¿Cómo se vería el mundo si la Torá nunca hubiera sido entregada? Acompáñenme, si lo desean, por una gira por la ciudad de Nueva York en un hipotético mundo donde la revelación en el Sinai nunca tuvo lugar.

Conducimos a través del puente de Brooklyn, bajamos la velocidad en la Avenida Roosevelt, y estacionamos nuestro automóvil en un enorme estacionamiento de acero y concreto. Caminamos por las calles del centro de Manhattan y estiramos nuestros cuellos para apreciar los relucientes techos de los rascacielos. Sabiendo que las civilizaciones paganas de la antigüedad sobresalieron en logros tecnológicos, no estamos sorprendidos de que la tecnología avanza con rapidez en un mundo carente de Torá.

A continuación serpenteamos a través del Centro Lincoln. Oímos la música de un concierto en progreso, pasamos un teatro donde se está representando un drama contemporáneo, y vemos gente bien vestida alineada para comprar entradas para el ballet. El arte no necesita Torá para florecer.

Desde allí nos dirigimos a Wall Street. Damos un vistazo a la bolsa de comercio. Las empresas y el comercio prosperan. No hay diferencia aquí.

Nuestro recorrido nos lleva entonces a los barrios residenciales llenos de altas torres de apartamentos. Aquí por primera vez nos damos cuenta que falta algo. No hay escuelas.

Hay una exitosa academia para los ricos y bien nacidos. ¿Pero educación para las masas? ¡Qué ridículo!

¿Qué sucedió con la Escuela Pública 132, con el secundario Woodrow Wilson y con el colegio de la ciudad? En la zona alta de la ciudad, se nos dice, hay una exitosa academia para los ricos y bien nacidos. ¿Pero educación para las masas? Nuestro guía se ríe por lo bajo, "¡que ridículo!".

Como el Rabino Ken Spiro señala en su magnifico libro World Perfect (Mundo Perfecto), la educación pública era una idea inverosímil en el mundo pagano (como en las sociedades politeístas hoy), donde la tasa de alfabetización es generalmente 1/10 de 1%. Incluso la Antigua Roma, que necesitaba una clase dominante educada para administrar su extenso imperio, ostentaba una tasa de alfabetización de sólo el 10-15%. No sólo Grecia y Roma no consideraron beneficioso el educar a las masas, sino que veían la educación como un peligro potencial para la estabilidad de la sociedad.

La Torá innovó la idea de la educación para todos. Concretamente ordena a los padres a educar a sus hijos. (Deuteronomio 6:7) De hecho, un código de leyes tan intricado como la Torá y obligatorio para todos los miembros de la sociedad, inherentemente demando estudio. Si un judío no sabía lo que todos los mandamientos implicaban ¿cómo podría cumplirlos? Así la educación en masa fue un valor ordenado por la Torá a través de la historia judía, causando al monje medieval Peter Abelhard escribir: "Un judío, aún siendo pobre, incluso que tenga diez hijos, pondrá a todos a estudiar, no para ganar, como hacen los cristianos, sino para comprender las leyes de Dios. Y no sólo a sus hijos, sino también a sus hijas".

A medida que continuamos nuestro recorrido por la ciudad de Nueva York, nos damos cuenta que no hemos oído una sola sirena de ambulancia. Cuando nos preguntamos, "¿Dónde están los hospitales?" nos encontramos con una blanca mirada. "Usted debe saber a lo que nos referimos", insistimos, "el lugar donde los enfermos son atendidos y se salvan vidas".

Un destello de entendimiento: "O, sí. Tenemos un lugar que brinda atención médica... para aquellos que pueden permitírselo por supuesto".

"¿Y para los demás?" preguntamos consternados. "No pueden simplemente dejar que mueran".

"¿Por qué no?", recriminó en su respuesta.

Ninguna sociedad antes de la Torá o sin Torá atribuyó un valor intrínseco a la vida humana.

Ninguna sociedad antes de la Torá o sin Torá atribuyó un valor intrínseco a la vida humana. De ello se deduce que para el gobierno o la sociedad dedicar sus recursos para curar o preservar la vida -- y sentir tanta urgencia para salvar vidas como para equipar ambulancias -- sería considerado una empresa carente de sentido. El derecho a la vida, que las sociedades modernas consideran "evidente", no lo era para todas las sociedades en el mundo antes o después del Sinai, excepto donde la influencia de la Torá penetró.

