Marla y Steve eran novios de secundaria que se casaron con la presencia de toda la ciudad. Fue un casamiento de ensueños, y sus sonrisas mientras se contemplaban mutuamente bajo la marquesina nupcial irradiaban felicidad absoluta.

 Después de muchos años, hijos, cuentas, impuestos y despidos laborales, Marla y Steve todavía sonreían, pero… la vida se había metido en el medio. Había días en los que a duras penas se decían unas pocas palabras antes de colapsar en la cama, exhaustos. Había veces en las que discutían, en las que se decepcionaban mutuamente. Ya sabes, eso pasa.

 Steve se sorprendió al volver del trabajo un día y encontrar a Marla de pie en el salón, contemplando ansiosamente algo que sostenía en sus manos.

 “Querido, mira esto”, dijo Marla. Steve se acercó a ver lo que Marla sostenía en sus manos y sintió como su corazón subió a su garganta.

 “Míranos”, susurró suavemente. “¿Recuerdas cómo nos paramos uno al lado del otro, hace 24 años, y nos convertimos en marido y mujer?”.

 Él asintió.

 “Creo que nos dejamos llevar”, dijo tristemente. “¿Qué te parece si hacemos todo de nuevo?”.

 Steve miró a su mujer y sonrió. Era una idea maravillosa, un símbolo de renovación, de recapturar el amor y el compromiso que habían compartido hace tantos años. Y cuando renovaron sus votos de matrimonio ante un alegre y pequeño grupo de gente cercana, Marla y Steve se sintieron más conectados que nunca.

* * *

 

Esta semana, en la festividad de Shavuot, toda la nación judía está invitada a asistir a la “renovación de votos” anual, en donde renovamos los votos que hicimos en la ceremonia de matrimonio en el Monte Sinai hace más de 3,000 años. (No hace falta asistir con esmoquin).

Toda alma judía se paró al pie de esa majestuosa montaña. La boda fue perfecta, hasta las flores. El “novio”, (Dios, por así decir), unido en total armonía con la “novia”, (el pueblo judío, para bien o para mal), en los tiempos buenos y en los malos. Hubo relámpagos y pronunciamientos celestiales que dejaron una impresión imborrable en todas las almas que asistieron. Estábamos absolutamente enamorados y resplandecientes de esperanzas y sueños infinitos. Nuestros corazones latían con un solo propósito: consagrarnos completamente a Dios y servirle mediante el cumplimiento de Su Torá y de Sus Mitzvot.

Sentimos una alegría eterna.

Y luego… tú sabes, la vida se metió en el medio. Chicos, trabajo, cuentas, impuestos, a veces es difícil para los “cónyuges” tener tiempo uno para el otro. Nuestra conexión con nuestra Media Naranja se tornó tenue, el amor comenzó a palidecer. A veces simplemente no había tiempo para pasar siquiera unos pocos minutos materializando las esperanzas y sueños que se habían reflejado con tanto optimismo en nuestros ojos cuando nos paramos en esa resplandeciente montaña. A veces, sólo le mascullábamos unas pocas palabras a Dios durante todo el día, si es que alguna.

“Estoy a punto de ir a una reunión, Dios. Si sólo me dieras buena salud, una buena vida y dejas que mis hijos ganen el campeonato de fútbol, eso sería grandioso. ¡Te hablo después!”.

“En el fin de semana, en serio voy a leer ese libro de judaísmo nuevo y voy a traer un poco de espiritualidad a mi vida. ¡Lo prometo!”.

Como Steve y Marla, nos vemos atrapados en las vicisitudes de la vida y nos convertimos gradualmente en extraños viviendo bajo el mismo techo. Excepto que con Dios, la distancia es culpa de nosotros; Su compromiso con la relación nunca titubea.

Es hora de renovar nuestros votos.

Shavuot nos da la oportunidad para salir de nuestras agitadas vidas y celebrar nuestro aniversario reencendiendo el amor profundo y apasionado entre Dios y nosotros, y para comprometernos nuevamente con la relación.

Es una oportunidad para reflexionar y reconectarnos con nuestro Amado. Es un momento para regocijarnos en la dulzura de nuestra relación y para atesorar el precioso regalo de bodas, la Torá, que nos dio en el Monte Sinai. Mucho más que una fiesta para comer lácteos, Shavuot es una oportunidad anual para celebrar con Dios y recordar nuestro compromiso de ser Su querida nación. En los buenos tiempos, y en los malos.

¡Feliz aniversario!