Las festividades judías tienen muchos aspectos de significado que son paralelos entre sí. Históricamente, Pesaj celebra la formación del pueblo judío, Shavuot celebra la entrega de la Torá, y Sucot celebra el viaje del pueblo judío por el desierto en su camino hacia la Tierra de Israel.

La Torá también asigna un punto específico en el ciclo agrícola para cada festividad. Pesaj es el brote del grano, Shavuot es la cosecha y Sucot es la recolección y acopio de la cosecha.

También hay varias mitzvot (mandamientos) asociados a cada festividad. Pesaj es el festival de las matzot, Sucot es el festival de habitar en la sucá, y Shavuot es el festival de llevar un ofrecimiento de nuestros bikurim (primeras frutas) a Dios.

Los diferentes paralelos entre Pesaj y Sucot no son difíciles de asociar. Pesaj es el nacimiento del pueblo judío, y así también, en relación a la cosecha, es el brote del grano. Sucot es el destino de la nación judía marchando hacia la Tierra de Israel, su destino final. Y así, su paralelo en relación a la cosecha es la recolección del grano y el acopio en su “casa”, el silo (sucá).

¿Cómo se relaciona el punto intermedio en términos agrícolas de “cortar el grano”, con la entrega de la Torá?

Pero los paralelos de Shavuot parecen no coincidir. ¿Cómo se relaciona el punto intermedio en términos agrícolas de “cortar el grano”, con la entrega de la Torá? ¿Cuál es el paralelo? ¿Y cuál es la cualidad única que existe en el acto de “cortar el grano” que hace que esta metáfora sea apropiada para Shavuot?

Para entender la cualidad especial de esta etapa dentro del ciclo agrícola, debemos abordar el tema teológico de la omnipotencia de Dios y el libre albedrío del hombre.

El judaísmo demanda simultáneamente de nosotros un sentimiento muy fuerte de responsabilidad personal, y al mismo tiempo, un reconocimiento de la totalidad de Dios. Se nos impone que debemos hacer el bien como si todo dependiera de nosotros, mientras le rezamos a Dios con un sentimiento de máxima fragilidad humana. Debemos empujarnos al máximo, sin perder nunca de vista la omnipotencia de Dios.

Si el hombre viviera solamente con un sentimiento de la omnipotencia de Dios, eludiría sus obligaciones, adoptando una actitud fatalista de “nada tiene sentido”, y no lograría nada. Por el otro lado, si solamente tuviera en cuenta las capacidades que le han concedido, sería arrogante y egoísta. Lo que generalmente pasa es que terminamos inclinándonos emocionalmente hacia una perspectiva o la otra, dependiendo de las circunstancias particulares.

Esta paradoja es uno de los grandes temas teológicos, llamado el libre albedrío versus la omnisciencia Divina. Y más allá de cómo decidamos entender esto de manera intelectual, en la práctica, vivimos con ambos entendimientos como verdades, cada uno utilizado en su aplicación correcta.

Esta dualidad – de asumir el manto de la responsabilidad al mismo tiempo que creemos que todo viene de Dios – se expresa a sí misma más claramente que nunca durante el ciclo agrícola. Desde que la semilla es plantada hasta que el grano es cortado, solamente Dios está involucrado en su desarrollo. El acto de “cortar el grano” marca el comienzo del rol del hombre para procesarlo: trillar, aventar, tamizar, moler, etc. A través de sus acciones el grano se convierte en alimento comestible.

En esa crítica intersección de poner la hoz (guadaña) en el tallo, el grano pasa del dominio de la providencia Divina al mundo de la responsabilidad y la capacidad humana.

Un puente similar entre dos dominios se expresa a sí mismo en el momento de la entrega de la Torá. Antes de que la Torá fuera entregada desde el cielo, el mundo era el espejo de Dios, quien era el único Creador y Maestro. Ha sido señalado que el número de generaciones desde el comienzo del mundo hasta la entrega de la Torá es 26, que es el valor numérico del nombre inefable de Dios, connotando que todas esas generaciones vivieron solamente como una expresión de la benevolencia de Dios. Ellos no tenían una misión clara que los definía como merecedores de existencia por sí mismos.

