Esperaba mi primer bebé. Mi departamento de dos ambientes estaba repleto de cosas que no usábamos o no deseábamos. Navegando la web descubrí una nueva "raza" de personas llamadas 'minimalistas', que tienen en total dos pares de zapatos y tres platos.

Inspirada, y con mi "síndrome del nido" en acción, arrojé una cantidad de cosas por la ventana y la imagen de una casa ordenada y prolija se convirtió en mi ideal. El problema fue que por naturaleza soy desorganizada y no tenía la menor idea de cómo crear el orden al que aspiraba llegar.

Gracias a Dios nuestra familia creció y con ello creció también la cantidad de cosas que había en la casa. Nos mudamos a un departamento más grande, pero de todas formas nunca había suficiente lugar.

La solución era clara: necesitaba ayuda. Contraté a profesionales en organizar casas. Mi corazón estalló de alegría cuando ellas partieron, pero una semana más tarde nuevamente estábamos rodeados por el caos.

Acepté mis limitaciones, pero nunca dejé de soñar con un hogar en el que todo tiene su lugar y donde encontrar mis llaves no sea un problema cada día.

La ropa de los niños, de todos los talles y de todas las estaciones, se va apilando y nunca llego a acomodarla. No estoy dispuesta a regalarla porque nuestra familia sigue creciendo, pero siento que me ahogo.

Con mi ropa la situación no es diferente. Tengo prendas que usaba antes de casarme y ropa que me entraba cuando iba a la escuela secundaria, pero sigo esperando que algún día pueda volver a usarla. Lo mismo ocurre en la cocina. Fuentes que guardo "por las dudas de que llegue a necesitarlas". Una picadora de carne eléctrica que me dio mi mamá y que nunca usé.

Acudo a mis viejas amigas, las 'minimalistas', pero esta vez me siento molesta. Ahora el blog parece una competencia por la necesidad de poseer la mínima cantidad de objetos. Parece una religión.

Ya me había dado por vencida hasta que mi hermana me dijo que había utilizado el sistema de Marie Kondo. Me sentí intrigada. Compré su libro. Ella es diferente: no da sermones, sino que habla mucho sobre cómo doblar y guardar los calcetines para que se sientan amados.

Marie Kondo no dictamina cuántos vestidos es aceptable tener, ni la cantidad ideal de chalecos para recién nacidos (infinitos, si me preguntan a mí).

En cambio, ella te alienta a guardar sólo las cosas que te "producen alegría".

Con un celo renovado, motivada por el hecho de estar esperando mi cuarto bebé, entré en acción.

Lo primero que saqué fueron las lujosas cortinas verdes que guardaba hace tres años en un armario. ¿Me producían alegría? No. Sólo me provocaban irritación por el lugar que ocupaban en el armario. No pude evitar sonreír al ver que mi vecina las colgaba en su casa sin poder creer la suerte que tuvo de recibirlas.

Un tazón enorme de vidrio con forma extraña fue a parar a la casa de mi madre, que siempre recibe muchos invitados. Los zapatos nuevos que me quedaron un poco apretados fueron a parar a la caja destinada a caridad.

Con cada ítem me sentía más audaz, más valiente, más liberada. En una incursión nocturna regalé rompecabezas, juguetes apilables y abalorios. La maestra de preescolar de mis hijos estuvo encantada y mis hijos ni se dieron cuenta.

Ahora disfruto de mi nueva libertad.

Hasta que vuelvo a observar a mi alrededor y a pesar de haber encontrado nuevos hogares para la mitad de lo que poseíamos, mi casa no se acerca al hogar lleno de alegría que imaginaba. En vez de alegría me siento decepcionada y engañada.

Sin darme cuenta, sigo imágenes de Instagram que muestran siempre lo mismo: espacios prístinos con algunos libros ingeniosamente colocados junto a una orquídea perfecta, en combinaciones de colores neutros. Hermoso, tranquilo y sereno.

Comparado con esas imágenes, mi espacio despierta poca alegría. No importa cuántas cosas saque de la casa, no puedo ocultar el sillón gastado y manchado ni la pila de platos sin lavar después de Shabat.

Me pregunto a mí misma: ¿qué me daría alegría? ¿Realmente estaría feliz comiendo afuera ambas comidas de Shabat, con la casa tan limpia como el viernes a la tarde, el mantel sin arrugas e impecable, sin manchas de jugo de uva y de mousse de chocolate? ¿Realmente eso me daría alegría?

¿Debo prohibirles a mis hijos (y a sus amigos) jugar dentro de la casa para no tener que limpiar pequeñas piezas de Lego?

Entendí que tenía que redefinir la alegría.

Las chispas de alegría que obtengo de mi casa y de mis posesiones tienen lugar cuando vivo y creo con ellas. La chispa de alegría que recibo de mi sofá surge de sentarme noche tras noche allí con mis hijos para leerles cuentos, estudiar la porción de la Torá y discutir los temas profundos y triviales que surgen en la vida.

Mi mesa del comedor, rayada y repleta de cosas, evoca alegría al jugar su rol central como el corazón de nuestro hogar cuando recibimos visitas en Shabat, cuando jugamos Snap, hacemos tarjetas de cumpleaños o compartimos nuestro Séder de Pésaj.

Encuentro alegría al observar a mi hijo de cinco años jugar con su hermano menor con su nueva pelota de fútbol, y a mi hija concentrada practicando sus habilidades artísticas, con virutas del sacapuntas por todos lados. Las chispas de alegría surgen a través de la conexión y la entrega, al trabajar sobre mi bondad y al crear un hogar afectuoso.

La alegría no depende del espacio en el que vivimos, sino de nuestro espacio interior.

Así que, Marie Kondo, yo discrepo: poseer menos no necesariamente va a crear la alegría que anhelamos.

En unos pocos días, nos reuniremos en nuestra sucá con una mesa plegable inestable y decoraciones hechas en el jardín de infantes. En ese espacio, en el cual la lluvia inevitablemente va a arruinar nuestras cuidadosas decoraciones, celebraremos Sucot, la festividad de la alegría.

Es particularmente en la sucá, cuando salimos de nuestros hogares permanentes y entramos a un espacio sagrado rodeados del amor eterno de Dios, que experimentamos la verdadera alegría.

La alegría más profunda se encuentra específicamente cuando nos alejamos de la seguridad que nos dan nuestras cosas (sin importar si son muchas o pocas), sin un techo sólido sobre nuestras cabezas, expuestos a las inclemencias del tiempo.

La alegría se encuentra en nuestra vulnerabilidad, en reconocer que somos débiles pero amados, que somos una parte del plan Divino, y que a pesar de que no podamos entenderlo por completo, confiamos que es bueno.

La alegría se encuentra cuando miramos más allá de lo concreto hacia las estrellas, y comprendemos que la seguridad en definitiva surge de conectarnos con Dios, al disfrutar las "chispas de alegría" que surgen al sentir el abrazo afectuoso y sustentador de Dios.