambiar es dejar de desear y comenzar a adoptar resoluciones reales. El crecimiento personal es el resultado de hacer un plan, desmenuzarlo, y considerarnos responsables de cumplirlo.

Cuando tomas una resolución, cuando formulas un plan, necesitas saber dónde están las trampas y qué puede llegar a tratar de desviarte del camino.

Un plan, una resolución, debe ser articulado y serio. Podemos registrarlo en un papel, fijar un recordatorio en nuestro teléfono o simplemente repetirlo en voz alta para nosotros mismos, pero no es real, es sólo un deseo y no una resolución hasta que quede formalmente verbalizado, articulado y registrado de tal forma que haga que sea más probable que lo sigamos.

Comparte tu resolución con tu pareja, con un miembro de la familia o con un amigo confiable. Pídeles que te ayuden a formular un plan para mantenerte responsable de tu compromiso.

Robin Sharma, experto en liderazgo, dijo: “No vivas 75 veces el mismo año y lo llames una vida”. No nos sentemos un Rosh Hashaná tras otro y llenemos nuestros corazones y mentes con deseos que se disiparán tan rápido como el sonido del shofar. No nos presentemos ante el Juez que nos conoce desde que nacimos y que sabe de qué somos capaces, llorando por las oportunidades perdidas y por lo que podría haber sido. Hoy, ahora mismo, como Iosef, salgamos de la prisión y liberémonos para convertirnos en las personas que sabemos que podemos ser.