Cuando tenía 15 años, realmente deseaba tener una sucá. Había una en nuestra sinagoga, pero yo soñaba con tener una propia.

Les pregunté a mis padres si podríamos tener una sucá, pero dijeron: “No, quizás el año que viene, pero no este”. Quedé desilusionado.

Pero entonces, en la noche previa a Sucot, mis padres me dijeron que le preguntaron a sus amigos sobre su vieja sucá, y que estos les dijeron que tenían el marco de madera de su vieja sucá en el garaje y que yo podía usarlo si quería.

Apenas pude dormir esa noche luego de oír tan maravillosa noticia.

Temprano por la mañana, fui al garaje de los amigos de mis padres y volví con todas las maderas que necesitaba para construir el marco de la sucá.

Cuando traje todas las maderas a casa, me di cuenta de que incluso si me las ingeniaba para unirlas, lo único que tendría sería un marco sin paredes. ¡Y sólo quedaban diez horas para Sucot!

Pero el sueño era demasiado maravilloso como para renunciar, por lo que me puse a trabajar. Un clavo por allí, un corte en la madera por acá… mientras rezaba para que mi sucá creciera.

A eso de las 11 a.m., conmigo todavía martillando, mi vecino israelí Yosi pasó a mi lado. “¿Qué estás haciendo?”, preguntó.

“¡Estoy construyendo una sucá!”, contesté.

Por primera vez en la historia de East 82 Street de Canarsie, Brooklyn, se oyeron los ruidos de la construcción de una sucá.

 

Yosi corrió rápido a su casa y volvió de inmediato con un martillo y una sierra. “Al paso que vas, terminarás para Pésaj. Déjame darte una mano”. Por primera vez en la historia de East 82 Street de Canarsie, Brooklyn, se oyeron los ruidos de la construcción de una sucá.

Después de un rato otro vecino, Lenny Waldman, pasó al lado nuestro y preguntó: “¿Qué están haciendo?”.

“Estamos construyendo una sucá”, respondí.

Lenny nos miró y preguntó: “¿Cuál será el techo de tu pequeña sucá?”. De repente me di cuenta de que, en el apuro por construir una sucá, me había olvidado de la parte más importante: ¡el techo!

“No sé, pero algo se nos ocurrirá. Necesitamos algo que crezca de la tierra y que no se marchite durante los ocho días de la festividad”. Lenny, que era un hombre tranquilo, no dijo nada y se fue a su casa.

Unos momentos después, reapareció con una escalera y con unas grandes tijeras de podar. Comenzó a cortar ramas grandes del inmenso árbol perenne de la entrada de mi casa. “Siempre me pregunté por qué lo dejan crecer tanto”, dijo Lenny en voz alta mientras continuaba cortando las ramas del árbol.

Henry Gordon, que vivía con su mamá de 92 años y manejaba un taxi, estaba estacionando su taxi cuando escuchó a Lenny podando mi gran árbol perenne. “Lenny, ¿qué estás haciendo?”, preguntó.

“El joven vecino está construyendo una sucá y yo lo estoy ayudando con el techo”, contestó.

“Bueno, el marco se ve bien, pero ¿qué van a usar para las paredes?”, preguntó Henry.

“Ni idea”, dijo Lenny, “pregúntale al niño”.

“¿Y las paredes? ¿En dónde están?”, me preguntó Henry.

“No sé, supongo que tomaré unas sábanas viejas y las uniré al marco”.

Henry miró a Yosi, el constructor israelí. Miró a Lenny, el podador de árboles y dijo: “Tengo una idea, vuelvo en seguida”.

Diez minutos después, reapareció acarreando una carretilla llena de puertas. “Cuando manejo por la ciudad, cada vez que veo una puerta vieja detengo el taxi y la tiro en el baúl. No sé para qué, pero lo he hecho por años. Deja que te las done para que las uses como paredes para tu sucá.

Yosi, Henry y yo comenzamos a clavar las puertas al marco y, mientras el sol comenzaba a descender en el horizonte, mi sucá tomó forma.

Murray Cohen fue el último vecino en pasar por la calle. “Hey, ¿qué están haciendo?”, preguntó. Luego respondió solo a su pregunta. “Hey, ¡parece que están construyendo una sucá. ¡Huau, nunca vi una de estas en Canarsie!”.

Murray miró a todos trabajando y dijo: “Esperen un minuto. Tengo algo para ustedes”. Cruzó la calle corriendo y entró a su casa.

Volvió con un pedazo grande de fieltro verde. “Trabajo arreglando mesas de pool. Cuando reacondicionan las mesas viejas me dan el fieltro que les sacan. No tengo en qué usarlo, pero creo que si lo engrapamos a las puertas le dará a la sucá una sensación más acogedora.

Poco después Murray estaba engrapando el fieltro en las puertas mientras Lenny terminaba el techo perenne y Yosi, el constructor de la sucá, martillaba el último clavo.

Eran las seis de la tarde. El encendido de velas estaba a sólo unos minutos, pero cuando miré a Lenny, Yosi, Henry y Murray, y luego a mi sucá, vi que a veces los sueños se hacen realidad.

Esa noche, cuando estaba a punto de hacer kidush en mi sucá con mi familia, alguien golpeó a la puerta de la sucá. Entró Lenny, que dijo: “Hey, está bastante agradable aquí adentro”.

Pronto apareció Henry, explicando que sólo había venido a admirar su trabajo, seguido por Yosi y Murray que dijeron: “Veamos cómo funciona esta sucá”.

Mientras recitaba kidush, miré los rostros de Yosi, Lenny, Murray y Henry parados orgullosamente en mi sucá de ensueño.

Han pasado muchos años desde entonces y, a pesar de que ahora tengo una sucá grande y espaciosa, recuerdo con mucho cariño la sucá más hermosa que tuve en la vida: mi primera sucá, la que construimos todos juntos.