Odio hacer las maletas. Nunca sabes qué llevar, qué bolso utilizar, ni cómo meterlo todo adentro. Y nunca lo haces bien.

Sin embargo, hay una cosa peor que hacer las maletas: hacer las maletas para ir a casa. Ugh.

Y luego, ahí estaba yo en mi lúgubre tarea anual de “cerrar” el bungaló de verano y empacar para ir a casa.

Es una escena tan familiar. Maletas y bolsas de basura desparramadas por toda la cabaña, la confusión normal entre la ropa recién lavada y la ropa sucia, seis o siete calcetines solitarios, y la ocasional queja: “¡No puedo creer que se haya terminado!”.

Este año no fue diferente – excepto por una observación. Yo estaba tirando algunas camisas en mi bolso cuando de pronto, me di cuenta cuántas de ellas no había utilizado nunca en todo el verano. Recordé cuando las empaqué, pensando lo esencial que podrían ser.

“No puedo dejar ésta”.

“Oh, esta es perfecta para jugar paletas al Sol”.

“Utilizaré ésta en la pileta”.

Como se dieron las cosas, utilicé otra en la pileta… y también utilicé otra para jugar paletas.

Al lado de mi bolso yace una pequeña caja abierta con unos pocos libros aguardando ser transportados. La mayoría de ellos estaría volviendo como llegaron, sin haber sido siquiera tocados.

Y luego, la experiencia máxima de la preparación en demasía: el viaje de vuelta en avión.

“¿Es un vuelo de cuatro horas? Haré por fin algo de trabajo. Carpetas, archivos, laptop, correspondencia, cosas para editar, para rever, estados de cuenta viejos, planes de renovación de la casa, etc. Eso está bien para la primera hora. Para después está esa gorda novela que ha estado durmiendo cómodamente bajo mi cama por seis años, y ¡oh!, mi testamento ético, es el tiempo perfecto para ponerme a trabajar en eso. Y en el tiempo que quede estudiaré la porción de Torá de la semana y recitaré unas cuantas docenas de Salmos”.

¿Es necesario que revele la verdad sobre lo que realmente puedo llegar a hacer en ese vuelo? ¡Tengo suerte si vuelvo a casa sin olvidar la novela en el avión! Pero somos criaturas de hábito. Conozco la rutina demasiado bien, y probablemente continuaré planeando… y fallando.

Lo cual nos lleva al viaje al que llamamos vida. Los más serios de nosotros utilizamos las últimas semanas y días del año para empacar nuestras pertenencias para el viaje hacia el nuevo año. ¿Qué deberíamos llevar y qué deberíamos dejar detrás? ¿Qué acciones, relaciones, y procesos de pensamiento son honestamente esenciales para nuestro crecimiento y que hábitos se están metiendo en el camino?

¿Por qué todavía llevamos a todos lados las mismas cargas y resoluciones vacías?

Algunos de nosotros nunca “encontramos el tiempo” para hacer este inventario – que trágico. Pero los que lo hacen son a menudo criaturas de hábito. La lista de este año se ve extrañamente parecida a la del año pasado… y a la del año anterior. En realidad, cuando desempacamos nuestra maleta a fin de año, encontramos que tantos contenidos han permanecido sin ser tocados. Están rancios y polvorientos, y son tristemente, bastante conocidos.

Miramos nuestro equipaje y meneamos nuestras cabezas. Nos desanimamos, nos frustramos y nos abatimos. ¿Qué pasó con todas nuestras buenas intenciones del año pasado? ¿Por qué todavía estamos acarreando las mismas cargas y las mismas resoluciones vacías?

El problema es que no sabemos cómo empacar. En lugar de transferir todo nuestro vestuario del closet a una maleta, necesitamos seleccionar cuidadosamente unas pocas cosas esenciales que realmente serán utilizadas. Cuando planeamos cambiar todo, a menudo no cambiamos nada. En otras palabras, si el equipaje tiene sobrepeso, se cobra una multa. Todo debe entrar en tu “maleta de mano”.

La Solución de Sucot

Pero Dios, por supuesto, entiende. Sabe cómo estamos hechos (después de todo, Él nos hizo). Y entonces nos provee una solución. Esta solución es llamada Sucot. El “Expreso de las Altas Fiestas” frena bruscamente cuando comienza la travesía de Sucot. Dios no necesitaba hacerlo así. Tranquilamente pudo haber esperado unas semanas y darnos luego Sucot. Pero no, quiso darnos una posibilidad para actuar sobre nuestras resoluciones inmediatamente.

Como la mayoría de nosotros sabemos, Sucot es el momento del año en el que dejamos nuestros hogares robustos y seguros y transferimos nuestra morada a una estructura que es endeble e insustancial. Muchos de nosotros dejamos un departamento o una casa de seis o siete ambientes para pasar una cantidad de tiempo importante en cabañas que no tienen más de 3x4 metros. Dejamos nuestra necesidad constante de protección en manos del cielo y demostramos nuestra fe en Dios al poner nuestros cuerpos y almas en Su campo de juego.

Pero sin importar qué tan elaborada físicamente pueda ser nuestra sucá, hay limitaciones obvias para lo que podemos traer. Nos esforzamos por crear una atmósfera radiante y acogedora – pero la mayoría de nuestras comodidades deben ser dejadas detrás. Por lo que debemos elegir cuidadosamente, ponderando nuestras decisiones y definiendo lo que es realmente indispensable.

Cuando llevamos demasiado, la mayoría de las cosas en realidad nunca se utilizan. Y cuando tratamos de cambiar demasiado, simplemente no funciona.

Necesitamos dejar de lado los miles de aparatos electrónicos que nos distraen y despojar la vida hasta que solamente quede lo esencial.

Es un ejercicio que está diseñado para ayudarnos a priorizar.

“¿Realmente necesitamos la cristalería en la sucá?”.

“¿Un suéter será suficiente? ¿Cuál?”.

“¿Qué sillas son ideales para una comida de dos horas?”.

Sucot nos enseña que, a diferencia de la tarjeta American Express, hay cosas que tenemos que dejar atrás cuando salimos de casa. Cuando llevamos demasiado, la mayoría de las cosas en realidad nunca se utilizan. Y cuando tratamos de cambiar demasiado, simplemente no funciona. Es una receta para la decepción y la frustración.

Lo más prudente es elegir sabiamente y de manera realista. Planea completar una tarea, o posiblemente dos, y luego siéntete realmente bien por eso. Ese hermoso sentimiento de realización nos da el combustible para futuras travesías aún más grandiosas.

Esa es la belleza de Sucot. Nos mudamos, pero no llevamos todo con nosotros.

Luego podemos sentarnos en nuestras sucot, más pequeñas pero más simples, mirar a través de los delicados bambúes, ver los vastos cielos y regocijarnos en Su amor - infinito y supremo. Lo hacemos con la plegaria de que este año será diferente. De que este año realmente utilizaremos nuestro potencial.

Sucot está llegando. Justo a tiempo.