Por el contrario, el infanticidio de bebés indeseables (como las niñas y personas con discapacidades menores) fue practicado universalmente, y respaldado por "iluminados" pensadores como Aristóteles. Matar por entretenimiento era la diversión más popular en la Antigua Roma, donde 50.000 personas se reunían en el Coliseo para ver a criminales condenados (por delitos capitales, tales como profesar el cristianismo), esclavos y prisioneros de guerra alimentar a los leones y ver luchas a muerte de gladiadores. Entre estos espectaculares asesinatos, no sea que la gente se aburra, se ofrecían para la diversión durante el entreacto ejecuciones en hogueras, decapitaciones, y desollaban gente viva.

En un mundo donde la muerte por conveniencia o deporte era la norma universal, la Torá introdujo el concepto de la santidad de la vida. "No matarás", el sexto de los diez mandamientos revelados en el Sinai, no era simplemente pragmatismo ético como lo fue en otros códigos de leyes antiguos, cuyo objetivo era proteger no al individuo, sino la estabilidad de la sociedad. La Torá afirma que todos los seres humanos -- incluidos los infantes, esclavos, y delincuentes condenados -- son santos porque fueron creados a imagen de Dios. Como proclama el Talmud: "El que salva una vida es como si hubiera salvado el mundo entero". El valor del individuo -- y por lo tanto su vida -- es una innovación de la Torá.

En la India en 1981, conocí una pareja cuyo hijo de 22 años había sido herido en un accidente de tráfico mientras manejaba su moto por las calles de Calcuta. El joven quedó tirado en la vía pública por siete horas, hasta que se murió desangrado. Se trata de una sociedad en la que la Torá no ha penetrado.

Nuestro Tour por Manhattan sin Torá nos lleva a un pequeño pero majestuoso edificio. Se nos informa que este es el palacio de justicia para toda la ciudad. "¿Cómo puede una pequeña corte servir a millones de personas?", preguntamos perplejos.

"¿Millones de personas?", responde sorprendido. "Sólo unos cuantos miles de personas -- la elite -- tiene el derecho a entablar acciones".

Cuando la Torá estableció el principio de igualdad ante la ley, el resto del mundo se reía. "No cometerás una perversión de la justicia; no favorecerás a los pobres y no honrarás a los poderosos" (Levítico 19:15) habría sido considerado extraño si no hubiera sido ordenado por Dios. Según la Torá, incluso un rey no está por encima de la ley e incluso un esclavo no está debajo de ella. Los tribunales judíos han -- y siempre lo han hecho – escuchado casos iniciados por los trabajadores agraviados, mujeres y extranjeros. Por el contrario, la Antigua Atenas, la llamada "cuna de la democracia", extendía derechos legales totales sólo a unos cuantos miles de hombres que poseían tierras, dejando a sus otros cientos de miles de residentes (incluidas las mujeres, artesanos, campesinos y esclavos), sin recursos ante la ley.

En el pasillo de la corte, nos damos cuenta de algo curioso en la pared. Se trata de un conglomerado de doce líneas de números. "Esto es un calendario", explica nuestro guía. "Marca los días, meses, y años".

"¿Qué hay con respecto a las semanas?", preguntamos.

"¿Qué son semanas?", nuestro guía pregunta inquisitivo.

La división del tiempo en siete unidades de días marcados por el Shabat, un día de descanso, es un invento de la Torá. Corresponde con un ciclo no-natural. Completamente contrario a las metas materiales, el Shabat señala la necesidad espiritual única de reconexión y recreación. Incluso aquellos negadores del mundo occidental, para los cuales "el fin de semana" no significa un refrigerio espiritual sino una compra en el centro comercial, deben apreciar el regalo de la Torá de un día de descanso cada siete.

Habiendo vivido en la India, una sociedad donde cada día se parece a todos los demás (salvo el domingo con el cierre de escuelas y oficinas gubernamentales, impuesto por los colonizadores británicos), he visto cómo los seres humanos son erosionados por el tedio de 365 días de trabajo incesante. Ahora, en la pequeña corte, miré alrededor y observé las mismas expresiones de agotamiento.

Nos dirigimos a la Primera Avenida y la calle 46 sólo para descubrir que la familiar sede de las Naciones Unidas está ausente. Perplejos, nos preguntamos: "¿No hay algún organismo internacional cuyo objetivo, al menos en principio, sea resolver los conflictos entre las naciones en forma pacífica, sin recurrir a la guerra?".

