Camino tan rápido como puedo, tan cerca de correr como me es posible, sin realmente estar corriendo, para llegar a mi hogar antes que mi amiga Ciema llegue a mi casa y no me encuentre. Es casi Shabat, en la tarde del segundo día de Sucot, y le prometí que me encontraría con ella en mi casa entre las 6:30 y las 7:00 p.m. para caminar juntas a la cena de Sucot en la casa de mi vecino. Estoy atrasada, y ahora estoy corriendo para recuperar el tiempo perdido, pero sé que no puedo caminar, ni correr, ni volar lo suficientemente rápido como para estar ahí a las 6:30, ni siquiera a las 7:00, y mi mente no deja de pensar en lo que sucederá cuando llegue y no me encuentre ahí.

Me siento ansiosa, porque no puedo llamarla ni mandarle un mensaje –en Sucot todas estas comunicaciones de días laborales se dejan atrás. No puedo dejar de lado el estar tan atrasada sin una excusa, y no puedo influir ni controlar su reacción cuando ella llegue y encuentre la casa vacía y sin ninguna pista de mi paradero. Me arrepiento de no haberle dado nunca ni el nombre ni la dirección de donde estamos yendo para que pueda ir sola. La dejé completamente dependiente de mí – y la estoy decepcionando.

Sé la ruta que tomará si decide dejar mi casa en su desesperación por encontrarme, pero en este momento está fuera de mi camino, me haría caminar más y me tomaría más tiempo, pero me gustaría poder hacerle señas a su auto y detenerla mientras se aleja. Mientras me acerco a mi casa, camino por la mitad de la calle, ya que si camino por la vereda, podría no verme con su visión periférica.

Quería mostrarle la belleza y el mundo del "estilo de vida de la sucá", donde abandonamos la protección material de nuestras casas y experimentamos la protección divina.

Mi amiga no es judía, pero cuando me hizo un comentario la semana pasada, decidí que, de todas maneras, quería compartir con ella la alegría de Sucot. "¿No es ésta la festividad donde todos comen en pequeñas cabañas?" me había preguntado mientras nos turnábamos pasando el rodillo de pintura sobre las paredes de mi comedor. Quería mostrarle la belleza y el mundo del "estilo de vida de la Sucá", donde abandonamos la protección material de nuestras casas y demostramos –y experimentamos -- la protección divina y nuestra fe en ella.

Quería que ella viera la temporada más maravillosa, con la esperanza de que ella lograra una mayor comprensión del por qué, en medio de Los Ángeles, y en medio de una vida profesional ocupada, yo había elegido vivir de la forma en que los judíos han vivido por 2.000 años, en un barrio que está ahora tan maravillosamente lleno de cabañas abiertas. Tenía grandes expectativas para esta noche, cuando ella se descomprimiera de su vida laboral y se uniera a nosotros en la sucá. Había preparado todo – excepto estar 45 minutos atrasada y dejarla parada allí sin instrucciones a medida que caía la tarde.

Detesto llegar atrasada, así es que estoy psicológicamente triturando mis dientes mientras camino. Crecí en una casa donde estar atrasado era considerado un signo de falta de respeto hacia la persona que espera. Estoy analizando nuestra amistad de 10 años, y esperando que ella no esté enojada, esperando que ella me perdone.

Mientras camino por la calle, veo un auto estacionado frente a mi casa, y soy optimista de que de alguna manera ella haya decidido esperar eternamente. Llego a la casa a las 7:15, y, asumiendo que ella está allí, abro la puerta con un grito de "hurra" y comienzo en voz alta a pedir disculpas y expresar mis excusas. Pero sólo hay una nota.

"Querida Diane, imagino que me equivoqué con la hora. Espero verte de nuevo después de que la festividad termine".

Ahora estoy confundida, y triste – pero no completamente desalentada. Ella obviamente se cansó de esperar, pero ¿por qué está aún su auto aquí y ella no está? Mi agitación continuaba mientras entraba y salía de la puerta principal una y otra vez, mirando en su auto (¿estará ella relajándose dentro del auto? No...) y buscando en mi patio trasero (¿estará ella en la hamaca? No...). Estoy completamente confundida, tengo calor y estoy traspirando y ¡ahora también estoy atrasada para la cena!''.

Y aquí, caminando hacia mí, está mi anfitrión. "Ciema está en nuestra casa", me dice calmadamente, y estamos listos para empezar". Asombrada, tomo una chaqueta para la noche y salgo con él.