Sin embargo, una vez que la Torá fue entregada al pueblo judío, entonces, se le asignó una misión al hombre. Ahora él es responsable del mantenimiento de la Torá y de promulgar su código moral. Depende de él construir o destruir el mundo.

Incluso en el relato de la Creación hay una pista del rol futuro del hombre. El sexto día de la creación está escrito de una manera que alude al sexto día del mes de siván, día en que sería entregada la Torá. Los rabinos nos enseñan que la creación del mundo por parte de Dios estuvo condicionada a la futura aceptación de la Torá por parte del hombre. Puede que todo haya sido obra de Dios, pero todo esto dependía del hombre en su 'razón de ser'.

Esta interrelación entre Dios y el hombre es verdad con respecto a todos los logros morales, pero se representa más fuertemente en el estudio mismo de la Torá. Nada está más cercano al sentimiento de identidad de la persona que sus facultades de razonamiento y comprensión. Y sin embargo, cuando estudiamos Torá, necesitamos estar plenamente conscientes de las dos verdades simultáneamente. No se puede decir que estamos estudiando la palabra de Dios, a menos que estemos convencidos y que creamos que las ideas que luchamos por entender son la sabiduría Divina de Dios. Y sin embargo, si no las comprendemos completamente con nuestro propio raciocinio y las entendemos con nuestras propias palabras y mente, tampoco hemos cumplido con nuestra obligación de estudiar Torá. Si las palabras de Dios no se han convertido genuinamente en nuestras propias palabras, entonces, todavía tenemos que recibir la Torá.

Tenemos en una mano el tallo de la generosidad de Dios, y en la otra, la hoz (guadaña) del esfuerzo humano.

Esta es entonces la magnifica festividad de Shavuot. El día en el que Dios le transmite la Torá al hombre, por así decir, y el hombre se convierte en responsable del mundo. El mundo se eleva o cae en base a los logros del hombre, y no en base a la benevolencia pura de Dios. Es por esto que el hecho de “cortar el grano” ha sido elegido como el momento para marcar la festividad de Shavuot. En una mano estamos sosteniendo el tallo de la generosidad de Dios, y en la otra, la hoz (guadaña) del esfuerzo humano.

Más aún, Dios nos ha dado la oportunidad de ser parte de Su sabiduría, para que la misma idea le pertenezca tanto a Dios como al hombre, al mismo tiempo.

Cuán apropiado es que ésta sea la festividad en la que llevábamos los primeros frutos a Dios cuando teníamos el Templo Sagrado. Mientras el fruto todavía está creciendo, es obvio para todos que todo está en las manos de Dios. Si esperáramos hasta mucho después de la cosecha, posiblemente nos hubiésemos acostumbrado a la noción de que es “nuestro” y agradecerle a Dios sería tardío y superficial.

Es en este preciso momento de poner la hoz (guadaña) en el tallo – en el “corte del grano” - que nos encontramos en el nexo entre estas dos fuerzas y podemos transmitir nuestra gratitud correctamente. Reconocemos la responsabilidad del hombre y la benevolencia de Dios al mismo tiempo, y reconocemos genuinamente que incluso eso, que es el fruto de la labor del hombre, es a fin de cuentas de Dios.

Celebremos la noche de estudio de Torá en Shavuot con el espíritu con el cual fue dada. Estudiaremos Torá con el imperativo de que sólo nosotros tenemos la habilidad para distinguir entre el bien y el mal, y que si no corregimos al mundo, nadie más lo hará. Y estudiemos las palabras de Torá con la humildad apropiada, sabiendo que todas nuestras luchas intelectuales están allí para entender una pizca de la sabiduría infinita de Dios.