Nuestro guía se confunde. "¿Cuál sería el objetivo de eso? La guerra es la tarea más noble del hombre. La guerra engendra héroes -- poderosos guerreros cuyas proezas derrotan al enemigo. ¿Y de qué otra forma una nación podría ampliar sus fronteras e incrementar su poder sin la gloriosa empresa de la guerra?".

Nos desesperamos, y comenzamos a buscar una pared curva donde está inscripta la visión del profeta hebreo Isaías: "Con sus espadas forjarán arados y hoces con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra".

No existe ni siquiera el ideal de la paz en este mundo en el que la Torá nunca ha sido entregada.

Buscamos en vano. No hay inscripción, no hay pared, ni siquiera existe el ideal de la paz en este mundo en el que la Torá nunca ha sido entregada.

Estamos caminando hacia el norte, pasando la zona residencial, hacia un vecindario de bajos ingresos, y aquí la diferencia más notoria nos paraliza. Las calles están bordeadas de desafortunados -- personas ciegas, personas lisiadas, niños hambrientos. Extienden sus manos y suplican en busca de ayuda. Me recuerda las ciudades en la India. "¿Por qué están estas personas en las calles?", demandamos. "¿Dónde están los orfanatos? ¿Las agencias de servicio social? ¿Las instituciones para los ciegos y los sordos? ¿Los comedores de beneficencia? ¿Los centros de rehabilitación para minusválidos?".

"¿Qué está sugiriendo?", nos responde el guía indignado. "No hay nada como eso aquí, y ¿por qué habría de haber? No hemos herido a estas personas. No es nuestra culpa si están hambrientos o discapacitados. No tenemos la responsabilidad de ayudarles".

Como Ken Spiro señala en WorldPerfect, en un mundo en el que numerosos códigos de ley prohíben el asesinato, el robo, y varios comportamientos anti-sociales, la Torá irrumpe en escena con un concepto totalmente novedoso: la obligación de hacer el bien en forma activa: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", (Levítico 19:18) y "No te pares en la sangre de tu vecino", (Levítico 19:16) cargan a la humanidad con la responsabilidad social, una idea que sociedades sin Torá nunca soñaron.

La Torá, a la cual Thomas Huxley llamó "La carta magna de los pobres y de los oprimidos", llevó adelante este punto con un gran número de mandamientos específicos destinados a proporcionar ayuda a los pobres, la viuda, el huérfano y el extranjero. La Torá obliga a los seres humanos a asumir la responsabilidad por el bienestar de las personas fuera de sus propios familiares y más allá del recinto de sus propios hogares, no porque era saludable para el cuerpo político, sino porque un Dios justo y amoroso demandó la compasión de todos sus hijos para todos sus hijos. Este planeta nunca ha conocido una idea más original.

La Revolución de la Torá

Nuestro tour por la ciudad de Nueva York no sería suficiente para revelar la verdadera revolución causada por la revelación en el Sinai. Sin Torá no sólo nuestro mundo, sino también nuestra vida serían completamente diferentes.

Si viviéramos en un mundo en el que la Torá nunca se hubiera entregado, seríamos irreconocibles para nosotros mismos. Como el autor Thomas Cahill, un católico, escribió en su libro, The Gifts of the Jews (Los Regalos de los Judíos):

Sin los judíos, veríamos el mundo con otros ojos, escucharíamos con oídos diferentes, incluso sentiríamos con sentimientos diferentes. Y no sólo nuestros sentidos, la pantalla a través de la cual recibimos el mundo sería diferente: pensaríamos con una mente diferente, interpretaríamos todas nuestras experiencias de manera diferente, sacaríamos conclusiones diferentes de las cosas que nos ocurren. Y dirigiríamos nuestras vidas en cursos diferentes.

Es importante tener en cuenta que todas la innovaciones que Cahill acredita a los judíos (a quienes él etiqueta como "Los inventores de la cultura occidental") tienen su origen no en los judíos mismos, sino en la revelación Divina a los judíos. Mientras que el patriarca Abraham fue de hecho un pensador original y el que descubrió el monoteísmo, ninguna persona o fuerza del mundo podría haber cambiado tan radicalmente la humanidad. La palanca que elevó al planeta tuvo que ser colocada fuera de él. Tal drástica transformación solo se pudo haber iniciado a través de la revelación Divina.

