Un conocido me invitó a la celebración de un hito importante en su vida: el aniversario de otro año de sobriedad. Mi amigo es alcohólico y es miembro de la organización Alcohólicos Anónimos. Cada año, para celebrar el aniversario de sobriedad, se realiza un evento abierto al público y los miembros reciben una medalla al comienzo de la ceremonia.

Fue un evento de una hora que me cambió la vida; un evento donde había hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, algunos llenos de tatuajes y piercings, otros vestían ropas de diseñador. Es difícil imaginar un grupo más ecléctico y diverso reunido en un solo cuarto y, sin embargo, a pesar de todas las diferencias, no sé si alguna vez he estado en presencia de personas tan unidas y tan solidarias; es casi como si hubiera un “lazo familiar” entre ellas.

Los miembros de AA son parte de una fraternidad especial, un grupo unido por una batalla común y, por lo tanto, pueden relacionarse entre ellos de maneras que nadie puede. La lealtad, la unión y las muestras extraordinarias de apoyo son algo realmente especial.

Escuché atentamente cuando el encuentro comenzó con una lectura de los 12 pasos seguida de las 12 promesas que el programa les hace a quienes lo siguen firmemente. Antes del comienzo de la inspiradora sección en donde los miembros comparten sus experiencias, los “festejados” recibieron sus medallas. El primero de ellos era una mujer que festejaba su segundo aniversario de libertad del alcohol. En sus comentarios dijo algo que me hizo pensar. Dijo que ser alcohólica la hacía sentir como un “artículo defectuoso” y, en algunos aspectos, “inferior”. Dijo que superar sus batallas con el alcohol y sentirse sana son una fuente de bendición que supera por mucho los sentimientos negativos.

Todos tenemos alguna clase de adicción.

Artículo defectuoso, inferior. Me sorprendieron sus palabras y no podía evitar pensar que tanto ella como todos los demás en el cuarto eran cualquier cosa menos eso. Si fuésemos honestos con nosotros mismos, reconoceríamos que todos tenemos un vicio, un mal hábito o una adicción. Algunos son adictos al trabajo y jamás ven a sus familias. Otros son adictos a las compras y gastan más de lo que tienen o compran cosas que jamás necesitarían. Algunos luchan con los chismes, otros tienen dificultad para evitar ver imágenes obscenas. Algunos llevan vidas sedentarias sin ejercitar nunca y otros tienen hábitos alimenticios que dejan mucho que desear. Algunos se enojan fácilmente y otros parecieran no aprender nunca a hablar con amabilidad. Algunos manejan demasiado rápido y otros envían mensajes de texto mientras manejan. Algunos no pueden desconectarse de su tecnología y otros no pueden vivir sin el último modelo.

Si bien puede que la sociedad etiquete todas estas actitudes como “malos hábitos”, por alguna razón los ponemos en una categoría diferente a otras adicciones como el alcohol o las drogas, a pesar de que presenten patrones, comportamientos y compulsiones similares, así como consecuencias igualmente devastadoras. Mientras que los adictos al alcohol y las drogas tienen programas y grupos de apoyo, la mayoría de las otras prácticas no sólo son ignoradas, sino que a veces justificamos su comportamiento en el mejor de los casos, mientras que lo alentamos en el peor. El adicto al trabajo nos impresiona; puede que hasta nos genere celos. Ignoramos, o hasta a veces glorificamos al adicto a la tecnología llamándolo “cool” o “moderno” y nos identificamos con el adicto a la comida chatarra. El que posterga todo dice no poder encontrar inspiración a menos que sea el último minuto y la persona obsesionada con la ropa y el estilo es considerada “atractiva”.

Los miembros de AA tienen muchísimo para enseñarnos a nosotros —quienes no podemos vivir sin nuestros vicios— sobre lo que implica confrontar un mal hábito, deshacerse de una tentación implacable y perseverar. De hecho, no sólo no son inferiores ni defectuosos, sino que quienes superan exitosamente el alcoholismo son heroicos guerreros que merecen tanto que los admiremos como que los emulemos. Después de todo, la famosa mishná de Ética de los Padres enseña: “¿Quién es fuerte? Aquel que conquista su inclinación hacia el mal” (4:1).

Confrontemos nuestros vicios e imperfecciones al igual que los alcohólicos: cada día, todos los días.

En pocos días llegaremos a Rosh HaShaná y seremos evaluados por nuestro estilo de vida, nuestros hábitos y nuestro comportamiento. Nos estamos quedando sin tiempo para realizar una “intervención” sobre nosotros mismos y finalmente admitir que tenemos un problema o, en algunos casos, muchos. Todo el que es parte de una reunión de AA comienza diciendo su nombre seguido de la valiente confesión: “...y soy alcohólico”. Lo que los participantes dicen sólo tiene credibilidad si comienza con la confesión y el reconocimiento de que hay un problema. De la misma forma, el proceso de nuestra teshuvá (arrepentimiento) comienza con la confesión, es decir, la declaración verbal y expresa: me he equivocado, tengo un problema y quiero corregir mis malos hábitos.

“En el lugar en el que se para erguido aquel que ha conquistado sus limitaciones, una persona completamente recta no se para”. Con respecto al adicto que se recuperó, cualquiera haya sido la adicción, nuestros Sabios dicen que es superior a alguien que nunca tuvo un problema.

No esperemos a tocar fondo para cambiar. Aprovechemos este tiempo especial del año para hacer una revisión honesta de nuestra vida y confrontar nuestros vicios y defectos como lo hacen los alcohólicos en recuperación, cada día, todos los días. Que tengamos el mérito de pararnos erguidos junto a ellos.