En 1263, el Rey Jaime I ordenó una censura, patrocinada por la iglesia, de escritos hebreos. Este fue un tópico desafortunado durante toda la edad media: veinte años antes, el Para Gregorio IX inició la quema de libros hebreos, y persuadió al rey francés Luis IX para quemar unas 10.000 copias (24 vagones cargados) del Talmud en París. En 1592, el Papa Clemente VIII condenó al Talmud y a otros escritos hebreos como “obscenos”, “blasfemos” y “abominables” – y ordenó que todos fueran confiscados y quemados. Sin embargo, a pesar de los intentos de quemar nuestros libros, la luz de la tradición judía brilla con fuerza hasta el día de hoy.