Yo sé que no debería decir esto, pero solía pensar que el calendario de fiestas del mes de tishrei era bastante agotador. Hacia donde mirabas, había más que cocinar, más que limpiar, más servicios, más Shabat, más Iom Tov. Era demasiado extenuante. Siendo madre de niños pequeños con un trabajo de tiempo completo, esperaba la llegada de Simjat Torá ya que señalaba el fin de la aparentemente interminable temporada de fiestas. Luego descubrí algo que cambiaría para siempre la forma en la que veía esta fiesta.

Yo nací en Minsk, en la antigua Unión Soviética. Mi familia, como muchas otras, emigró a los EE.UU. a finales de la década de 1970. Me fue dada la vida dos veces: una cuando nací físicamente, y la otra cuando mis padres tuvieron el coraje de sacarme de la Unión Soviética, para que pudiera tener mi vida completa con una observancia religiosa, una profesión, una hermosa familia y la protección de los derechos y privilegios que disfruto. Siempre estaré agradecida a Dios y a mis padres por ambas.

Un año, un poco después del término de las fiestas, estaba discutiendo nuestro éxodo de la Unión Soviética con mi madre, y ella dijo: "De alguna forma, Simjat Torá influenció en nuestra decisión para irnos". Dado que mi madre no es observante, esta era una afirmación curiosa, y sentí que aquí había una lección.

No es un secreto que la antigua Unión Soviética era un lugar inhóspito para cualquier cosa judía; la identidad judía era más una carga que algo favorable. Pero durante la década de 1960, dado que Israel estaba demostrando su fuerza a través de sus guerras, los judíos de Rusia comenzaron a sentirse ligeramente más valientes. Simultáneamente, la comunidad judía de Estados Unidos comenzó a prestar atención a la situación de la judería rusa e iniciaron grandes esfuerzos para ejercer presión al gobierno soviético para que permitieran la emigración judía. Con ambas fuerzas convergiendo, los judíos soviéticos por primera vez empezaron a considerar la idea, anteriormente imposible, de dejar la Unión Soviética para buscar una mejor vida en otro lugar.

Igualmente de forma increíble, a comienzos de los años 60, los judíos de las grandes ciudades de la Unión Soviética empezaron a congregarse periódicamente en grandes grupos manifestantes alrededor de las sinagogas autorizadas por el estado, pero que sin embargo estaban bloqueadas. El día de estas congregaciones espontáneas de miles de judíos en las ciudades de toda la Unión Soviética: Simjat Torá.

"¿Por qué Simjat Torá?" le pregunté a mi madre. "¿Por qué no Rosh HaShaná, Pésaj, Iom Kipur? ¿Quién sabía la fecha? ¿Cómo la gente se enteró acerca de ella? ¿Quién comenzó con la práctica? ¿Por qué fuiste? ¿Qué hiciste ahí?".

 

Para los judíos de la Rusia Soviética, Simjat Torá era la oportunidad de celebrar quienes realmente eran.

 

Mi madre pensó que estas eran preguntas tontas. "Íbamos porque todos los jóvenes judíos en la ciudad iban y nos enterábamos a través de nuestros amigos, y ellos a través de sus amigos. Llegábamos, cantábamos, bailábamos, nos encontrábamos con gente que no veíamos hace mucho tiempo, nos reíamos, leíamos cartas de Israel, intercambiábamos información sobre la emigración y la vida en el exterior. Era simplemente una vez en el año en que podíamos no tener miedo y estar felices de ser judíos, incluso con algunos cómplices de la KGB en medio de la multitud. El sentimiento ahí era profundo. Sentíamos nuestra fuerza. Veíamos nuestro número. Nos dimos cuenta de quienes éramos y estábamos orgullosos de aquello".

Para los judíos de la Rusia Soviética, Simjat Torá era la oportunidad de celebrar quienes realmente eran. No tenían otras festividades para experimentar los diversos aspectos de su judaísmo, o de su conexión con los demás, o con lo Eterno. Simjat Torá era eso. Pero más específicamente, Simjat Torá era una celebración de quienes eran ellos más allá de ser rusos, de sus valores distintos, sus costumbres distintas, su estatus distinto, y el criterio distinto con el que eran juzgados. Todos los otros días, estas diferencias generaban hostilidad por parte de sus vecinos; en Simjat Torá las diferencias se daban vuelta y se celebraban.

Muchos judíos soviéticos que participaban en estas concentraciones nunca habían visto la Torá en cuyo nombre celebraban. Sin embargo, por sus descripciones de los eventos, la Torá nunca estuvo lejos de ahí. Ievgeni Valevich, un músico ruso judío, escribió una popular canción para reflejar el ambiente de esas celebraciones de Simjat Torá. "Como el viejo cantor decía", dice la canción, "nuestra pequeña nación parece tan grande". Increíblemente, este orgullo y sentido de nacionalidad era un sentimiento tan único y nuevo para muchos judíos, que los llevaba a transformar sus vidas completamente y a emigrar.

En Simjat Torá celebramos la Torá que recién terminamos de leer y estudiar cuidadosamente durante el curso del año. Sabemos lo que contiene. Conocemos las alegrías sin límite y la profundidad que las leyes de la Torá aportan a nuestras vidas. Pero, como lo indican las celebraciones soviéticas, esta alegría no es meramente académica, sino que es también intuitiva. Sabemos en nuestros corazones que la Torá, sus valores y el sentido de nacionalidad y sus derivados, son milagrosos y debemos destinar un día especial para celebrarlo. Incluso cuando los judíos no celebraban nada más, Simjat Torá, con la Torá en su centro, es suficiente para transmitir todo el peso verdadero de lo que significa ser un judío.

La lección de mi madre es simple, aunque profunda: Celebrar la Torá en Simjat Torá es celebrar al judaísmo y a los judíos. Al celebrar Simjat Torá celebramos todas las festividades juntas; celebramos Shabat, celebramos las mitzvot, los valores judíos, la supervivencia judía, su potencial. En resumen, celebramos todo lo que somos y todo lo que podemos ser. Simjat Torá no es una ocurrencia tardía. En cierta forma, es la festividad que le da perspectiva a todo lo demás.