Cuando era pequeña, de vez en cuando le preguntaba a mi madre: "Me seguirías amando si yo…", completando la oración con alguna situación extraña que probablemente nunca ocurriría, como quemar accidentalmente la casa con un incienso.

Su respuesta siempre era la misma: "Independientemente de lo que hagas, siempre te amaré".

Cuando era adolescente, puse a prueba el amor de mi madre con una gran cantidad de contestaciones irrespetuosas, con una mala actitud y con docenas de llamadas a casa por parte del director quien decía que yo faltaba a la escuela. En la mayoría de los casos, mi mamá era la personificación de la calma, asegurándome que sólo me lastimaba a mí misma con las elecciones que estaba tomando. Pero, de vez en cuando, si yo miraba al techo mientras ella me hablaba y le hacía un par de comentarios rudos, su calma era vencida. "Rea", decía, "Te amo, pero en este momento realmente no me agradas".

"Rea, te amo, pero en este momento realmente no me agradas".

En esos momentos, lo único que yo oía era que ella ya no me quería (¿La culparías?), lo cuál me afectaba lo suficiente como para hacer que me derrumbase a llorar en mi cama sintiendo lástima por mí misma. Pero mirando en retrospectiva me doy cuenta de lo que realmente me estaba diciendo: Puede que no me guste tu comportamiento, tus elecciones, y puede que ni siquiera me agrades. Pero independientemente de lo que hagas – te amo.

No me di cuenta de eso hasta que fui madre yo misma. Antes de tener mis propios hijos, la mayoría de mis relaciones interpersonales estaban construidas de acuerdo a la siguiente dinámica: Haz lo que quiero y te querré a mi lado. No hagas lo que yo quiero, y me habrás perdido. Sin embargo, cuando nacieron mis hijos entendí que el amor verdadero no funciona así. Mi hijo menor, por ejemplo, me hace correr de un lado para el otro – y eso que tiene sólo dos años. Si no está tirando manojos de cereales por todo el comedor, cacheteando a su hermano o pateándome mientras trato de cambiarle el pañal, probablemente esté corriendo por el estacionamiento de mi edificio mientras el resto de nosotros estamos tratando de meternos en el auto. A veces quiero venderlo por Internet. Pero, a pesar de que me vuelve loca, nunca, ni por un segundo, dejo de amarlo.

Ser padre es una de las formas más intensas en que podemos emular a Dios. Es cierto, podemos practicar el hacer actos de bondad con nuestros vecinos y amigos, pero nuestros hijos vinieron de nosotros, tal como nosotros vinimos de Dios. Incluso los padres de niños que son adoptados forman parte del proceso de creación al criarlos y ayudarlos a moldear su carácter. Pero esto no significa que sea fácil; es probablemente el trabajo más difícil que hacemos. Desde las incesantes demandas de los bebés y los adolescentes que lidian con sus impredecibles altibajos, hasta dar finalmente un paso hacia el costado y dejar que nuestros hijos grandes (¡que siguen siendo nuestros bebés!) caminen por su cuenta y tomen decisiones que puede que no concuerden con lo que creemos que es mejor para ellos.

Pero, más allá de lo que nuestros hijos hagan, nuestro amor por ellos siempre está presente y es invariable – al igual que el amor de Dios por nosotros.

El regalo de la Torá incluyó la promesa de que incluso si nos caemos, Dios siempre estará allí para agarrarnos.

Pronto celebraremos la festividad de Shavuot, en la que conmemoramos la entrega de la Torá al pueblo judío. La entrega de la Torá es mucho más que la entrega de un libro de instrucciones para la vida; es la garantía de Dios de que estamos ligados a Él para siempre, que siempre estará allí para amarnos, para cuidarnos, para guiarnos. Somos Sus hijos, incluso cuando puede que no seamos tan agradables como podríamos ser.

La historia ha probado que los judíos nos hemos equivocado una y otra vez. Chismeamos, juzgamos, nos herimos unos a los otros, comemos demasiado, gastamos demasiado, no damos tanto como tomamos. Pero el regalo de la Torá incluyó la promesa de que incluso si nos caemos, Dios siempre estará allí para agarrarnos.

Es por eso que nosotros, como nación, seguimos estando aquí, y estamos prosperando. Más allá de lo mucho que nos alejemos, Él siempre está allí, esperando a que regresemos. Independientemente de lo que hagas – te amo.

Lo mismo es cierto con nuestros hijos. Ellos saben que siempre podrán refugiarse en casa, donde los brazos que siempre estarán abiertos para ellos incondicionalmente, son los que tienen los cimientos sobre los que podrán construir una vida significativa.

Trataré de recordar esto cuando coma mi torta de queso en Shavuot, y cuando mi bebé se dibuje toda la panza con un marcador. Quizás no siempre me guste lo que hacen mis hijos, y eso está bien. No estoy obligada a que me guste siempre lo que hacen. Mi trabajo como su madre es asegurar que siempre sepan que independientemente de todo, los amo.

Al igual que Dios nos ama a nosotros.