Shavuot nunca tuvo el potencial de marketing de las otras festividades judías; no hay matzá, velas coloridas, lulav ni shofar. Y como resultado de esto, es la menos conocida de las principales festividades del judaísmo. No tiene ningún símbolo específico, nada que mostrar para capturar el interés de la gente.

Shavuot ni siquiera tiene un nombre propio. La palabra shavuot significa semanas, lo cual hace referencia a las semanas que pasamos contando hasta la festividad (ver Levítico 23:15-16). Entonces, Shavuot mismo, el día hacia el cual contamos, ni siquiera ameritó tener un nombre propio.

¿En qué es diferente Shavuot? ¿Por qué hay tan pocos rituales y simbolismo? ¿Cuál es el significado que hay tras esta obviada y pequeña festividad?

Una de las pocas costumbres que tenemos en Shavuot es quedarnos toda la noche estudiando. La razón clásica que se da para esta tradición es que en la mañana de la revelación en el Monte Sinaí los judíos se quedaron dormidos. ¡Dios descendió a la montaña para darnos Su Torá y nosotros aún estábamos durmiendo! Moshé tuvo que sacarnos de nuestras carpas para llevarnos a aquel evento culminante. Entonces, para reparar nuestro error, todos los años debemos quedarnos despiertos durante la primera noche de Shavuot para asegurarnos de estar despiertos por la mañana.

Todo quien haya experimentado el estudio de toda la noche de Shavuot reconoce la ironía de este razonamiento. Si miras a tu alrededor en la sinagoga cuando se relata aquel evento trascendental durante la lectura de la Torá, ¡verás que la mitad de la gente está dormida! Por nuestro afán de hacer expiación por nuestro error en el Monte Sinaí, adoptamos una costumbre que prácticamente garantiza que no estaremos más que semi conscientes en la mañana del gran evento. ¿Por qué adoptamos una práctica que parece ser tan irracional y contraproducente?

Hace muchos años, cuando yo era un estudiante en la Ieshivá, me quedaba en la Ieshivá hasta bien entrado el verano, después de que la mayoría de los chicos ya habían vuelto a casa. Un amigo mío, que era uno de los mejores estudiantes, me preguntó si podía pasar por su cuarto todas las mañanas para despertarlo (yo acostumbraba a despertarme temprano). Sus compañeros de cuarto ya se habían ido por el verano y a él le preocupaba no despertarse a tiempo para el rezo matutino. Comencé a pasar por su cuarto con regularidad cuando iba saliendo. A menudo lo encontraba desplomado en su cama —por lo general aún vestido—, con sus zapatos y sus anteojos puestos y la luz prendida. Claramente, había pasado la noche estudiando hasta el borde del agotamiento, en cuyo punto iba a su cuarto y se desplomaba directamente sobre su cama.

Ese muchacho no sólo era un diligente estudiante rabínico. Era un hombre que estaba locamente enamorado.

¿Acaso ese era un comportamiento normal? Por supuesto que no. Toda persona responsable se ocuparía de sí misma y, sin importar lo comprometida que esté con sus estudios, se permitiría tener una noche decente de sueño. Sin embargo, esto nos da una pequeña noción de la excitación del estudio de Torá, así como una pequeña noción de la esencia de la celebración de Shavuot.

Ese muchacho no sólo era un diligente estudiante rabínico. Era un hombre que estaba locamente enamorado.

Cuando Dios se reveló a Israel en Sinaí, no lo hizo sólo para asombrarnos con Su poder o para instruirnos Sus mandamientos, sino que el evento fue en realidad un matrimonio. Nuestros sabios describen a menudo la revelación en Sinaí como una boda: Dios fue el novio, nosotros la novia y la montaña que era sostenida sobre nuestras cabezas fue la jupá. Dios no sólo estaba dándonos mandamientos para hacer —una forma de ganar una recompensa por nuestro comportamiento—, sino que nos estaba ofreciendo una conexión eterna con Él.

Y en ese entonces, la nación estaba sedienta de amor. El monte Sinaí tuvo que ser acordonado para que la gente no prorrumpiera en éxtasis, corriendo hacia arriba por la montaña en su deseo de acercarse más a Dios. Hubo que advertirles una y otra vez que no debían dejar sus lugares (ver Éxodo 19:12-13 y 21-24).