¿Cuál fue el cambio de paradigma que revolucionó el pensamiento humano y la lucha? Cahill señala que todas las culturas antiguas consideraban al tiempo como cíclico. Ningún evento o persona era único. Él escribe:

Los judíos fueron las primeras personas en romper este círculo, para encontrar una nueva manera de pensar y experimentar, una nueva forma de entender y sentir el mundo, hasta tal punto que se puede decir con justicia que la suya es la única idea que los seres humanos han tenido alguna vez. Pero su visión del mundo se ha vuelto tanto una parte de nosotros que en este momento es posible también que se hayan escrito en nuestras células como código genético.

El tiempo es la base sobre la cual los seres humanos tejen su sentido de la realidad. Donde el tiempo es considerado como cíclico, la realidad se caracteriza por el destino, la previsibilidad inexorable de la naturaleza, la devaluación del momento presente, y la inutilidad de la lucha humana.

Los círculos no tienen un fin, un propósito; giran sin parar. Los dioses de los antiguos panteones, al igual que los dioses de la India de hoy, no claman ningún propósito. Sus acciones son deporte divino, lila en terminología hindú, que significa "jugar". En esa visión del mundo, el único objetivo humano valioso es la liberación -- para escapar de alguna manera de la rueda del nacimiento y la muerte.

La Torá introdujo un Dios con propósito, con un plan para la historia de la humanidad.

La Torá introdujo un Dios con propósito, con un plan para la historia de la humanidad. Si la humanidad va a obedecer los mandamientos -- el plano Divinamente ordenado -- entonces un mundo utópico resultará. El futuro será diferente -- y mejor -- que el pasado. Por lo tanto, la Torá introduce el tiempo lineal. Al hacerlo, catapultó a la humanidad a un mundo de elecciones morales significativas, donde los seres humanos pueden crear su propio destino, forjar su propio futuro.

El relato de la Torá tiene lugar en tiempo lineal -- no cíclico. Cuenta las historias de personas que eran importantes, no como arquetipos (como en todas las demás gestas épicas antiguas) sino como individuos, personas que eran importantes no porque ejercían un gran poder, sino porque hicieron elecciones importantes.

Esas elecciones internas impactaron a sus descendientes e hicieron la historia. La historia no como un registro de guerras libradas y ganadas, sino como un testimonio moral de batallas que le dieron a la vida sentido y propósito. Abraham obedeciendo a Dios aún a costa de la preciada vida de su hijo, Iaacov luchando con el ángel del mal, Iosef resistiendo las tentaciones de la esposa de Potifar, Moisés aceptando a regañadientes el liderazgo en la zarza ardiente -- estos son los acontecimientos trascendentales que la Torá elige contar. Al hacerlo, impregna todas nuestras vidas, con sentido y posibilidad.

La Revelación en el Sinai

La próxima fiesta de Shavuot conmemora el evento que sacudió al mundo con la revelación divina en el Sinai. Es un día para reafirmar nuestro compromiso para estudiar y aplicar la Torá.

En ese día, hace más de 3300 años, el Dios infinito irrumpió a través de la barrera de la finitud humana y en presencia de toda una nación reveló Sus mandamientos.

La descripción de Thomas Cahill del escenario es lírica:

No es casual, por lo tanto, que la gran revelación del propio nombre de Dios y de sus mandamientos se produjo en un desierto montañoso, tan lejos de la civilización y su contenido como es posible, en un lugar tan diferente a la exuberante previsibilidad y comodidad del Nilo y el Éufrates como esta tierra nuestra puede ofrecer. Si Dios -- el Dios verdadero, el Dios único – fuera a hablar con los seres humanos, y si existiese alguna posibilidad de que lo oyeran, podría haber sucedido sólo en un lugar despojado de todos los puntos de referencia cultural, donde incluso la naturaleza... parecía ausente. Sólo en medio de rocas inhumanas y polvo podría esta colección falible de seres humanos imaginar convertirse en humanos de un modo completamente nuevo.

La revelación en el Sinai fue el momento más singular en la historia humana. Cuando considero lo que nuestras vidas habrían sido sin él, sólo puedo estremecerme.

En honor de mi madre
Muriel (Miriam bat Sarah)

Y en la memoria de
Herbert (Chaim ben Josef) Schnider