Después de la Segunda Guerra Mundial, Frank Foley vivió una vida tranquila en un pequeño pueblito inglés. Sus vecinos no tenían la menor idea de que ese hombre bajo y modesto era un héroe que había llevado una peligrosa doble vida en la Alemania nazi como jefe del servicio de inteligencia británica. Él también arriesgó su vida para salvar a miles de judíos en peligro.

Lo habían enviado a Berlín en 1930. Su trabajo oficial era controlar los pasaportes británicos. Pero en verdad, era el jefe de la oficina en Berlín de la M16, del servicio secreto de inteligencia británico.

Como espía, el Mayor Foley tuvo una carrera sumamente dramática. Él organizó la operación que salvó las reservas de oro noruegas para que no fueran saqueadas por los nazis y persuadió a los principales científicos alemanes para que no transmitieran al liderazgo nazi información esencial sobre la investigación atómica. También convenció a cantidades de espías alemanes para convertirse en dobles agentes.

Foley fue un devoto católico toda su vida y se sintió profundamente conmovido por la persecución nazi contra los judíos, por lo que ayudó a miles de ellos a escaparse de Alemania.

Luego de Kristallnacht en 1938, Foley escribió en un informe confidencial a Londres: “El partido nazi no se ha alejado de sus intenciones originales y su objetivo primordial sigue siendo que desaparezcan los judíos de Alemania”.

Aunque las reglas de inmigración seguían restringidas en ese período de depresión económica, muchos judíos comprendieron el peligro que acechaba y trataron de escapar de la amenaza nazi.

Desafiando la implacable política de su propio ministerio de asuntos exteriores, Foley emitió 10.000 visas para el Mandato Británico de Palestina. Sin contar con inmunidad diplomática en Berlín, él corrió serio riesgo en caso de ser descubierto por los nazis. A pesar del gran peligro para él mismo y para su familia, continuó falsificando visas y pasaportes para los judíos que trataban de escapar de Alemania y de Austria. También entró a los campos de concentración para asegurar la liberación de prisioneros judíos. Se cree que salvó alrededor de 10.000 vidas.

Kay, la esposa de Frank Foley, dijo:

“Cientos de judíos que trataban de encontrar la manera de salir de Alemania formaban largas colas fuera del consulado británico, apegándose a la esperanza de recibir un pasaporte o una visa. Día tras día los veíamos parados en los corredores, en las escaleras y en el gran patio, esperando su turno para completar los formularios que podían llevarlos a la libertad. Al final la fila llegó a tener casi un kilómetro de largo. Algunos estaban histéricos. Muchos lloraban, Todos estaban desesperados. También llegaban aluviones de telegramas y cartas de otras partes del país, todos suplicando visas y pidiendo ayuda. Para ellos, el sí o no de Frank realmente significaba la diferencia entre una nueva vida y los campos de concentración. Pero había muchas dificultades. ¿Cómo era posible entrevistar a tantas personas antes de que llegara su turno para el temido llamado a la puerta?

“Frank trabajaba desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, sin descansos. Él tramitaba por sí mismo tantas aplicaciones como le era posible y caminaba entre el equipo que examinaba los documentos para ver si podía ayudarlos, o dar consejos y palabras de consuelo a quienes esperaban”.

Wim Van Leer, quien también estuvo involucrado en ayudar a los judíos a escapar de la Alemania nazi, señaló que “el invierno de 1938 fue muy crudo y había ancianos que esperaban desde las seis de la mañana, haciendo fila en medio de la nieve y el fuerte viento. El capitán Foley vio lo que ocurría y envió un comisionado uniformado con una urna de té para repartir a lo largo de la fila de helada miseria…”

Miriam Posner, una joven judía de dieciséis años, viajó desde Prusia Oriental para suplicar una visa para Palestina, aunque ella no cumplía con las estrictas condiciones que Gran Bretaña había establecido para entrar al país. Ella afirmó: “Foley salvó mi vida. Oímos que estaba este hombre Foley, que era generoso con los judíos. Mi madre le suplicó. Él dio unos pasos hacia un lado y hacia el otro, luego me pidió mi pasaporte y lo selló con la visa. No formuló ninguna pregunta. Era un hombre bajo y callado. Uno nunca hubiera sospechado que era un espía”.

