¿Son los vagabundos realmente tan distantes?

"Yo sé lo que ustedes piensan cuando me ven", dice el hombre vagabundo. "Pero deberían saber que yo era exactamente como ustedes. No hace mucho tiempo yo era un estudiante en la Universidad de Columbia. Tenía amigos y familia y clases. Pero como pueden ver, no utilicé lo que tenía. No quise lidiar con la vida en sus propios términos".

Él se levanta la manga de su harapienta camisa para mostrarnos las delatoras líneas de sufrimiento que forman una telaraña a lo largo de su brazo. Estamos sentados ahí en una esquina, mirando fijamente la oscuridad del Central Park y luego los montones de nieve en la acera. Miramos a todos lados menos a sus ojos mientras él abre la comida caliente que le trajimos. Nuestro aliento se eleva en el aire frío mientras la pregunta no dicha revolotea en silencio entre nosotros.

¿Por qué sigues estando aquí? ¿Por qué no lo intentas nuevamente? Encuentra una salida más allá de el innombrable horror de ser un vagabundo en las calles de Manhattan. Pienso esto para mi misma, y estoy bastante segura de que mis amigos también lo están pensando. Pero nadie habla. Me muevo incómoda, dando patadas al suelo para mantenerme en calor. ¡Y solamente he estado afuera por media hora! El frío se filtra en las capas de mi chaqueta de esquí y se mete dentro del calor de mis guantes.

Él lleva puesta una chaqueta delgada y pantalones rellenos con periódicos.

John lleva puesta solamente una chaqueta delgada y pantalones rellenos con periódicos. ¿Cómo sobrevive de esta forma? Intento imaginármelo en el campus de una universidad con su mochila llena de libros, regresando a un dormitorio temperado. ¿Cómo puede haber pasado de ahí a este lugar en tan solo un par de años? Como si estuviera leyendo mi mente, él termina la sopa y me mira directamente a los ojos.

"Sabes, en realidad no es tan malo. Me acostumbré después de unos cuantos meses. Las personas pueden acostumbrarse a cualquier cosa después de un tiempo". Él se encoge de hombros y sonríe. Luego nos pregunta si tenemos más paquetes de comida.

"Vengan, les mostraré donde están mis amigos. Ellos viven en el borde del parque, por allá…"

Eso Nunca Podría Pasarme a Mí…

Cuántas veces descartamos el sufrimiento del otro por el pensamiento: Eso nunca podría pasarme a mí. Rav Noaj Weinberg, de bendita memoria, solía decir siempre que si escuchas acerca de una experiencia negativa que le ocurrió incluso a un conocido, debieras preguntarte: ¿Qué puedo aprender de esto? Si tu amigo está atravesando por un divorcio, ten miedo de que eso también podría pasarte a ti. Trabaja en tu matrimonio. Aprende de los errores de otros tanto como de los tuyos.

Hace algunas semanas estábamos atascados en el tráfico en el camino de regreso de vacaciones. Luego de estar sentados una hora en el camino con varias ambulancias pasando, nos dimos cuenta de que un serio accidente de autos había ocurrido justo frente a nosotros. Las personas comenzaron a salir de sus autos y a caminar por alrededor. Algunas personas comenzaron a fumar mientras otras paseaban por ahí buscando un baño. Justo momentos antes del choque, yo había comentado cuán peligrosamente estaban conduciendo algunas personas. Había autos pasando con casi nada de espacio frente a ellos; había conductores que estaban conduciendo tan cerca de nuestro auto que ni siquiera podíamos ver sus autos. ¿Y para qué? ¿Para regresar a casa de las vacaciones 20 minutos antes?

Cuando el tráfico finalmente comenzó a moverse, pasamos la horrible escena de lo que resultó ser un accidente fatal. Había sangre y vidrios por todos lados. Los autos estaban destrozados por la mitad. Sin embargo, tres minutos después de haber pasado frente a este accidente, la mayoría de los conductores a nuestro alrededor comenzaron a volverse impacientes una vez más. Yo no podía creerlo. Un auto con una familia completa dentro de él intentó pasar a un camión justo frente a nosotros y realmente no había espacio. ¿En qué podía estar pensando este padre que conducía el auto después de haber presenciado un accidente fatal? Pero yo sabia que era lo que estaba pensando: "Eso nunca podría pasarme a mí".

Pero pasa, y podría pasarte a ti. Y eso es lo que aprendí, sentada ahí en ese nevado día de invierno en el borde del Central Park.

Nuestras vidas son tan frágiles; tratamos con tanta fuerza de no pensar cuán rápidamente nuestras vidas pueden cambiar de un momento a otro. Y la verdad es que eventualmente necesitamos aceptar que la mayoría de los aspectos de nuestra vida no están bajo nuestro control. Desde el momento en que nacemos, recibimos una lista completa de cosas que no escogimos: nuestros padres, nuestra apariencia, nuestra inteligencia, nuestro estatus socioeconómico, nuestra salud…

Hay una elección clave que sí depende de nosotros: Qué hacemos con lo que tenemos.

Y mientras crecemos, nos damos cuenta de que esta lista se hará más larga cada año. No elegimos mucho de nada finalmente. Pero hay una elección clave que sí depende de nosotros: Qué hacemos con lo que tenemos. ¿Elegimos creer en Dios y avanzar ante la adversidad? ¿O nos revolcamos en la auto-compasión por todas las cosas que no podemos controlar? ¿Escogemos una vida de verdad e integridad y crecimiento? ¿O nos escondemos tras los montones de excusas que tienen sentido hasta que alguien con mayor coraje sobrepasa un obstáculo idéntico?

¿Qué hacemos con lo que tenemos? ¿Qué hacemos después de que nos graduamos primeros de nuestra clase? ¿Qué hacemos con la impresión que causa una sensacional puesta de sol? ¿Qué hacemos cuando finalmente llegamos a la cima de la montaña? ¿Qué hacemos con las ideas brillantes que acabamos de aprender o con los inspiradores rezos que calmaron nuestros corazones rotos? ¿Qué hacemos con la dulzura y la realeza de Rosh Hashaná? ¿Dónde ponemos la introspección y los pensamientos que cambian la vida que se elevaron tanto durante Iom Kipur?

Y ese es el regalo de la sucá. Justo después de que termina Iom Kipur, se nos ordena construir algo que refleje la cercanía y la confianza en Dios de las semanas anteriores. Se nos otorga la oportunidad de utilizar todo lo que tenemos: nuestros cuerpos, nuestra riqueza, nuestro anhelo espiritual; se nos otorga la oportunidad de construir una estructura que transforma nuestra energía potencial en realidad. Y entonces cuando las paredes y el techo y todas las decoraciones están en su lugar, podemos sentarnos bajo las estrellas y recordar que las casas que están a nuestras espaldas no son nuestros verdaderos refugios.

Así como las paredes de nuestra sucá son tan vulnerables ante la lluvia y el viento, así mismo deberíamos recordar nuestras propias vulnerabilidades. No escogemos los escenarios de nuestra vida, pero sí podemos escoger en quién nos convertiremos. Y de cierta forma, todos somos vagabundos hasta que utilizamos las herramientas que recibimos y construimos refugios suficientemente profundos y grandes para personificar la infinita luz de nuestras almas.