La Torá fue el símbolo de nuestro enlace, el regalo que Dios le dio a su prometida para consumar la relación. El Talmud (Brajot 57a) habla sobre el versículo “[la Torá] es el legado (morashá) de la congregación de Yaakov” (Deuteronomio 33:4) y comenta: “No leas morashá (legado), sino meorasá (prometida)”. Estamos casados con Dios y, como resultado, estamos casados con la Torá, la sabiduría de Dios.

El estudio de Torá es nuestra forma de lograr una conexión con Dios, de forjar esa relación de amor. No sólo es un libro de leyes que contiene una lista de cosas para hacer y no hacer, sino que es la sabiduría de Dios, Sus valores. Al estudiar Torá logramos un mejor entendimiento de nuestro Creador y construimos una relación con Él. La Torá no sólo es sabiduría para vivir en este mundo (aunque ciertamente también lo es), sino que también es una forma para trascender este mundo, para echar un vistazo a lo infinito, a las miles de capas espirituales que hay más allá de lo físico. Estudiar Torá es una reconstrucción de la revelación en Sinaí que nos permite conectarnos nuevamente con Dios y aumentar tanto nuestro amor por Él como Su amor por nosotros.

Entonces, estudiamos Torá como una manera de reconstruir nuestra relación con Dios, de conocer más a Dios y de entender Sus caminos. Y, ¿sabes algo? A veces, cuando las personas están enamoradas, hacen cosas alocadas.

¿Es normal quedarse despierto toda la noche estudiando Torá? ¡Por supuesto que no! ¿Una persona responsable se preocuparía de dormir bien por la noche? ¡Por supuesto que sí! Pero, como todos sabemos, si estás realmente enamorado entonces de vez en cuando haces cosas alocadas por tu amado/a.

Un judío que realmente ama la Torá no podrá cerrar su Talmud en algunas ocasiones. Simplemente tendrá que terminar ese tema. No podrá irse a dormir por la noche sin entender la palabra de Dios, mientras tenga una pregunta persistente que no puede resolver. ¿Está bien quedarse a veces despierto estudiando hasta desplomarse por el cansancio como lo hacía mi amigo hace tantos años? Quizás no. Pero si una persona nunca lo hace, si nunca está tan atrapada en sus estudios como para hacer algo estúpido en su búsqueda de sabiduría, entonces algo está mal. Puede que sea un consumado erudito en Torá, pero no está verdaderamente enamorado.

En Shavuot estamos enamorados; tonta y locamente enamorados.

Nos quedamos despiertos en la noche de Shavuot porque, una noche al año, hacemos precisamente esa afirmación: Dios, nos diste el mejor regalo, Tu Torá, y estamos enloquecidos. Queremos entenderte y conocer Tus caminos; haremos lo que sea para lograrlo. El resto del año seremos normales y viviremos con el balance adecuado, pero este día, nada nos resulta suficiente.

Es por esto que Shavuot no tiene ningún símbolo, ningún mandamiento especial para observar. En Shavuot no celebramos una idea específica que pueda ser simbolizada, como la libertad en Pesaj o el refugio de Sucot, sino que nos celebramos a nosotros, celebramos nuestra relación con Dios. Podemos entender a Dios y podemos conectarnos con Él. Y nos sentimos sobrecogidos por la posibilidad que Dios nos dio de lograr una plenitud tan verdadera.

Finalmente, Shavuot no tiene nombre. Su nombre se refiere a las semanas que pasamos contando hasta la revelación en Sinaí. La razón es que reconocemos que la relación que tenemos con Dios se construye en base al esfuerzo que hacemos. El grado en que nos podemos conectar con Dios en Shavuot depende de la cantidad total de estudio y preparación que hicimos antes. Nuestra conexión con la Torá no surge de la noche a la mañana, sino que es la culminación de todo lo que hemos hecho hasta ese decisivo día.

En Shavuot celebramos el regalo máximo que Dios le dio a Israel, el medio que nos dio para acercarnos a Él. Reconocemos lo especial que es ese regalo y cuánto amor tuvo al dárnoslo. En Shavuot estamos enamorados; tonta y locamente enamorados.