El padre de Zeev Padan estaba en el campo de concentración Sachsenhausen cuando Foley lo rescató. También Zee se salvó gracias a que Foley desafió la autoridad.

En el momento del infame pogromo de Kristallnacht, en noviembre de 1938, Foley y su esposa habían comenzado a hacer algo todavía más peligroso: por la noche albergaban judíos en su departamento. Entre sus “huéspedes” estuvo Leo Baeck, presidente de la Asociación de Rabinos Alemanes.

En setiembre de 1939, cuando comenzó la guerra, Foley regresó a Inglaterra. Sin embargo, dejó detrás una gruesa pila de visas previamente aprobadas con la instrucción de distribuirlas a gente que tratara de escapar de los nazis.

Después de la guerra, Frank Foley y su esposa se retiraron al pequeño pueblito de Stourbridge. Allí viviò en silencio, disfrutando de su jardín y conversando con los niños locales. Como casi nunca mencionó sus experiencias de guerra, los vecinos no tenían idea de que había un héroe entre ellos.

Kay Foley frente a la placa conmemorativa en homenaje a su esposo en Stourbridge.

Frank falleció a los 74 años, en 1958. Tres años después de su muerte, finalmente la señora Foley reveló el valiente comportamiento de su esposo.

El periodista británico Michael Smith sacó a la luz la historia desconocida de Foley al publicar en 1999 su libro: “Foley, el espía que salvó a 10.000 judíos”.

Claramente Foley se encuentra a la altura de personajes como Oskar Schindler y Raoul Wallenger, sin embargo su nombre es casi desconocido. Decidí descubrir la verdad sobre Foley. Uno de los primeros lugares a los que acudí fue Yad Vashem, el museo del Holocausto en Israel, donde pregunté si alguna vez habían considerado brindar a Foley el honor de ser un Justo de las Naciones, el título otorgado a los gentiles que ayudaron incluso a un solo judío durante el Holocausto.

Aunque los empleados de Yad Vashem habían oído hablar de Foley, argumentaron que no había evidencia que apoyara su caso. Sin embargo, en sus archivos había un documento escrito por Hubert Pollack, un asistente judío que había trabajado junto con Foley en Berlín, que describía cómo Foley había salvado a decenas de miles de judíos de los nazis.

Este fue el primero de muchos testimonios de judíos destacados que habían conocido a Foley. El más dramático tuvo lugar en 1961, durante el juicio a Adolf Eichmann en Israel. Uno de los testigos principales de la fiscalía, Benno Cohn, ex director de la Organización Sionista de Alemania, brindó tributo a Foley:

“Hubo un hombre que se destacó sobre todos los demás como un rayo de luz. El capitán Foley, oficial de pasaportes en el consulado británico en el Tiergarten en Berlín; un hombre que en mi opinión fue uno de los más elevados entre los grandes de las naciones del mundo. Gracias a la ayuda de esta maravillosa persona fue posible traer gran cantidad de personas a Israel. Él rescató a miles de judíos de las garras de la muerte”.

Estatua de Frank Foley en Highbridge, Somerset

Hubert Pollack, un agente sionista, señaló que Foley también conocía a la organización sionista secreta Mossad leAliá Bet, que ayudó a los judíos a entrar ilegalmente a la Palestina bajo control británico. Sin embargo, Foley no lo reportó a sus superiores, como era requerido.

Gracias al Fondo de Educación sobre el Holocausto, la evidencia recolectada por Michael Smith llegó a Yad Vashem. Luego de entrevistar a los testigos que quedaban vivos que Smith había encontrado al investigar para escribir su libro, finalmente en 1999 Yad Vashem otorgó a Foley el merecido título de Justo de las Naciones y plantaron en Jerusalem un árbol en honor a este héroe silencioso.