En 1942 Hitler concibió un plan para un Museo de judaísmo, para recordar a la “desaparecida” religión judía, su cultura y su gente. Millones de tesoros judíos –rollos de Torá, objetos rituales, libros y arte— fueron saqueados por los nazis y llevados a depósitos. En Checoslovaquia, los objetos fueron llevados al Museo Judío, en Praga, en donde los judíos mismos eran forzados a seleccionar, etiquetar y empacar los artículos para su uso en el futuro museo nazi. Después de la guerra, muchos de estos artículos fueron recuperados, incluyendo miles de rollos de Torá y cerca de un millón de libros, que fueron distribuidos a las comunidades judías de todo el mundo como un testimonio viviente de la indestructibilidad del pueblo judío.