En la sucá, Ciema cuenta una historia increíble. "Yo pensé que estaba atrasada", explica ella, "porque llegué cerca de las 6:35, así es que me imaginé que te habías ido sin mí". Ella había estado asomándose por el lado de la reja y por el jardín cuando un hombre que pasó con sus hijos, notó su búsqueda y decidió parar y hacerle algunas preguntas. "¿Quién es usted?", él le preguntó.

En Los Ángeles, un hombre extraño dando vueltas por la calle al atardecer no es automáticamente tu amigo más cercano, pero ella decidió correr el riesgo. "Se supone que debí haberme encontrado con Diane Faber a las 6:30 para cenar en una sucá", ella respondió, "pero me atrasé y creo que ella se debe haber ido sin mí".

"¿A la sucá de quién está yendo?", él le preguntó.

"No lo sé", contestó, "se suponía que nos íbamos a encontrar aquí y caminaríamos juntas".

"Mmm", dijo él, "vamos a la casa del rabino a ver si él sabe".

Esto debió parecerle una sugerencia extraña – la gente normalmente no va donde un rabino para descubrir los planes de alguien para salir a cenar – pero Ciema sintió que estaba okay con esto porque varios años atrás, ella había conocido a mi rabino en un encuentro en mi casa. "Entonces", pensó, "no me importa conversar con él de nuevo, aunque esto no me lleve a ninguna parte". Y se fueron a la casa del rabino.

Nunca llegaron a la casa del rabino. A lo largo del camino, se encontraron con mucha otra gente yendo a sus respectivas cabañas. Ciema contó que su nuevo amigo le deseaba a cada persona que pasaba un "buen Shabat" y luego les preguntaba si ellos "de casualidad conocían donde iba a cenar esa noche Diane Faber". Mientras caminaban, algunos de los peatones tuvieron varias ideas, y el grupo dio vueltas y creció a medida que la gente se unía en el proyecto de idear donde la desaparecida anfitriona supuestamente iba a cenar.

Hasta que en un momento, encontraron a alguien que dijo "Yo creo que Diane va a cenar en casa de los Magady". Y entonces, todos la acompañaron caminando – el hombre, sus hijos, y un grupo de gente que habían conocido en la calle. Ciema llegó, en la oscuridad, con una compañía de desconocidos, perfectamente en hora para la cena en la sucá.

Yo nunca había tenido semejante experiencia mágica y apacible en Los Ángeles en toda mi vida.

"Fue increíble", me dijo Ciema. "Allí estaba yo, en la gran metrópolis de LA, en un barrio desconocido, una mujer, sola, en la oscuridad, no sabiendo a donde se suponía que iba – sin nombre, sin dirección. Y de pronto aparece un completo extraño, un hombre, y toma mi problema y lo hace suyo, e involucra a más gente en su proyecto de bondad hasta que me llevan al lugar. Yo nunca había tenido semejante experiencia mágica y apacible en Los Ángeles en toda mi vida. Me sentí completamente guiada y protegida".

Ella agregó, "Ahora comprendo porqué ustedes viven aquí. Es como un pueblo, en el corazón de la ciudad".

Yo respondí con una risa. Yo había querido que ella experimentara la magia de Sucot, el sentimiento de que básicamente confiamos en los recursos de Dios, no en los propios, y que confiar en Dios es básicamente la opción más segura. Yo había querido que ella dejara el control de todo y tener una noche donde las cosas fueran encantadoras, sin ninguna grandeza. Yo había querido que ella sintiera la presencia consoladora de la Shejiná.

Yo había querido que ella sintiera esto – pero yo no había confiado en Dios para que sucediera. Yo me había preocupado, me había acelerado, traspirado todo el camino a casa, pensando que si yo no estaba ahí para que "sucediera" la noche hubiese sido un gran fracaso, una oportunidad perdida, una desconexión. Yo pensé que yo era el elemento crítico que creaba esta posibilidad. Y en la forma más generosa, Dios me recordó que yo no lo era, y no lo soy. Dios envió a aquel hombre a través de mi calle, y el estar junto a sus hijos lo hacía menos amenazante. Y su plan, ir a la casa del rabino, finalmente no solucionó el problema, pero era probablemente la única sugerencia con la que Ciema se hubiese sentido segura, habiendo conocido al rabino dos años antes. Y la ruta que tomaron los llevó a una persona que conocía donde yo supuestamente iba a estar. (¡Hasta el día de hoy no he podido imaginar quién fue esa persona!).

Cuando finalmente llegué a la sucá, acalorada, traspirada y atónita, me asombró el encontrar a Ciema relajándose con mi anfitrión y mis amigos, completamente en paz. Solamente mi nivel de agitación estaba fuera de lugar. "Ven siéntate", me dijeron, "y únete a nosotros".