El otro día, mi hijo Yehuda, que tiene síndrome de Down, fue llamado "retardado" por otro niño. Gracias a Dios es inusual que pase algo como esto y en el colegio al que asiste es más o menos aceptado por sus compañeros de segundo grado. Pero lo que este niño dijo aun sigue resonando en mi interior.

Yehuda en cambio no se inmutó en lo más mínimo; a los siete años, aún no se da cuenta que es diferente de los demás. ¡Simplemente llamó al otro niño "retardado" de vuelta!

Pero tarde o temprano va a llegar el momento, si no este año quizás el próximo, en que la disparidad entre él y sus compañeros de clase será demasiado notoria; esto hace que me pregunte: ¿Cómo es justo que Dios lo haya creado con semejantes desventajas?

¿Cómo es justo que Dios haya creado a mi hijo con semejantes desventajas?

Mi esposa y yo estamos extremadamente agradecidos que Yehuda tiene muchas habilidades – habla dos idiomas, sabe leer, está aprendiendo a escribir, su nivel de comprensión es bastante bueno, es amable y tiene un excelente sentido del humor, lo que lo hace un niño sumamente cautivador – pero sin embargo, existe una brecha obvia. Su habla todavía no es perfecta, no tiene (aún) la coordinación para andar en bicicleta sin ruedas de apoyo, algunas de sus habilidades sociales son insuficientes (hay una cantidad limitada de veces en que uno puede verlo hacer su "truco de magia" o escuchar la misma broma) y no hay manera de que él pueda seguir el ritmo de la carga de trabajo de su clase. Y esta desigualdad sólo va a crecer.

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El calificativo de "retardado" magnificó la realidad de las diferencias entre Yehuda y los otros niños de su edad que yo aún sigo tratando inútilmente de minimizar. Y trajo disimuladamente la pregunta de ¿dónde está la justicia en todo esto?

Uno no necesita tener un niño con alguna discapacidad mental o física para cuestionarse este tema. ¿Por qué Dios hace que un niño sea un estudiante naturalmente dotado, que sobresale en todo lo que decide hacer, y que otro sea un buscador de aventuras que tenga que luchar académicamente? ¿Por qué hace a algunas personas hermosas y flacas, y a otras no tanto? ¿Por qué algunas personas nacen rodeadas de lujos con todas las ventajas de la sociedad occidental, y otras sumidas en la pobreza de países del tercer mundo?

Esta pregunta, en diferentes formas, incomoda a la mayoría de la gente. Todos nos hemos despertado alguna vez lamentándonos por las desigualdades de la vida: ¿Por qué él obtuvo la promoción y yo no? ¿Por qué ella tiene el marido perfecto, la casa perfecta o los niños perfectos y yo no? ¿Por qué nací con esta piel, este pelo, esta nariz?

Si medimos nuestro éxito comparándonos con los demás, tendremos garantizada una vida llena de descontento e infelicidad. Siempre habrá alguien que tenga más ventajas que tú. Éste es el cálculo de lo injusto.

Sin embargo, el éxito personal no tiene en realidad nada que ver con los demás, sino que debe ser medido en relación a uno mismo; ¿Cuánto estoy materializando de mi potencial? La forma de medir el éxito alcanzado está basada en cuántos escalones de mi escalera he ascendido, y no en mi posición en relación a los demás.

Dios crea a cada persona con una misión única en la vida, con el desafío de materializar sus fortalezas interiores y de luchar con su propio grupo de debilidades; por lo tanto, independientemente de las condiciones con las que comencemos, todos partimos en igualdad de oportunidades.

Comparar el éxito de Yehuda con el de los demás reduce al “éxito” a resultados externos en lugar de ser la batalla inherente de la vida misma.

Comparar el éxito de Yehuda con el de los demás niega la unicidad de su alma y oculta el principal desafío espiritual de hacer uso de su libre albedrío. Reduce al “éxito” a resultados externos (que en realidad no están en nuestras manos) en lugar de ser la batalla inherente a la vida misma ("De acuerdo al esfuerzo es la recompensa", Pirkei Avot 5:26). Yehuda nunca podrá seguir el ritmo. ¿Y qué? No es igual a los demás, al igual que los demás no son como él. Sólo se transforma en algo "injusto" cuando hago una irrelevante comparación con los demás.

La sabiduría que hay en esta perspectiva puede ser obvia, pero dado que vivimos en un mundo material, es una verdadera lucha el dejar de compararnos con los demás y comenzar a vivir con la conciencia de que el propósito de nuestra vida es intentar materializar nuestro potencial, cualquiera que éste sea.

Sentarnos en la sucá nos da la oportunidad de reforzar la idea de que la base de nuestro valor es interna y no externa. La sucá es el gran ecualizador; todos dejamos nuestras cómodas casas, ya sean grandes o pequeñas, y vivimos por una semana en una cabaña con las estrellas sobre nuestra cabeza, reconociendo lo fugaz que es en realidad el mundo físico.

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad", leemos en Eclesiastés durante la festividad. Después de obtener la punzante claridad de lo que es realmente importante en la vida durante el intenso período de Rosh HaShaná y Iom Kipur, hemos renovado nuestras fuerzas y enfoque para traspasar nuestra inspirada versión de nosotros mismos a la acción.

No sorprende que la festividad de Sucot sea llamada "zman simjateinu" – el tiempo de nuestra felicidad. Viviendo bajo la sombra de los brazos de Dios, nos damos cuenta de que la vida sí es justa después de todo.