En 1790, Francia le garantizó ciudadanía completa e igualitaria a los judíos sefaradíes (los judíos ashkenazíes lograron la ciudadanía un año y medio después). La Revolución Francesa, nacida de los ideales del Iluminismo, se había convertido en la primera sociedad en emancipar a los judíos, permitiéndoles el ingreso a los niveles más altos del gobierno y de las finanzas. En 1807, Napoleón creó el Sanedrín Francés – una estructura comunal judía aprobada por el estado (el Sanedrín Francés se sentaba en semicírculo, siguiendo la costumbre del Sanedrín de Jerusalem que servía como la corte suprema judía durante los tiempos del Templo Sagrado). A pesar de esas libertades, en 1808 fueron aprobadas medidas anti-judías: Napoleón declaró que todas las deudas a los judíos quedaban anuladas, lo que casi causó la ruina de la comunidad judía. También fueron puestas restricciones sobre dónde podían vivir los judíos, en un esfuerzo para asimilarlos a la sociedad francesa. La invectiva llegó a su punto culminante cuando durante el Holocausto, el régimen Vichy tomó la iniciativa de reunir y entregar a más de 61.000 judíos en manos de los nazis.