Al nacer en una piadosa familia católica de clase media alta de Bruselas, no fue raro que Henri Reynders eligiera dedicar su vida al sacerdocio. Pero en muchos otros aspectos, Reynders resultó ser una persona poco usual, y también un héroe. Después de asumir sus votos en Roma en 1925, condujo una vida monástica. Tres años más tarde, al ordenarse como sacerdote, se unió a la orden benedictina en el pueblo de Louvain y adoptó el nombre religioso de Dom Bruno. A pesar de ser profundamente religioso, su pensamiento se rebelaba respecto a algunas de las doctrinas de la iglesia.

Tras la invasión alemana a Polonia en setiembre de 1939, Bélgica movilizó a su ejército y Dom Bruno actuó como capellán en el 41 regimiento de artillería. Cuando los alemanes invadieron Bélgica, el pequeño país fue dominado rápidamente y el Rey Leopoldo se rindió en la batalla de Dunkirk. Dom Bruno fue herido en una pierna y pasó los siguientes seis meses en campamentos para prisioneros de guerra en Wolfsburg y Doessel, Alemania, brindando apoyo religioso y moral a los otros prisioneros.

Después de que el Rey Leopoldo se reuniera con Hitler, los alemanes liberaron a muchos prisioneros de guerra, entre ellos a Dom Bruno. Al regresar a la abadía, continuó con su carrera docente. Debido a sus fuertes creencias antinazis, se contactó con el floreciente movimiento de resistencia belga y ayudó a salvar a pilotos aliados que habían sido derribados para que pudieran regresar a Gran Bretaña.

Dom Bruno con algunos de los niños judíos que salvó durante la Segunda Guerra Mundial

Al completar los campos de exterminio en Polonia en 1942, los nazis comenzaron a deportar a los judíos de Bélgica. Dom Bruno recibió permiso del abad para trabajar como capellán en un hogar para ciegos en un pequeño pueblo. Allí Dom Bruno descubrió que el director del hogar y muchos de sus residentes en verdad eran judíos que se estaban escondiendo. Tanto adultos como niños habían encontrado allí un refugio gracias a Albert van den Berg, un conocido abogado que trabajaba con organizaciones cristianas de beneficencia.

La situación era extremadamente peligrosa, porque los nazis estaban cazando activamente a los judíos y en el área había muchos informantes belgas. Cuando Van den Berg y Dom Bruno comprendieron que el hogar ya no era un lugar seguro, lo cerraron y dispersaron a los judíos en áreas rurales. Dom Bruno tomó entonces la arriesgada tarea de organizar escondites para los niños, usando toda su influencia con amigos y conocidos. Él envió a los niños a hogares privados, incluso a la casa de su propia madre y de su hermano.

Viajó a diversas instituciones católicas, tales como internados, y pidió que albergaran a niños judíos. Él acompañaba personalmente a los niños y regresaba a visitarlos para llevarles noticias de sus padres si también ellos estaban ocultos. Dom Bruno les proveyó documentos falsos con nombres no judíos y tarjetas de raciones.

Dom Bruno viajaba de un lugar a otro en su bicicleta, solucionando problemas y asumiendo la responsabilidad incluso por los detalles pequeños de los planes. Al principio trabajó solo, recibiendo solamente ayuda económica de la operación de Van den Berg y del banquero belga Jules Dubois-Pelerin. Después de expandir sus contactos con otros grupos de resistencia, Dom Bruno tuvo que escaparse cuando la Gestapo comenzó a sospechar de sus actividades. Cuando la Gestapo registró la abadía Mont César, afortunadamente Dom Bruno no estaba allí, pero se vio obligado a esconderse, cambiar su hábito de sacerdote por ropa civil y usar una boina para ocultar su cabeza afeitada. Otro sacerdote le dio un documento falso.

A pesar del grave peligro, él continuó ayudando a los judíos incluso cuando él mismo se ocultaba. Su valentía salvó la vida de 400 judíos, la mayoría de ellos niños.

Quienes fueron salvados por Dom Bruno expresaron su profundo agradecimiento. Gilles Rozberg recuerda: “Una noche en 1943, cuando acababa de cumplir 13 años, me encontré con el Padre Bruno en la calle. Él no me conocía, pero yo lo reconocí por la forma en que caminaba, la túnica que vestía y su alto y elegante sombrero. Me arrojé a él y le supliqué que me ayudara. Tras unos breves segundos de sospecha y preocupación, me dijo que estaba dispuesto a ayudarme. Dos semanas más tarde me llevaron junto con mi hermano pequeño a un escondite”.

Dom Bruno en Jerusalem con algunos de los niños que ayudó a esconder

Gracias a la acción de la iglesia católica y al valiente movimiento de resistencia, tres cuarta parte de los 100.000 judíos de Bélgica lograron sobrevivir la guerra, pese a la masiva colaboración que existió. Tras la liberación de Bélgica en setiembre de 1944, Dom Bruno ayudó a reunir a los niños que estaban ocultos con sus padres y con otros miembros de sus familias. Sin embargo, los representantes de la comunidad judía se opusieron a los esfuerzos de algunas familias cristianas para adoptar a huérfanos judíos. Trágicamente, muchos de los niños más pequeños no podían recordar sus orígenes judíos y deseaban permanecer con las familias que los habían adoptado de forma no oficial. Bajo la ocupación nazi, Dom Bruno no permitió que convirtieran al catolicismo a los niños judíos. Posteriormente cambió su posición, porque creyó que el factor más importante era tener en cuenta lo que era mejor para cada niño.

Cuando terminó la guerra, Dom Bruno regresó brevemente a la abadía pero su orden lo reasignó a otros lugares en Bélgica, Francia y Roma. Su último puesto fue como vicario en el pueblo de Ottignies, donde se ocupó de los ancianos, los enfermos y los discapacitados.

En 1964, Yad Vashem honró a Dom Bruno como uno de los “Justos de las naciones”. Cuando su enfermedad de Parkinson empeoró, Dom Bruno se retiró a un hogar de ancianos. Murió a los 78 años y lo enterraron en su amada abadía.

Diez años después de su muerte, una plaza de la ciudad de Ottignies fue nombrada en su honor y colocaron una placa que dice: “Dom Bruno, benedicto (1903-1981). Héroe de la resistencia. Arriesgó su vida para salvar a 400 judíos de la barbarie nazi”.