Aunque la fotografía sepia del bar mitzvá de mi padre en Berlín en 1938 ocupaba un lugar prominente en nuestra sala de estar, para mí siempre formó parte del telón de fondo. Sabía que en la foto estaban los padres y el hermano de mi padre, que lucía un blazer de lana, pantalones cortos y medias hasta las rodillas. En esa época no había ninguna razón para que supiera algo más.

Todo cambió en el 2016, cuando comencé a escribir la historia de mi padre, Fred Bachner, quien sobrevivió a varios campos de concentración, incluyendo a Auschwitz, y falleció en el año 2008. Tomé la fotografía que seguía estando en el salón de mi madre y entonces vi detalles a los que nunca antes les había prestado atención.

Observé el rostro de mi abuela, Erna Bachner, quien fue asesinada en Auschwitz, esperando encontrar a la Mutti que mi padre adoraba. Me sentí desanimada y confundida respecto a la razón por la que se la ve pensativa y triste. Esa debería haber sido una ocasión alegre, pero era octubre de 1938 en Berlín, unas pocas semanas antes de Kristallnacht, y había razones para que estuviera preocupada.

Mi abuelo, Abraham Bachner, sobrevivió Auschwitz. En la foto está de pie, erguido y sonriendo, orgulloso de su hijo. Al repasar en mi memoria 25 años de recuerdos e imágenes de mi abuelo, tanto si se trataba de una ocasión festiva o de un encuentro de domingo con sus dos hijos y sus cuatro nietos, nunca hubo otro momento en el cual yo lo haya visto sonreír. Me imagino que cuando la familia posó para la foto no tenían idea que ese sería el último retrato familiar y la única imagen que quedaría de los cuatro miembros de la familia Bachner.

Al crecer, mi abuelo siempre fue un misterio. Todo lo que yo sabía era que él había sobrevivido el Holocausto, que hablaba con acento, usaba bifocales y rengueaba al caminar por una herida que sufrió cuando lo atropelló un autobús en la ciudad de Nueva York en los años 50, o por lo menos eso era lo que me habían hecho creer. Los únicos comentarios que recuerdo que me hizo son: "Puedes mejorar", cuando le mostré mi libreta de calificaciones de la escuela hebrea, a pesar de que todas mis notas eran 10; y "podría estar mejor" la vez que horneé rollos de canela. Su infancia en Polonia y su vida en Berlín antes de la guerra nunca se discutió y la palabra "H" nunca se mencionaba.

Abraham Bachner falleció el 8 de diciembre de 1980 a los 85 años. En el funeral, Rav Fabián Schoenfeld de Young Israel de Kew Garden Hills les dijo a los deudos que el pedido final de Abraham fue que lo enterraran con su uniforme de Auschwitz. El Rabino explicó que en un primer momento no entendió el pedido y le recordó a Abraham que siendo un judío observante debía ser enterrado con la mortaja tradicional. Abraham insistió que en el momento de su juicio final quería que Dios viera todos los pecados que había cometido y los sopesara al lado de los años de tortura y hambre que él había soportado durante el Holocausto. El uniforme sería un recordatorio de esto.

Yo no sabía que mi abuelo guardaba su uniforme ni entendí por qué quería que lo enterraran con él, pero a diferencia de mis tíos que dejaron claro que ellos pensaban que el uniforme debía guardarse para la posteridad, yo entendí que el uniforme debía estar con mi abuelo.

Desde su fallecimiento, todo el tiempo me pregunté cuáles fueron las razones del pedido de mi abuelo. Fue suficientemente significativo como para que la erudita y educadora del Holocausto Yaffa Eliach lo incluyera como un capítulo en su libro "Cuentos Jasídicos del Holocausto" y para que Benjamin Mead, fundador de WAGRO, relatara la historia en la conmemoración de Iom HaShoá en el Templo Emanuel en Manhattan en 1981. A pesar de leer muchas veces ese capítulo, sólo recientemente llegué a entender a mi abuelo y su pedido.

Mi viaje a Polonia en el 2018 fue un punto clave en mi relación con mi abuelo. Visité Chrzanow, la ciudad en la que había nacido y a donde él y su familia regresaron en 1939 cuando los expulsaron de Alemania. Estuve frente a la casa en la que vivieron y de donde luego los sacaron arrastrando durante las redadas para llevar a los judíos a Auschwitz. Dije Kadish y dejé una piedra sobre la tumba de su padre, Shimon Iosef, quien falleció en un incendio en 1898, cuando mi abuelo tenía tres años, y sobre la tumba de su abuelo Aharón, quien falleció en 1855. Allí sentí la presencia de mi abuelo.

Sólo al estar frente a los portones de Auschwitz comprendí que cuando terminó la guerra mi abuelo tenía 50 años y había estado durante cinco años en campos de concentración. Todo cambió para mí cuando llegué a entenderlo y a amarlo como la persona fuerte y valiente que tuvo que ser para lograr sobrevivir. También entendí que el pedido de mi abuelo de ser enterrado con el uniforme fue su forma de decirnos que él sabía que no fue la mejor versión de lo que había sido antes del Holocausto.

Pensé que mi viaje se había completado, pero todavía había más. Continué investigando sobre la historia de mi familia y hace poco encontré un nuevo documento. Nunca imaginé que sería una fotografía de mi abuelo en 1945, todavía vestido con el uniforme que usó en Auschwitz. Estaba delgado, con los ojos hundidos y la mirada perdida. Es difícil creer que la foto de él en el bar mitzvá de mi padre fuera sacada sólo siete años antes. Le habían extraído toda la vitalidad y se lo ve "quebrado".

El contraste entre las dos fotografías sirve como un recordatorio del enorme sufrimiento que soportó. Abraham Bachner sobrevivió el Holocausto, pero una gran parte de él no logró hacerlo.