A lo largo de mi vida he experimentado atemorizantes momentos en los cuales ha desaparecido el suelo debajo de mis pies y me he enfrentado al vacío. Cuando tenía seis años de edad, estaba colgada boca abajo en una barra en el parque de juegos cuando de repente me di cuenta que la barra era demasiado alta para mí y que no podía bajar de allí. ¿Quién me atraparía si caía?

Hubo un momento durante un aterrador accidente automovilístico en que vi por mi parabrisas como el otro auto perdía el control y entendí cuán vulnerable era mi vida. ¿Qué cosa me protegería del peligro?

Hubo un momento en el medio de la noche, en un solitario campo de fútbol, en que miré hacia las estrellas y pensé en lo lejana y pequeña que se veía su luz en comparación con la oscuridad que las rodeaba. ¿Cómo podía hacer para crear significado a partir de la nada? ¿Cómo podía hacer para traer la luz más cerca? ¿Cómo podía hacer para superar el caos y las dificultades? ¿Quién me atraparía si caía?

Pero he visto que Tú me has sostenido en las profundidades del océano cuando todo lo que podía oír era el rugir del agua. Me has acompañado en alturas de montañas que nunca creí que alcanzaría y me has envuelto con atardeceres tan hermosos que han dejado chispas infinitas luego de desaparecer. Me condujiste a través de mi niñez y me enseñaste cómo enfrentar luchas solitarias y transformarlas en alegres triunfos.

Perdonaste mis dudas, te mantuviste conmigo cuando tomé el camino equivocado y me encontré con callejones sin salida. Me acompañaste hasta la jupá; me bendijiste con hijos. Pero nunca dejaste de esperar que yo creciera. Me enviaste señales para que despertara cuando no podía ver hacia dónde me estaba dirigiendo. Enviaste mensajeros cuando necesitaba amigos que pensaba que ya tenía. Me diste calidez cuando pensé que el frío me superaría.

Me atrapaste cuando caí. Me protegiste cuando estaba en peligro. Me mostraste cómo crear significado a partir de la nada. Me mostraste que la luz no estaba tan lejos. Y me diste todo esto por medio de Tu maravillosa Torá. He aquí cuatro formas en las que Tu preciada Torá ha transformado mi vida:

1. La Torá me enseña cómo rezar. Cómo despertar en la mañana y decir gracias antes de hacer cualquier otra cosa. Como forjar un tiempo sagrado en mi día para permitir que mi vida se detenga por un momento para que pueda recordar quién soy y qué estoy tratando de lograr. Cómo pedir cuando necesito ayuda. Cómo transformar mis pensamientos negativos en positivos. Cómo quedarme en silencio por un momento en un ruidoso día. Cómo recordar que nunca estoy sola.

2. La Torá me da verdadera sabiduría. Me da el conocimiento de mis antepasados. Me enseña de dónde vengo y me dice qué características de personalidad debería tener. Me cuenta historias del pasado que aún son validas hoy en día, y me muestra cómo utilizar sus lecciones. Me da sabiduría que se hace más profunda cada día, conocimiento que atrae más conocimiento, ideas que mutan y crecen y cambian y me transforman.

3. La Torá me conecta con la nación judía. Supera las barreras de culturas y países y lenguajes. Trasciende las generaciones. Me conecta con mi tátara tátara abuela y con los hijos de los hijos de mis hijos. Me une al judío que me encuentro caminando en la calle, quien a pesar de no hablar mi mismo idioma está buscando una sinagoga. Me conecta con la mujer que está en la sala de espera del dentista, quien acaba de enterrar a su padre en Israel pero que ni siquiera sabía que ella misma es judía. Nos une. Nos mantiene unidos. Es la conexión más profunda y verdadera que tenemos.

4. La Torá me enseña a tener esperanza. Me muestra lo que significa esperar algo con amor por miles de miles de años de persecuciones y dificultades. Me enseña que la oscuridad no es tan fuerte como aparenta ser. Que la fe puede abrir puertas que no podíamos ver antes. Que la esperanza puede sanar inconmensurables rupturas. Que la obstinación y determinación pueden levantarnos nuevamente y empujarnos a lograr cosas increíbles.

Cada día, Dios nos da un regalo a cada uno de nosotros. Un regalo que ya está imbuido en la profundidad de nuestro ser. Un regalo que reconoceremos cuando lo recibamos. Un regalo que aceptamos hace mucho tiempo sin saber siquiera de qué se trataba. Un regalo que existe desde antes de la creación y que continúa renovándose diariamente. Un regalo que sostiene el mundo y deja chispas infinitas detrás de cada palabra.

Gracias por tu Torá. Por atraparme cuando caí, por protegerme del peligro, por mostrarme cómo crear significado en un espacio en el que no había nada. Y gracias por esta festividad de Shavuot, en la que nos diste este regalo una vez más.

Porque hay un momento en el medio de la noche en que todo está silente y sólo tus palabras están frente a mí, en que puedo tocar y ver y oír respuestas eternas haciendo eco y revoloteando a mi alrededor. Como letras de vida que han cruzado inmensas islas de tiempo para devolvernos nuestras historias y ayudarnos a escribir nuevas historias para el mañana.